Del habla infantil al eufemismo global

21 10 2009

eufemismo1 En psicoanálisis hay una paradoja que a la gente se le hace difícil entender, simplemente porque es totalmente subversiva: el uso de la palabra no es revelar, sino ocultar.

Recuerdo cuando, aún primariosísimo, le conté a mi abuela antes del almuerzo que tenía un amiguito negro en el salón. La comida llegó, es cierto, pero luego de tremendo manazo en la jeta con el que me avisó que había una palabra para nombrar a esa gente: se les dice “morenos”.

Lógicamente, mi amigo siguió siendo para mí y para todos los demás en la clase, simple y alegremente “el negro”, seguramente hasta que llegábamos a casa, porque si cualquiera tenía una abuela como la mía, con una derecha potentísima, era mejor cuidar la boca.

Sospechaba ya a esas alturas, que algo había de raro en el uso de ciertos sustantivos: la gente se crispaba a morir con solo oírlos. Así, aparte de los negros, también los chinos, cholos, chatos, cojos y bizcos empezaron a tener nombres oficiales muy diferentes a los primeros, nombres rebajados y simpáticos, casi mentirosos.

Los efectos no pasaron desapercibidos en el salón, nos dimos cuenta que se podía causar el mismo efecto insultante y perturbador sin recurrir a una metáfora para fregar. Las chapas fueron entonces, “indio”, “tuberculoso”, “enano”, “serrano”, “traumado”, “cabro” y otros. Empezaron en esos tiempos a castigarnos por esas bromas discriminatorias. ¡Estábamos intranquilizando a nuestras familias y al colegio!.

Yendo a un plano más amplio, me impresiona el uso de códigos de lenguaje que hay en la ciudad global. Por ejemplo, debemos cuidarnos, no sólo de no usar palabras que tienen una supuesta carga ofensiva, sino también debemos esforzarnos por nominar de nuevas maneras a nuestros “buenos prójimos”, generalmente usando diminutivos o alguna otra palmada en el hombro social.

Por supuesto esto va mucho más allá del uno a uno, la prensa así lo demuestra manipulando la interpretación de un hecho con eufemismos que liberen de culpa a la cultura (o a los perpetradores que nos representan). Me pregunto, ¿cómo es posible llamar “técnicas de interrogatorio” a lo que se hace en Guantánamo?, ¿daño colateral se ajusta realmente al genocidio étnico Israelí en la franja de Gaza?, o ya yendo a lo local, ¿podemos confiar que cuando un ministro, aprista especialmente, dice que un asunto “está en investigación”, finalmente se llegará a alguna conclusión?.

Eso deja un par de puntos:

1) No queremos ofender, pero ofendemos. Yo no sé qué siente el “Ángel del Deporte”, cuando le dicen “angelito” en lugar de llamarlo por su nombre. Eso tranquiliza al emisor de la amenaza de la alteridad. Si el emisor es el Estado, por ejemplo, usará a la prensa para decirnos a nosotros “angelitos”. Hay una liberación de la responsabilidad por parte del hablante y un efecto de diferenciación compasiva: uno abajo y otro arriba.

2) Hay un gran uso social de la imagen. Es muy fina la diferenciación entre “buenos” y malos, que reconocemos si nos damos cuenta de quiénes son merecedores de ser encubiertos por los códigos de lenguaje mediático. 

Lo que se logra finalmente es abrir más las brechas sociales dejando fuera del discurso a personas, colectivos y acontecimientos.

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