Gran Torino

12 04 2009

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Cuando uno va a ver una película de Clint Eastwood, realmente debe estar preparado, pues lo que ahora lo hace grande como director es que sabe tocar fibras sensibles de la sociedad y/o de los individuos.

En el film, el problema, como casi siempre, es moral. Enfrentados el prohombre norteamericano, conservador, soldado, con la alteridad y la amargura de haberse quedado fiel en un barrio donde ahora los latinos, negros y asiáticos se han asentado y empezado a organizarse en pandillas. Osea quien representa todo lo decente de la sociedad conservadora norteamericana entre un montón de outsiders e indeseables.

Lógicamente, lo que se puede esperar de un tipo duro, es una visión maniquea y xenófoba de la situación, y claro, reacciones acorde a ella. Pero como siempre sucede en estos casos, se forman lazos pese a la relación de rehazo mutuo que en primera instancia se establece: el norteamericano evangeliza a su manera a los bárbaros asiáticos.

El viejo enseña, da lo que siente que es necesario, moldeando al joven inmigrante Yhao a su imagen y semejanza, para que esté listo para la lucha, casi para que se separe de su mundo, más que como un hijo, como una mascota, con un incipiente amor que poco a poco va poniéndolo en un nivel más igualitario hasta que finalmente descubre que hay algo en todos aquellos apestados que lo hace feliz y sentirse vivo de nuevo, que para bien o para mal, no lo ignoran o lo evitan. Él, a cambio, da lugar a que le enseñen, como nunca antes.

En medio de todo está el auto. Y no es casualidad que el simbolismo llegue hasta el final con él: el Gran Torino es su legado de padre.

El hecho es que Clint Eastwood es verdaderamente un gran director, pues pese a los clichés conoce largamentge el arte de contar una historia, conoce el tiempo de decir las cosas y por sobre todo sabe acerca de la simpleza, aún para la denuncia.

 

****

4 estrellas

En el cine mediocre de los últimos años, de todas maneras esta película destaca sin dificultad. Como para pensar que antes se sabían hacer las cosas.





Sobre la utilidad directa

12 04 2009

Hablaba con un taxista, como siempre que ando en auto, quejándome amargamente del tránsito de las 5 de la tarde que, como habitualmente pasa, me impide llegar temprano al trabajo. La costumbre de la conversación es vieja; los que me conocen saben que parlotear me calma: dar vueltas a los pensamientos me hace olvidar mis urgencias. Entiendo que eso no siempre es malo.

Algo el chofer me preguntó acerca de la degradación de la sociedad y de eso de que “el peor enemigo de un peruano es otro peruano” (mientras hablaba de Pizarro, seguramente), y yo veía como algún salvaje nos cerraba el camino para dar una curva de lado a lado de la avenida, y mientras pensaba “¡qué tal raza!”, automáticamente respondí que el problema del país no era el que seamos naturalmente bárbaros, sino que rendimos culto al beneficio inmediato, a “lo criollo”.

Y es que pienso que hay una forma de relacionarnos que tiene algo que no funciona. Seguramente hay muchos que han hablado de esto antes y llegaron todos al potentísimo axioma multiusos:

“HACE FALTA INVERTIR EN LA EDUCACIÓN”

Yo soy bastante escéptico con respecto a ello. Al menos en esa oración en su forma aprista, que es lo que hay en el Perú, que –sólo tal vez, sea el Perú en realidad.

En primer lugar, habrá que pensar quién dará qué educación. Está totalmente demostrado que quien puede decir algo, dirá lo que le conviene; y no hay que ser un visionario para saber qué se va a decir. Mi teoría es que ya el sistema invierte bastante en educación, el problema es que uno termina amaestrado, plegado a la voluntad del amo mercado.

Imagino que para nadie es un secreto tampoco que hoy a uno lo educan para que se especialice en algo, digamos como buscando la garantía de la sobrevivencia. Precisamente he allí el problema. Uno se pliega a un discurso utilitario de supervivencia.

Implantada la competencia por ella, los sujetos en general intentarán sacar cualquier ventaja en búsqueda de beneficiar lo propio, por encima de la idea civilizada del bien común. Digamos que hemos exaltado el principio del placer, a tal punto que no existe más verdad que aquella en la que la acumulación como modo de vida impera.

Entonces, la involución del hombre se hace tangible, y nace de aquello: la idea de los otros, del semejante va cediendo paso al temor de que ellos se lleven lo que me corresponde a mí. El terror corta los lazos y los sujetos quedan más solos. Competencia, ser líder, ser mejor que los demás. Capitalismo finalmente.

Doy vueltas en mi cabeza a todo esto para no mirar el reloj, que siempre marca esta adicción que tengo a los 5 minutos después, quizá porque no me gusta tanto competir, llegar después a la meta me separa un poco de esa avidez que se me hace tan sórdida.

Mientras sufro el tránsito, escucho la cumbia que le encanta al señor taxista y siento cada vez más potente la tortura de lo urgente, lo comprendo todo: no importa el mañana, hay que comer hoy. Quizá empezar a vivir sea una buena alternativa a sobrevivir.