Las encuestas y el indulto a Alberto Fujimori

30 10 2012

Cierto es que Sartori define los espacios democráticos como el “gobierno de la opinión pública”, pues solo hace falta que el ciudadano posea una para que eche a andar la maquinaria democrática moderna: podemos opinar y valorar diferentes cuestiones haciendo uso del raciocinio y del derecho a hablar que nos asiste por los diversos canales que la época pone a nuestra disposición. El problema entonces es que para tener una opinión sobre algo es necesario que uno primero la forme.

Por supuesto que eso no interesa cuando se trata de hacer encuestas. Hace unos días vi que la web del Comercio anunciaba que la gran mayoría de peruanos estarían a favor de darle el indulto al condenado Alberto Fujimori. Inmediatamente pensé en dos cosas: primero en qué podía estar pasando para que la mayoría supuestamente quiera revertir la justicia cuando es aplicada, si lo primero que uno puede encontrar en los noticieros es que las personas piden precisamente justicia y lo segundo fue quién y cómo lo habían preguntado.

Resultó ser que Apoyo desmintió al Comercio horas más tarde, aunque pasamos de tener un 62% favorable al indulto a un aún importante pero mucho menor 43%. En fin, si el titular de la noticia es que el 62% apoya el indulto humanitario, uno esperaría que la pregunta haya sido esa, pero no, la encuestadora plantea de inicio la pregunta sobre qué hay que hacer algo con el reo, nunca si se piensa que es correcto o no el indulto:

APOYO FUJI 21

Tenemos entonces no solamente un titular de periódico tendencioso, sino también una encuesta que lo es.

Queda claro que el objetivo de la encuesta es mostrar un producto irrebatible, el número, que sirve de herramienta para hacer más difícilmente objetables las interpretaciones que se dan de él; es decir, la encuesta no explica, pero el dato planteado da pie a la fantasía de la verdad. Por ejemplo aquí el dato es el número que presenta Apoyo, que no pregunta sobre la posición de la gente frente al indulto, ni sobre si se sabe cuáles son las condiciones legales o las mismas condiciones de carcelería del reo sino sobre “qué hay que hacer con Alberto Fujimori” y la interpretación supuestamente verdadera de ese número es la de El Comercio cuando dice (aún falsamente) que la mayoría de peruanos es favorable a él.

Es curioso porque al lado izquierdo del espectro político las explicaciones no son tan claras, pues las encuestas que muestran un apoyo masivo de la población a las medidas de la Municipalidad de Lima, como la Reforma del Transporte o la mudanza de “La Parada” no se condicen con el la aprobación de la alcaldesa.

Las encuestas tienen, entonces, una doble utilidad: por un lado, como vemos, tienden a sensibilizar a la población sobre un tema en particular allanando el camino para llevarlo a cabo desde los lugares de poder y por otro previene de dar algún paso político potencialmente amenazante para la “gobernabilidad”, que no es más que vulgar populismo, o mejor dicho “populacherismo”: el juego (anti)político se gana en balanceando los dos lados mientras se llevan las cosas al espectro público para dar cuerpo, digamos, al sueño democrático.

 

 

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El estado de emergencia como forma de gobierno: suspensión de derechos o suspensión de la política?

5 07 2012

Estado de excepcion

A esta hora ya hay 5 muertos y decenas de detenidos en Cajamarca debido a la brutal represión que el ejército y la policía ejercen sobre la población, agudizada por la suspensión de los derechos constitucionales en 3 provincias.

No es la primera vez que el gobierno de Ollanta Humala ha recurrido a esta medida para solucionar situaciones conflictivas, siendo que en diciembre aplicó la misma fórmula sobre Cajamarca por 60 días y solo hace 10 que acaba de levantarse el estado de excepción en la provincia de Espinar. De más está decir que el presidente no ha hablado ni tenido apariciones en ningún medio, y lamentablemente los mensajes de las autoridades han sido contradictorios y torpes. Sin embargo, las justificaciones para los asesinatos se han multiplicado tanto en líneas editoriales como en la opinión pública. Reina el caos y ya se canibaliza la ciudadanía polarizada entre los pros y los contras.

Qué habrá pasado con el Humala que era la esperanza contra la amenaza antipolítica que significaba el regreso del fujimorismo?.

Ollanta Humala ha adoptado los estados de emergencia como una vía alternativa al diálogo, lo cual reviste de autoritarismo su gestión. Pero para entendernos, creo que me será útil partir desde la definición de Giorgio Agamben sobre el particular: “(el estado de excepción es) ese momento del derecho en el que se suspende el derecho”. Lógicamente si nos detenemos a pensar en que es una medida utilitaria, caeremos rápidamente en la cuenta que el objetivo de suspender derechos y garantías es simplemente poder tener mayor facilidad para hacer uso del poder, en este caso particular mediante la aplicación de una recia autoridad; se trata entonces de una paradoja: se rompe temporalmente el orden constitucional para luego no tener que hacerlo, sosteniendo el estado de derecho.

Tengo ciertos problemas al tratar de caracterizar lo que pasa en Cajamarca mediante esa definición, por 3 razones: por la intensión, intención y temporalidad de las medidas.

En cuanto a la intensión podríamos observar de que la desmedida fuerza con la que se actúa en este gobierno responde a una necesidad igualmente poderosa de volver al orden, es decir, es directamente proporcional a la amenaza política que pretende reprimir (20 policías para “capturar” al ex padre Arana, no son casualidad). El concepto que el ejército y la policía lumpenizados tienen de la ciudadanía frente a la cual se plantan es simple: son unos perros. Ahí tenemos completo el circuito, pues encontramos a lo político (el ciudadano politizado) como aquel extranjero peligroso al cual el estado normalizador quiere eliminar con todo el peso de su bota. A más angustia provocada, más fuerza merecida.

En cuanto a la intención se opone, como vemos, a lo político. Es decir que como en cualquier autoritarismo de lo que se trata es de romper los lazos sociales y dejarlos caducos en lo sucesivo, probar inútil la acción política mediante la represión y el (ab)uso de la fuerza. Esto no es nuevo, pues la misma táctica utilizó Fujimori muchas veces, aunque diría que con un grado mucho mayor de sofisticación. La idea es reducir a la ciudadanía a una condición de “nuda vida” en la que despojados ya del amparo del derecho, los individuos se disciplinen a la autoridad formal legalizando así lo ilegal. Así de vulgar.

La no temporalidad del estado de excepción es más bien una característica de la gestión Humala. Desde el pragmatismo apolítico del que se jacta cada que aparece ante cámaras se deduce un desprecio por las ideologías y los conceptos, pues explícitamente “lo suyo es la acción”. Podríamos ser más específicos y decir que lo suyo es la “acción marcial” pues es lo que ha hecho desde que asumió el cargo, dejando atrás las alianzas, proyectos e idearios que lo catapultaron a la presidencia para, ya ligero de equipaje, tener más libertad para ejercer el poder fácticamente.

Por esas razones creo que no estamos hablando de un “estado de excepción”, sino más bien de un “régimen de excepción” que ha hecho de la emergencia perpetua la base de una manera de sustentar el poder en la sospecha perenne, un movimiento ya ni siquiera antipolítico, sino apolítico, meramente funcional y que responde a la necesidad de mantener la hegemonía, así sea a costo de solo defender intereses ajenos (a diferencia de Fujimori, Alan García o Castañeda Lossio que siempre tuvieron claro que el poder no era un fin en sí, sino una herramienta para satisfacer sus intereses particulares). Es por ello que a Ollanta Humala le interesa un rábano hablar, porque no tendría nada que decir fuera de las tautologías a las que se reducen sus discursos.

No obstante esa ausencia discursiva oficial, sí existe una estructura en la que se sostiene este método autoritario y es la universalidad global del discurso capitalista, que si bien ha producido un debilitamiento en la autoridad simbólica, es decir un amo débil y necesitado de actos enérgicos para manifestarse como autoridad real, también ha empezado hace rato a fabricar ciudadanos absolutamente gozantes del orden del mercado y que por ello no pueden negarse a sostenerlo, individuos fundamentalistas que no dudan que el usufructo monetario es el mayor de los valores y que fuera de eso no hay desarrollo. El efecto del discurso capitalista moderno es la individuación radical de los sujetos, que no son capaces de reconocer la alteridad, a los otros y a su mundo.

El proyecto capitalista en el Perú pues, no habría encontrado mejor aliado que un gobierno autoritario como este, pues es él quien adopta los pasivos de lo que se va tramando más sutilmente por debajo de la mesa: la dictadura de lo privado por sobre el interés social. Desde ahí ya no hay diálogo posible porque el lugar de lo político del gobierno ha sido reemplazado por el imperio de los técnicos que no digamos que están más del lado del derecho, sino más bien de la violencia legalizada.

Si la candidatura de Ollanta Humala era nuestra esperanza de resistencia contra la antipolítica, lo que hemos obtenido con su ascenso es la continuidad de ella hasta involucionarla a un estadio rudimentario y chapucero, pues no es sino la política lo que hace el puente entre el derecho y la violencia, separándolos. Este gobierno ha optado por el camino contrario, que es el de eliminar ese puente y fundir ambos lados.

 





No solamente se trata de MOVADEF

4 07 2012

Movadef

Hace unos días, integrantes de MOVADEF irrumpieron en la presentación del libro “Profetas del Odio” de Gonzalo Portocarrero. Luego de aquello han aparecido algunas reacciones y considero importante revivir mi blog para ocuparme de ellas y del suceso en general.

En principio, hay que decir que la aparición de Crespo y su columna en la presentación del libro de Portocarrero tuvo un objetivo absolutamente político y que no tuvo nada que ver con demostrar algo en el terreno argumentativo, sino que fueron a hacer lo que se vio: a mostrar presencia públicamente, a imponerla en el lugar de discusión académica para castrarla, enrostrarle que realmente no puede decir ni hacer nada para que ellos desaparezcan. Evidentemente, ese objetivo fue cumplido a cabalidad.

A raíz de aquello nace un cuestionamiento perfectamente válido por el lugar de la academia en relación con la violencia política y el proceso de elaboración que acompaña al duelo y la reconciliación, que pasa también por un trabajo de comprensión de los hechos y de inscripción de aquello en la sociedad civil.

Lo que vimos fue un poco menos edificante: la mesa era compuesta por el autor, el ex comisionado de la CVR Rolando Ames, la secretaria ejecutiva de la CNDDHH Rocío Silva Santisteban y el analista Félix Reátegui, los que fueron básicamente avasallados por las consignas y acusaciones de Crespo y su gente. La única declaración de un Portocarrero tembloroso fue de que esa gente “ya no produce miedo” (lo cual es discutible), mientras que los organizadores defendían el formato del evento y Rocío Silva callaba gente como si fuera maestra de primaria, es decir, un llamado al orden desde la seguridad de la disciplina.

En efecto, la irrupción de aquella turba representante de una de las épocas más negras de nuestra sociedad es intimidante y se hace difícil reaccionar por ello mismo. Sin embargo, el solo ver a los organizadores y asistentes al evento impotentes y cabizbajos, desnuda una posición precaria de nuestra sociedad civil en lo concreto.

Hay quienes dicen que la actitud adoptada fue la mejor, que simplemente a esa gente se la expulsa y listo, no se le da explicaciones, respondiendo a la idea moralista de que “con los malos no debatimos”. Podríamos ubicar aquí también a Portocarrero, que en sus declaraciones simplemente ha dicho que los jóvenes participantes del MOVADEF son “dementes” o “gente que persiste en el error”. En definitiva se encuentra instalado cómodamente en la esperanza ideal de las “buenas soluciones”, donde hay, al final del viaje, buenos y malos.

También hay comunicadores que sostienen (mucho más modernos, ellos) que “a los trolls no se les alimenta”, reduciendo el significado de MOVADEF a un grupúsculo de gente que se reúne regularmente para joder. La posición de “El Morsa” pasa por ahí, sosteniéndose en la idea de que un grupo dogmático como MOVADEF no es interlocutor, sino que que pretende imponer su fundamentalismo a rajatabla, haciendo además un movimiento interesante por twitter cuando compara a ese fundamentalismo con el del Opus Dei en relación al aborto: no se puede razonar con ellos, entonces simplemente los dejas ahí.

Lo que sucede con estas posiciones es que se centran en el objeto ansiógeno, en lo que causa la angustia con su irrupción violenta y no se cuestionan en ningún momento por lo subjetivo de una sociedad civil que no sido capaz de historizar en lo más mínimo sus heridas. Siendo lacaniano diría que la irrupción de eso que nuestra sociedad tiene como no simbolizado, es su real. La reacción ante él es la es correr a toda prisa a buscar los espacios programados para escaparle -como por ejemplo el formato de la presentación del libro, pero lamentablemente a lo real no se lo doma ni se lo ignora: esto está en potencia ahí e irrumpe cuando quiere, impredecible.

Concuerdo con Martín Tanaka cuando dice que la solución es política, comparto las preguntas de Javier Urbina a Gonzalo Portocarrero. He aquí que encontramos precisamente que el proceso de despolitización iniciado por Fujimori y continuado utilitariamente por los regímenes sucesivos deja más indefensos y solitarios a los ciudadanos que se significan ahora como entidades individuales y ya no como un cuerpo social: ya no hay nada que los reúna en una consigna, por ejemplo para expulsar al MOVADEF de la sala, pese a ser mayoría. La fragmentación paraliza.

El rol de la academia en este sentido y, es más, en este episodio ha sido funesto: su tibieza resuena como el síntoma patente del fracaso de una sociedad civil, que aún en sus especialistas, no ha producido lo necesario para metabolizar la violencia política y más bien se pierde en el juego maniqueo de los “buenos y malos” , lo que finalmente revierte en que los simplismos que tanto nos han hecho daño en la lucha por una sociedad libre de terror cobrarán legitimidad ante la impotencia de no haber podido inscribir algo mejor. Aldo Mariátegui debe estar aún recuperándose del orgasmo que le produjo el video.

Mientras no comprendamos que un discurso político no responde al saber académico y que el saber académico no necesariamente politiza o influye en el discurso político, no habremos alcanzado el camino para tener intelectuales que puedan aportar a la sociedad y dejen de ser los “caviares” que rezongan de todo en sus clubes de amigos. Politicemos el discurso académico, hagámoslo llegar a los medios, que se sepa que se empieza a construir desde las aulas y la producción intelectual un discurso político contra la violencia. Esa es la oportunidad que se ha perdido en este enfrentamiento con el MOVADEF, no es la ruina de un programa de actividades a manos de “dementes” como algunos piensan. Al dogmatismo es al que se le combate: no al dogmático que no va a cambiar sino al discurso para evitar que se propague, no se le permite estar ahí siempre sino que se le apaga. El rechazo a SL no puede quedarse como ha sido hasta hoy en clichés sin significado, sino que hay que construir una comprensión política y eso es tarea de la academia y de los medios. No es casualidad que siempre regresen los malos y nos preguntemos qué pasa con la memoria: si no se historiza, no hay memoria y de eso se nutre la antipolítica (agradecen los Fujimori, Alan García y ahora el MOVADEF).

Belaúnde decía que las columnas de SL eran simplemente grupos de abigeos y, como los tiempos han cambiado, ahora decimos que son trolls. Habrán pasado los años, pero no hemos aprendido nada si realmente tomamos en serio eso. Esa es ignorancia 2.0.

 





Sobre la cultura electoral criolla

13 11 2011

Mostrar la imagen Real

Si hay algo de cierto en el movimiento posmoderno de la imagen, es que, desde lo artístico hasta lo cotidiano, hay una propensión por la captura de lo Real en términos absolutos: ya no es que se necesite representarlo, simbolizarlo, sino que hoy el placer se encuentra en la simple presentación de él; lo que antes se suponía detrás del velo hoy se puede encontrar fácilmente afuera, desnudo y a la vista pública.

Este uso de la imagen, este intento de presentar lo Real a todo costo, se condice con la menor necesidad de mediación por palabras. Esto es interesante en el plano político, pues la prensa se ve afectada por el imperativo comercial de vender noticias cada vez más escandalosas, para lo cual es necesario limitar el sentido, por así decirlo: el análisis o la opinión, para dejar incompleta la cadena de forma intencionada; lo que viene después es la angustia del ciudadano, que buscará completar un significado ante lo presentado en lo social. Desde ahí operan los medios en campaña, como un aparato propagandístico de guerra, con significaciones vacías a llenar emotivamente por los ciudadanos. Un estado de emergencia –o de excepción permanente- de la información.

Evidentemente, no estamos hablando de un movimiento político, sino de todo lo contrario, de la despolitización moderna, donde se encuentra el discurso social fragmentado, donde reduce lo político a lo meramente personal, a ese pequeño terror imaginario de cada uno. Vemos entonces que en la campaña electoral lo que se encuentra fundamentalmente es el miedo al otro, dependiendo de qué lado estemos, y no de una apuesta por algún proyecto político. Eso, más bien, es lo que menos hay.

El discurso sobre la cuestión política se restringe desde la oficialidad: sale Alan García periódicamente a hablar a los medios con ese fin desde el vacío absoluto de sus palabras. Dice, por ejemplo, que “lo sucedido en Puno tiene un tufillo electoral”, haciendo referencia evidentemente al candidato crítico del sistema económico, y no hay más, sólo la mención de lo Real de la ciudad, aquella alteridad de quienes no gozan de lo mismo que nosotros. Serían entonces, en este fantasma, los humalistas, esos que viven en las alturas y que no saben qué es el desarrollo, los causantes de los desmanes antidemocráticos acontecidos; congelando así cualquier significación y, de paso, previniendo la aparición de la pregunta sobre el tema. Es clásico, el maniqueísmo sirve de respuesta antes que aflore cualquier pregunta, pero acrecienta imaginariamente la diferencia entre las partes.

Hace unos meses se excarceló a Lori Berenson, una estadounidense condenada por terrorismo que había cumplido su pena; es decir, legalmente. Los medios presentaron nuevamente el peligro de que el Poder Judicial empiece a soltar a los subversivos y presentaron –lógicamente- el horror de los heridos y la destrucción del jirón Tarata, en el corazón de Miraflores, distrito en que casualmente había ido a residir Berenson y su familia. La reacción de uno de los distritos más mediatizados del Perú fue inmediata: se realizaron plantones y marchas por la paz, en las que se pedía que la estadounidense fuera o encarcelada nuevamente o expatriada para siempre. Hubo dos cosas interesantes aquí: por un lado el semblante político de una acción profundamente antipolítica, como aquellas manifestaciones, en las que había la lógica bastante clara de presentar la propia humanidad (familias enteras vestidas de blanco, fuera de la casa de los Berenson con niños pequeños sosteniendo las velas y declarando “contra el terrorismo”, por ejemplo), que se afirmaba a partir de la amenaza de aquellos otros que ya no solamente no eran sujetos de derecho –o de la legalidad-, sino que ya estaban despojados de la humanidad, pues evidentemente “no eran iguales”. La segunda cosa es la emergencia fabricada del miedo como la única forma “genuina” de acción cívica, la defensa ante lo extraño que ya ha sido congelado con el significante, en este caso lo indudable es que Berenson es “terrorista” y no hay vuelta qué darle. En este sentido es muy gráfica la siguiente frase de un manifestante en televisión nacional:

“¿Qué los del MRTA no eran comunistas?, ¿Por qué vienen entonces a vivir a Miraflores?, ¡que se vayan a Comas o por ahí!”

He allí que el argumento democrático se degrada y se reemplaza por el más limitado de los localismos, el del fantasma, el de la amenaza imaginaria producida desde el discurso vacío, que digamos es otra forma de jugarle a lo Real.

Igualmente hay que advertir que no es sin intención ni dirección que hay aquella demarcación. Y pues, el criterio no es la virtud moral precisamente.

Si existe algo cierto que ha dejado esta campaña es la evidencia de la determinación económica de lo condenable o de, más simplemente de los obsceno –pues resulta que ahora hay obscenos aceptables-, y es indudable que en la asimetría mediática está la pista sobre aquella alteridad amenazante, que no pasa por los actos finalmente. Eso explica nuestra primera vuelta, donde el electorado limeño se ha revelado como una isla frente a la grieta profunda que lo separa del interior del país, menos mediatizado y por ello, significado como menos capaz de tomar decisiones. Esto es interesante si pensamos en que la capital se había volcado a apoyar a la candidatura perversa del fujimorismo.

El poder de tomar decisiones

La capital se siente de alguna forma superior frente a la supuesta visceralidad provinciana, que mientras está más lejos del ideal civil limeño es vista con mayor distancia hasta finalmente ser negada por completo. Claro, hasta que explotan las protestas.

Es común encontrar dos argumentos que justifican esta distancia: en primer lugar la diferencia educativa, profesional o técnica y en segundo término, las credenciales democráticas.

Se piensa, en la ciudad, que lo que principalmente ofrece la posibilidad de decisión responsable es la competencia técnica, profesional. Como si el paso por la universidad de alguna mágica forma concientizara políticamente a los individuos, quienes no han tenido posibilidad de integrarse al sistema educativo superior quedarían rezagados cívicamente frente a los sectores más privilegiados, que tampoco pretenden reducir esa distancia.

Hace algunas semanas un familiar me hizo una pregunta muy interesante para dar cuenta de esta posición burguesa:

“¿Tú acaso crees que mi voto, el de un profesional educado y competente, debería valer igual que el voto de un analfabeto o de alguien que sólo se dedica al campo?”

La lógica de la exclusión toma aquí un sentido concreto. Por un lado el ideal burgués se identifica plenamente con el ideal nacional, de modo que el interés particular de una clase social toma legitimidad absoluta frente a la supuesta precariedad de los otros, que no están preparados; y por otro, está el racismo como forma de terror ante lo éx-timo, es decir lo que se denuncia afuera pero que es profundamente propio, lo cual da cuenta de una posición de fortaleza aparente, basada en el aprovechamiento de una posición social y de la diferencia de los objetos de goce, que revela una pobreza subjetiva que no permite significar un ápice de lo ajeno: “no puedo reconocer a quien no goza de lo mío”.

El segundo argumento va más o menos por ahí y es que a más distancia con la forma de vida civilizada de la capital, hay menor respeto por el estado de derecho, por las instituciones o aún hasta por las libertades personales. Ligando con el primer argumento, podríamos concluir que se dice que a menor educación hay mayor propensión al autoritarismo. Esta creencia se basa en la concepción de un poblador andino premoderno, estancado anacrónicamente en la colonia, si no es que antes, por no tener acceso a la tecnología; razón por la cual mantendría una relación vertical con la autoridad, una relación hasta feudal, en la que el criollo es visto como el enemigo. No hay pues, posibilidad de decisión responsable si existen perennes tanto un revanchismo histórico-étnico de parte del poblador andino, como su inalterable atraso tecnológico y social.

Por el contrario, el criollo se percibe como mucho más independiente, precisamente porque, según su decir, cuenta con muchísimos más canales de información. Sin embargo el planteamiento del autoritarismo es una contradicción, puesto que, si bien es cierto que el limeño está más habituado al escándalo mediático, también es verdad que lo ha normalizado y lo tolera como una cuestión natural; lo intolerable es que aquellos incivilizados no acepten que eso es parte de la vida, lo intolerable, en resumen, es la politización.

También he podido recoger un ejemplo bastante claro acerca del tema. Un grupo de amigos que trabajan en una cadena internacional de hoteles me habla acerca del miedo que le tienen a Ollanta Humala, a lo que contesto preguntando de dónde viene ese miedo. Luego de algunos momentos de duda una de las chicas me da una contestación brillante:

“Es que nosotros asumimos que hay quienes están más informados que nosotros, por ello, cuando los gerentes nos reúnen para decirnos que votemos por Keiko, les creemos. Ellos dicen que si gana Humala, todos nos quedaremos sin trabajo”.

El argumento de la independencia capitalina se derrumba, pues el amo autoritario toma corporeidad en precisamente el espacio de libertad criolla: el mercado y el régimen liberal. Aquí es brutalmente directo: la dirección de la empresa toma a su cargo la decisión responsable de los empleados, que asumen que se están cuidado sus intereses, siendo que están conculcando sus derechos.

En la primera vuelta, Ollanta Humala, con un discurso contra el sistema económico gana en el Cusco con una aplastante cifra de casi 60% de los votos. ¿Cómo se explica esto, siendo aquella ciudad la bandera del desarrollo descentralizado del modelo peruano?, ¿cómo la provincia de hecho más capitalizada del país tiene una amplia mayoría de descontentos?. La respuesta capitalina fue simple: son una manga de golpistas y amantes de los discursos radicales, a los que les falta educación; pero sabemos que las cosas no son tan fáciles.

Lo que sí sabemos es que lamentablemente para el argumento criollo, los que votan en Cusco son los cusqueños y no los inversionistas o usuarios de las cadenas de hoteles, trenes, restaurantes y comercios que han florecido en los últimos años; son los cusqueños quienes no sienten que el progreso les toca, sino que por el contrario, que en su ciudad se ha establecido una suerte de ghetto donde ellos son los aislados. No se contempla en ningún momento que el modelo neo-liberal no sea suficiente para mejorar la vida de quienes se supone que lo disfrutan o siquiera que no sea útil para interpretarse en otros contextos sociales, es más, la creencia religiosa en el modelo convierte en condenables a todos quienes se opongan a él. El voto anti-modelo es despreciado pese a que el voto pro-modelo ha demostrado ser más radical, más exclusivo y más autoritario.

También fue muy evidente la destitución de Vargas Llosa como abanderado de la libertad y la democracia, pues al apoyar públicamente la candidatura de Humala, al parecer habría dado la espalda a todo fundamento liberal, en especial a lo que sostuvo a la candidatura fujimorista: la continuidad del modelo.

Y es que Vargas Llosa es un liberal ante todo, o al menos para los liberales debió seguir siéndolo y no traicionarlos con argumentos morales que al final los desenmascaran. En todo caso queda evidenciado que el acto moral lo ha separado de sus antiguos aliados. De ahí que mediáticamente el perverso es él, finalmente, pues nos quiere arrastrar a su vórtice de odios personales, lógicamente sin tomar en cuenta ni una sola de sus razones, otrora respetables.

En conclusión

Podríamos caracterizar con el caso Vargas Llosa que el principal lugar de separación social es el mismo lugar que Jorge Alemán caracteriza como el lugar del malestar en la cultura: el discurso capitalista, o aquel discurso que pretende eliminar la castración a todo costo.

Por otro lado, ese uso mediático-perverso de lo Real termina por instaurar la normalización del horror, la regulación del espacio cívico por la especulación capitalista, que borra del camino cualquier atisbo de noción moral o ética, las que son representadas por significantes vacíos, como por ejemplo “caviar” , “rojo”, “antidemocrático” y otros.

Hay una creencia religiosa en el modelo económico, creencia que no permite cuestionamientos, y también la Iglesia ha respondido ante esa creencia, tiñendo de virtud un movimiento profundamente amoral como el fujimorista, saliendo en defensa del conservadurismo de derecha.

Hay un proceso de despolitización que también responde a que cada vez es menos necesaria la palabra para dar algún sentido a la irrupción o a la presentación de lo Real. El miedo en la ciudad es organizador, creando espacios de fundamentalismo social donde el discurso capitalista es la única respuesta.

La prensa, al tratar de aprehender lo Real, se está enfrentando a su propia aniquilación, pues el único modo de diferenciar la ilusión de la realidad del horror de lo Real, que es el objetivo, es ponerlo en acto. Ser, ellos mismos, quienes escenifiquen el horror que pretenden mostrar.

El psicoanálisis se opone a la visión reducida del sujeto desenganchado del Otro, lo psicotizante del discurso capitalista debe ser señalado e interpretado en las instancias en las que los analistas trabajan. El trabajo del psicoanalista en la ciudad pasa, entonces, por politizar el lazo social, hacerlo una práctica y evitar que se diluya en la espiral de consumo del mercado.





El decente nombre de la democracia

30 04 2011

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Partiendo del discurso moral del periodismo de los últimos años, parece distinguirse la certeza, diría hasta estoica, de que “la democracia es lo más importante”, que sobre cualquier valor de nuestra sociedad, deberíamos ser capaces de sostenerla, en especial luego de del trágico decenio fujimorista, que entre otras muchísimas cosas manipulaba a placer y casi en su totalidad a los medios de comunicación.

Así, desaparecido el dictador, los medios se regodean en reinaugurada fiesta democrática haciendo gala de su rol vigilante, apelando a lo políticamente correcto y a una moderación olvidadiza que dejaba bastante cómodos a todos y es lógico pues habiendo fallado aquellos vigilantes en los tiempos de mayor necesidad, lo mejor y más decente para ellos era mirar a otros lugares menos comprometedores; es decir, se actúa el síntoma criollo, diríamos, eso que tradicionalmente deja sueltos todos los cabos a la espera de que se anuden solos. Lo milagroso de este proceder es que tiene pingües resultados, y así, sin deber hacer más que dejar pasar el tiempo se fueron dando las redenciones poquito a poco: primero en el ámbito periodístico, luego político y finalmente moral. La década post-fujimorismo es pues, la del lento retorno.

El consentimiento mediático y la participación activa de cualquiera en hechos de violencia estatal o de corrupción fueron quedando paulatinamente perdonados sin ningún trámite al restablecerse el sueño democrático. El informe final de la CVR, por ejemplo, señala a Alberto Fujimori como responsable penal de las atrocidades cometidas en su gobierno, principalmente por el hecho de haber quebrantado el orden constitucional, quedando meramente como “responsables políticos” Belaúnde y García, dado que fueron presidentes constitucionales, democráticamente electos y respetuosos de la institución democrática. Esto es bastante gráfico, pues las violaciones de derechos humanos perpetradas por el Estado Peruano en el período de violencia política en contra de la población civil son ostensiblemente más numerosas en el gobierno aprista. Es decir, la democracia toma un valor extra en la época post-fujimorismo, el de marca moral que exime de responsabilidad a quien la porta. Caso curioso de un ideal que no se condice con el simple concepto de justicia, que paradójicamente debería sustentarlo por lo menos en semblante.

Los medios terminan el ciclo de reciclaje público hasta dejando la sensación de déjà vu (ver a Nicolás Lúcar entrevistando a Keiko Fujimori, felicitándola por la campaña realizada es un ejemplo de los más claros), el retorno moral y político de los supuestos abanderados “de la lucha contra la dictadura”, que en los medios no fue tal -más que en dignísimos pero pocos y aislados casos, desemboca en la culminación del proceso redentorio de Alan García, quien vuelve a ser electo presidente, ante la amenaza de un Humala que aglomeraba (igual que ahora) alrededor del 40% de los votos, pero que era caracterizado (igual que ahora también) como la opción “antidemocrática” pese al respaldo estadístico.

La democracia, o mejor dicho el ideal democrático, sería también entonces una herramienta útil para separar el trigo de la paja, los buenos de los malos, ignorando que hay una representatividad tras esos votos negados por el sistema.

Lo curioso es que en estos meses de campaña electoral, ese mismo argumento del “riesgo antidemocrático” ha servido para mediatizar el miedo a la escala más grande posible, donde una vez más, Humala es el señalado, en beneficio de Keiko Fujimori, representante del renacido clan, que abiertamente lucha por la liberación de su líder preso, precisamente por dictador.

Se habla en la ciudad ya del mal menor como hace 5 años, pero el argumento democrático es abiertamente inconsistente: se lo utiliza desde la moral, pero impulsando un voto exclusivamente basado en el interés económico. La derecha se ha visto en esta ocasión impotente de ocultar ese real propio tras la mascarada democrática: lo que importa es la manutención a toda costa del status quo económico.

La capital tiembla por los pasos que siente de una masa peruana a la que desconoce históricamente y por derecho divino; supone su rencor y ahora la maldice: “por su culpa, cholos”, bufa encogiendo los puños.

Lo democrático no pasa entonces, como dicen, por ser la condición básica de una prosperidad a construir, sino al contrario: la prosperidad de quienes nombran es la condición del semblante democrático. No hay ninguna moral atrás de ese argumento democrático, lo que hay es la amoralidad del discurso de un capitalismo criollo que niega al otro por un lado pero que, paradójicamente, por el otro, necesita de su hegemonía para vivir.

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El Vaticano y la celebración de la muerte

20 06 2010

Normalmente evito esa postura tibia, informativa, y en fin, de mal gusto que supone el ideal de ser objetivo cuando se trata de escribir. Me parece que tiene un tinte cobardemente pretencioso el no comprometerse con lo dicho y aún así, arrogarse la virtud moral de la moderación, que parece ser un bien muy apreciado entre los lambiscones que ofician el periodismo o dicen ejercer opinión en algún campo de la humanidad.

Y es que sobre lo escrito hay una cierta involución medieval de la que me urge hablar hoy, una terrible certeza sobre lo correcto que domina con su larga sombra el espectro de lo público. En occidente subdesarrollado el cristianismo, al medio como potro de tormento y a la voz del látigo divino, se yergue como el tótem canallesco de nuestras sociedades, rendidas ante un temor metafísico perenne que a través de la historia muchas veces ha sido el mejor aliado del fusil carnicero de la oficialidad.

Por el contrario, hay que ver cómo se condena la palabra hoy en día. Porque hay aún quienes la han empeñado y se han hecho cargo de ella, para quienes el silencio y el olvido son compinches perversos de la injusticia. La muerte de José Saramago es la despedida de una de aquellas voces, a la que en general y fuera de las peculiaridades de cada uno, podemos agradecer algunos gestos invalorables, como el habernos advertido de una epidemia masiva de ceguera, de la relatividad funcional del bien y el mal, del uso de la historia y la religión, de la ética de los actos y sus consecuencias y en resumen, que nos haya llevado valerosamente, a veces de la mano, al en ocasiones impensable terreno de la conjetura de un mundo posible.

Ayer ha sido un día triste, sin duda, para la humanidad.

Sin embargo, hay quienes se alivian y celebran en su oscura cúpula de iniquidad. Quiénes más que los mismos personajes y símbolos sórdidos, proyecciones de lo peor del mundo, que fueron blancos de sus escritos. Revolea las patas el Vaticano, capital histórica del amaño bajo las faldas y la chusma criminal que forma las filas dolientes y disciplinadas del Opus Dei.

Dejan de temblar a media luz, su hábitat natural, y se lanzan ávidos de la carroña de un cadáver, del casquete mortuorio vacío, con intención de borrar con un -más que torpe- plumazo, la obra de toda una vida. Se arrojan los caníbales desde las sombras a la acusación, le dicen: “populista extremo”, resaltando su “ideología antirreligiosa”, propia de “un hombre y un intelectual de ninguna capacidad metafísica, (y que vivió) agarrado hasta el final a su pertinaz fe en el materialismo histórico, alias marxismo” y agregando que "se declaraba insomne por las cruzadas, o por la inquisición, olvidando el recuerdo de los gulags, de las purgas, de los genocidios, de los samizdat (panfletos de la Rusia soviética) culturales y religiosos".

No encuentro más definición para el artículo de “L´Osservatore Romano” que el de una vileza bien acabada, fiel reflejo de la pluma subalterna que lo produjo. Fuera de lo condenable de una organización mundial que no guarda ninguna compostura ante las circunstancias, está la ya clásica estrategia de empatar la acusación al indefenso con el olvido de las propias culpas, que son grandes, por cierto.

Pero creo que es bueno que guardemos un poco el orden.  El Vaticano habla de un “populismo extremo” en principio, y si definimos la categoría diremos que se trata de la relación entre un líder carismático y una masa dominada por él, mediante el ejercicio de menos que una doctrina, del poder emocional sobre ésta. La definición trasciende entonces las posiciones políticas propiamente, pues hay populismos de derecha y de izquierda. De todas maneras, se desprende que no se trata aquí de hablar de un concepto, sino de castigar una posición: la de ser de izquierdas.

Definitivamente, si seguimos medianamente esta línea, encontramos pocas cosas más populistas que la reunión irracional de gentes en torno a un símbolo o de la persona infalible del papa para inocular en la sociedad un discurso que encierra la exclusión y la barbarie. Si esto parece una exageración, podemos citar la posición populista de la iglesia en asuntos como las graves depravaciones de la homosexualidad o tal vez la inhumana prohibición moral de los preservativos, que es lo más cercano al genocidio en un continente asolado por el Sida como África, o las siniestras alianzas y bendiciones dadas generosamente a dictadores sanguinarios.

Sobre la preocupación acerca de cuestiones como  la funesta participación de la religión en la vida militar del mundo y en los genocidios modernos no creo que ningún cristiano tenga ninguna objeción moral, aunque sí estructural, pues una vez más el abuso propio se trata de ocultar con esas anacrónicas comparaciones, porque a diferencia de las referencias soviéticas que L´Osservatore esgrime, la iglesia enfrenta su hora más dura, pues se hace pública su política de encubrimiento e impunidad.

Por mi parte me queda más claro que hay quienes se regodean en la muerte y el silencio cómplice, hay quienes gozan del frío de la tumba: están lejos de lo humano pero afortunadamente nuestras voces los hieren. Con ellos no se puede negociar ni una letra.





El terrible asunto de la verdad…

16 06 2010

clip_image001Tal parece que en nuestras sociedades el fantasma del descontrol parece haber tomado posesión del mando. Lo cierto es que cada vez más se le demanda a la ley, no sólo un rol de ordenador o marco de las relaciones sociales, sino que se da un paso más allá y se plantea como fundamental la necesidad de una función cada vez más de represora pública.

Gran parte de la cuestión descansa en la idea no tan moderna de que existe un absoluto redentor al que hay que hacer juego para disfrutar de la seguridad de la vida. Siendo común que las condiciones económicas mundiales marcan nuevas dinámicas, especialmente en los países más golpeados, habrá que preguntarse si aquello es causa o producto de las nuevas formas de regulación –o más claramente, segregación- que han aparecido desde la propia legalidad.

Lo que se reconoce es el miedo a que lo ajeno acabe por destruir lo propio, donde se significa la angustia como el alien, el extranjero o el pecador impenitente que no comparte los preceptos esenciales o características externas de alguien asumido a alguna sociedad. La solución parece ser dignificar la verdad del amo legal-económico-social, al punto de hacerla un universal artificial, que manda borrar de escena la angustia de presencias extrañas.

Los ejemplos que se pueden dar tienen como denominador habitual el deseo de desconocer al otro, de restarle humanidad y hacerlo proclive a la proyección de los temores más arraigados. De esta forma, la verdad del ideal de “lo nacional”, “el bienestar” o “la modernidad” terminan por ser excluyentes a las minorías. Las leyes de migración o las nuevas formas de fundamentalismo así parecen marcarlo.

Desacralizar la verdad es subvertirla, como quien sabe que la salida reside en no pensar en ninguna solución como final, sino como a construir.