La venganza de Gastón

8 04 2010

No soy de los que se enorgullecen de la comida peruana, de los que se molestan y pontifican si algún extranjero se queja del ají o de los que piensa que el king kong chiclayano pertenece al “exquisito bagage gastronómico que nos hermana y funda nuestra identidad como nación”. Nada de esas cursilerías. Más bien me arriesgo a que me tachen de antipatriota (porque gracias a Gastón ahora uno ya no confiesa algunas cosas) cuando digo que el pisco me parece una bebida subalterna y destructiva, que no hay nada de mágico en la pachamanca artesanal, que puedo vivir tranquilamente y sin extrañar en lo más mínimo al cuy chactado y sus garritas o que el tacu tacu con huevos fritos está francamente sobrevaluado.

Claro que a pesar de estos detalles sí me parece una suerte vivir donde hay buena comida, pero como repito, no me mueve el más mínimo orgullo por ello, primero porque yo no inventé ninguna receta aún y en segundo lugar porque me parece una ridiculez eso de irte una semana de viaje y ya decirle al mundo que no puedes esperar a regresar al Perú para ir de nuevo al chifa.

A propósito, es un caso curioso el del chifa, que siendo chino despierta una fascinación singular entre los peruanos, tanto que se han tejido leyendas, escrito libros, lanzado documentales acerca de ellos, informes acerca de sus baños, cocinas y en fin, cualquier cosa que uno pueda imaginar. Todos terminamos creyendo entonces que los chifas son más peruanos que uno, que su encanto es inseparable de nuestra identidad cachinera.

De esas cosas hablaba cuando Mumi me interrumpe, violenta:

– ¿De qué hablás, bolúh?, si en la Argentina hay shifas lo mismo, ché.

– No puede ser… Gastón dice… y Mariela Balbi…

– Esas son pavadas, lo único que falta es la Inca Kola. –continuó blasfemando la impía.

Recordé de inmediato dos cosas, como siempre. La primera fue hace unos 6 años en Ecuador, donde fuimos a comer “al chino”. Logré sacar de lo reprimido que allí me empujé un arroz “chaulapán”, que es como llaman al chaufa allá, con pollo Tipakay. Efectivamente todo era igualito que en el centro de Lima. Aún lo pude combinar con una Inca Kola para envidia de Mumi.

Lo segundo es el patrioterismo legendario de América Latina, la pretensión de que lo de los otros no existe. Está la leyenda (que me enseñaron en clase de Educación Cívica del colegio, increíblemente) en la que en una suerte de Campeonato Mundial de himnos nacionales, como si eso existiera, el himno peruano quedó en segundo puesto, sólo superado por la Marsellesa. Y lo creí, hecho el pelotas, toda mi niñez hasta que me contaron lo mismo en México, y en Colombia, y en Ecuador.

Gracias a esa conversación decidimos no ir al chifa, sino al T´anta del centro de Lima. Estábamos Renzo, Kristin, Estefi, Mumi y yo; 5 personas hambrientas y acaloradas que se apresuran a sonreír entre amables y prepotentes para obtener sus bebidas sin demora. Sin embargo nuestro mozo, Doifer, tenía otros planes, así que hizo su trabajo y nos recitó de memoria un montón de cosas que no nos interesaban un carajo. Luego de eso recién apuntó los pedidos con cierta molicie.

La alegría se iba diluyendo con cada minuto que pasaba, y casi se nos terminó cuando llegaron las limonadas 18 minutos después. Se nos ocurrió preguntar si por casualidad la comida se iba a demorar igual o más porque que sepamos no hay gran dificuldad en hacer limonadas. La respuesta fue criolla como el ají de gallina: “ya sale, ya”.

Por supuesto que el tal Doifer estaba escondido tras las columnas del restaurante cuando Renzo se paró frotándose los nudillos 20 minutos después, y permaneció así, presa del terror los otros 25 restantes, hasta que finalmente trajo lo que pedimos, que estuvo bueno, pero 45 minutos luego, no es lo mismo. Cuando terminamos, me paré tranquilamente y le pedí a otro mozo un par de formatos de sugerencias. Doifer apareció de repente como un ninja, quizás menos atemorizado de mí que de los músculos hinchados de Renzo, murmurando lastimeras excusas tras mi hombro que no quise responder ni con la mirada. Creo que la última cosa que me dijo fue:

“No fue mi culpa señor, la culpa es de cocina, ponga eso pues…”

Yo creo que eso de blasfemar contra la comida del Perú y el chifa tiene sus efectos kármicos, hay algo que se huele en la incredulidad del comensal. Doifer tenía un olfato agudísimo y creo que por eso nos maltrató. Fatídicamente eso no fue todo, Estefi no pudo ir al karaoke esa noche, castigada por la venganza de Gastón, que se equivocó de argentina.

Igual no todo es malo, prefiero indigestarme en el Perú con una causita de atún como Estefi, que con las horrendas y resecas arepas colombianas por ejemplo o con esa oda a las habichuelas que es la comida en todo centroamérica; tenemos mucha suerte sin duda, pero dejemos ya esa huachafada del orgullito del almuerzo sólo por peruano, total, así como no hay resentimiento, no hay orgullo en el puro azar.

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