El Vaticano y la celebración de la muerte

20 06 2010

Normalmente evito esa postura tibia, informativa, y en fin, de mal gusto que supone el ideal de ser objetivo cuando se trata de escribir. Me parece que tiene un tinte cobardemente pretencioso el no comprometerse con lo dicho y aún así, arrogarse la virtud moral de la moderación, que parece ser un bien muy apreciado entre los lambiscones que ofician el periodismo o dicen ejercer opinión en algún campo de la humanidad.

Y es que sobre lo escrito hay una cierta involución medieval de la que me urge hablar hoy, una terrible certeza sobre lo correcto que domina con su larga sombra el espectro de lo público. En occidente subdesarrollado el cristianismo, al medio como potro de tormento y a la voz del látigo divino, se yergue como el tótem canallesco de nuestras sociedades, rendidas ante un temor metafísico perenne que a través de la historia muchas veces ha sido el mejor aliado del fusil carnicero de la oficialidad.

Por el contrario, hay que ver cómo se condena la palabra hoy en día. Porque hay aún quienes la han empeñado y se han hecho cargo de ella, para quienes el silencio y el olvido son compinches perversos de la injusticia. La muerte de José Saramago es la despedida de una de aquellas voces, a la que en general y fuera de las peculiaridades de cada uno, podemos agradecer algunos gestos invalorables, como el habernos advertido de una epidemia masiva de ceguera, de la relatividad funcional del bien y el mal, del uso de la historia y la religión, de la ética de los actos y sus consecuencias y en resumen, que nos haya llevado valerosamente, a veces de la mano, al en ocasiones impensable terreno de la conjetura de un mundo posible.

Ayer ha sido un día triste, sin duda, para la humanidad.

Sin embargo, hay quienes se alivian y celebran en su oscura cúpula de iniquidad. Quiénes más que los mismos personajes y símbolos sórdidos, proyecciones de lo peor del mundo, que fueron blancos de sus escritos. Revolea las patas el Vaticano, capital histórica del amaño bajo las faldas y la chusma criminal que forma las filas dolientes y disciplinadas del Opus Dei.

Dejan de temblar a media luz, su hábitat natural, y se lanzan ávidos de la carroña de un cadáver, del casquete mortuorio vacío, con intención de borrar con un -más que torpe- plumazo, la obra de toda una vida. Se arrojan los caníbales desde las sombras a la acusación, le dicen: “populista extremo”, resaltando su “ideología antirreligiosa”, propia de “un hombre y un intelectual de ninguna capacidad metafísica, (y que vivió) agarrado hasta el final a su pertinaz fe en el materialismo histórico, alias marxismo” y agregando que "se declaraba insomne por las cruzadas, o por la inquisición, olvidando el recuerdo de los gulags, de las purgas, de los genocidios, de los samizdat (panfletos de la Rusia soviética) culturales y religiosos".

No encuentro más definición para el artículo de “L´Osservatore Romano” que el de una vileza bien acabada, fiel reflejo de la pluma subalterna que lo produjo. Fuera de lo condenable de una organización mundial que no guarda ninguna compostura ante las circunstancias, está la ya clásica estrategia de empatar la acusación al indefenso con el olvido de las propias culpas, que son grandes, por cierto.

Pero creo que es bueno que guardemos un poco el orden.  El Vaticano habla de un “populismo extremo” en principio, y si definimos la categoría diremos que se trata de la relación entre un líder carismático y una masa dominada por él, mediante el ejercicio de menos que una doctrina, del poder emocional sobre ésta. La definición trasciende entonces las posiciones políticas propiamente, pues hay populismos de derecha y de izquierda. De todas maneras, se desprende que no se trata aquí de hablar de un concepto, sino de castigar una posición: la de ser de izquierdas.

Definitivamente, si seguimos medianamente esta línea, encontramos pocas cosas más populistas que la reunión irracional de gentes en torno a un símbolo o de la persona infalible del papa para inocular en la sociedad un discurso que encierra la exclusión y la barbarie. Si esto parece una exageración, podemos citar la posición populista de la iglesia en asuntos como las graves depravaciones de la homosexualidad o tal vez la inhumana prohibición moral de los preservativos, que es lo más cercano al genocidio en un continente asolado por el Sida como África, o las siniestras alianzas y bendiciones dadas generosamente a dictadores sanguinarios.

Sobre la preocupación acerca de cuestiones como  la funesta participación de la religión en la vida militar del mundo y en los genocidios modernos no creo que ningún cristiano tenga ninguna objeción moral, aunque sí estructural, pues una vez más el abuso propio se trata de ocultar con esas anacrónicas comparaciones, porque a diferencia de las referencias soviéticas que L´Osservatore esgrime, la iglesia enfrenta su hora más dura, pues se hace pública su política de encubrimiento e impunidad.

Por mi parte me queda más claro que hay quienes se regodean en la muerte y el silencio cómplice, hay quienes gozan del frío de la tumba: están lejos de lo humano pero afortunadamente nuestras voces los hieren. Con ellos no se puede negociar ni una letra.

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