Una variante del síndrome de Estocolmo o el sistema preventivo salesiano.

27 04 2010

Estudié en el colegio Salesiano 10 años: desde primero de primaria hasta el final de 4to de secundaria, cuando no me permitieron matricularme para terminar el último año con mi promoción. El director de estudios amablemente me recitó una lista de 7 causales que justificaban aquello. Me fui entonces sin chistar a un colegio mixto, donde pasé un buen año, tal vez sin extrañar demasiado lo que dejaba atrás. Y es que parece ser que a veces el cambio de aires a uno le hace comparar y, en fin, se deja disfrutar.

Nací en medio de una familia católica acorde con el colegio, constituida profundamente en la disciplina de un cristianismo ciego y fariseo, que fatídicamente parece ser el único que existe, que está basado en una disciplina medieval de borramiento de la opinión y la palabra propia lo más profundamente posible, para beneficio de la fe, de la institución. Fui, entonces entrenado en los valores ideales del acercamiento a la perfección arbitraria de un sólo Dios, a la imposibilidad de falla de la Iglesia, a la insignificancia de mi entendimiento, el poner la otra mejilla y el amar a tus enemigos.

Leí la Biblia, quizás más que un católico practicante, con avidez infantil, mientras que con la otra mano abría las biografías de Don Bosco, que tanta preferencia tuvo por los niños hombres. Recuerdo aún con claridad todas aquellas aventuras mitológicas, que sin embargo tienen poco correlato con su puesta en práctica.

Me autorizo, por tanto, a hablar acerca de lo que sé de la vida, la muerte y de Dios, pese a que es un tema proclive a dejar entrar a cualquier bravucón envalentonado y desentendido. Me autorizo en este post –además de tener pleno derecho, por ser este mi blog- a decir algunas cosas acerca de mi relación con las personas.

Desde hace algún tiempo he aprendido a ligarme con las personas por ellas mismas, sin necesariamente hacer causa común con sus identificaciones o creencias. Esta me parece la mejor forma de hacer conmigo mismo, un escéptico posiblemente sin remedio, frente a los otros: quizás sí es verdad que de cada quien se saca algo diferente, por ello hasta ahora he respetado al sujeto, como tal.

Diferente pasa con la institución de discursos generalizados, con formas de dominación de la conciencia, contra las que no hay que retroceder, a las que hay que faltar el respeto abiertamente, pues ellas convierten a los sujetos en simple masa furiosa, en pura indignación que desata la guerra a muerte con los diferentes, los convierten en el fin de la civilización. Entre otras cosas, pongo allí, en el lugar perverso, a la religión; no a su práctica personal, sino a la oscura pretensión de verdad universal que impulsa a la masa a evangelizar al pagano. Con eso no negocio.

Es fácil saber el por qué. Tal como diría Saulo, yo también he sido testigo.

Durante mi vida he visto bastantes cosas, pero sería mezquino restarle importancia a la influencia que tuvo el sistema preventivo salesiano en mí. Pues sí que tuvo un gran impacto: tuve la suerte de aprender a detectar el embuste y la salamería hipócrita de quien sólo está gozando de ti, como un objeto a moldear mediante el castigo. Y es que, definamos el significante: prevenir significa tomar acción antes que suceda algún hecho, para evitarlo a él o a sus consecuencias. Lo único que previno tal sistema, al parecer exitosísimo, fue la queja de los agraviados.

Recuerdo cosas puntuales, como la institución del castigo físico, y lo que es peor, la humillación como forma de disciplina conductual: las imágenes de compañeros echados a patadas del salón o golpeados hasta el llanto retornan hoy como absurdas e innecesarias, pero las recuerdo como la normalidad de esos tiempos; la prohibición de algún maestro de que compremos cuadernos que él no pueda romper, también o tal vez las filas patibularias que antecedían al golpe con reglas en las manos o quizás el terror ante los fracasos deportivos o académicos.

Se previno muy bien este sistema de la voz de los pequeños estudiantes estableciendo una cultura del silencio y de la condena cristiana a renegar del justo castigo, en una torsión gangsteril de la resignación y la impunidad.

Es famoso el caso del padrecito joven y de barba rala, con cara de Jesús, que delante de la formación del colegio entero elegía a algún desafortunado al azar y le hacía alguna pregunta del catecismo que generalmente no era contestada a cabalidad. Se procedía entonces a tirar de los pelos graciosamente al chico y arrojarlo de vuelta a su lugar ante las risas generalizadas. Uno pensaría que como encargado de las cuestiones pastorales y defensor del código de fe que nos atormentaba, era el tipo más recto y celoso que habitaba el colegio. Resultó ser más amoroso con algunos alumnos de lo aceptable y al ser sorprendido en esos menesteres, la congregación lo encubrió, mandándolo a algún punto recóndito de la sierra, a esconderse como un cobarde, pero evangelizando como un héroe que coloniza zonas vírgenes. Imagino que ya tenía suficiente experiencia en virginidades, el tal Peralta.

Conozco de al menos 3 casos de traslado abrupto, por causas morales, pero basta lo dicho para darse cuenta de la lógica carcelaria imperante: gozar del alumno previniendo su queja, con valores cristiano-hampones de silencio que perpetuaban una cultura del abuso en sus 3 esferas (física, psicológica y sexual).

Lamentablemente ser formado en un ambiente tan agresivo no es fácil para muchos, y hay quienes no sobreviven, o terminan muy afectados.

Hace algunos años encontré en la calle a un compañero que murió algún tiempo después. Lo vi y me acerqué: vestía un terno negro con corbata rosa; se le veía perdido y miraba a ambos lados de la calle con cierto frenesí, casi de escape. Cuando le di la mano sudaba y huyó tras excusarse nerviosamente. ¡Tanto era el temor que le infundía aquel encuentro!. El hecho de su temor, me hizo pensar en las cosas que uno hace por sobrevivir, uno lucha para destruir al otro en una guerra imaginaria de supremacía: la vieja separación radical entre “lorna” y “pendejo”, que es lo misma que diferenciar el abusado del abusador. 

Cuando me enteré que murió por que se le perforó la pared del estómago y que tomaba ansiolíticos hacía años, supe realmente hasta donde llegan este tipo de cosas. Me dio lástima saber de su muerte y de la implicación directa de un sistema que ha destruido a mucha gente.

Lo que me sorprende es que a un año de su muerte, aún no se quiera hablar de las causas, que la sola propuesta de que como exalumnos comprometidos, que algunos de ellos son, puedan averiguar si el abuso ha menguado al menos, desate tal cantidad de bravuconadas y sinsentidos. Digamos que se comprueba que es cristianamente hipócrita no preguntarse por algunas cosas cuando uno tiene pensado ir a honrar una memoria: el gesto corre el riesgo de ser superficial y estéril.

Finalmente parece ser que la víctima hace lazo con su secuestrador, que le ha robado todo, y se ha vuelto su todo, ella defiende al amo a muerte. Tan empobrecido termina el ser humano cuando es alienado por el discurso de la infinitud, su garantía de supervivencia a la muerte si resigna su libertad.

Yo no puedo respetar eso. Cuando un grupo de personas se transforma en no más que una masa palurda y cobarde, hay que dejarla cacarear y separarse, que así funcionan cuando no quieren saber más de algo que los compromete. Será que cada quién elige su militancia, que cuando no es más que un puñado de certezas vacías, es triste comprobar que en eso se convierten esas personas que algún día respetaste y quisiste. Un grupo degradado por el fundamentalismo y el imaginario.

Alguno me condenó al ostracismo, al destierro de los exalumnos, siendo este el caso, acepto gustoso.

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