No hemos aprendido demasiado…

1 06 2010

Foto El caso de la excarcelación de Lori Berenson debe ser único en su género. Contrariamente al sentido común, las autoridades pasan olímpicamente de las mínimas medidas de discreción y despiertan una desproporcionada cobertura mediática que desemboca en más odio que su propia captura.

Por supuesto que lo que recibimos del periodismo “grande” del Perú no responde a la firma de algún iluminado sino que se interpreta como lo irracional subyacente a la angustia de nuestra sociedad. La Berenson, habiendo cumplido gran parte pena a decir de la ley, se ha hecho no sólo de un beneficio penitenciario si no también ella misma la bandera de la fragmentación social que dio lugar a la guerra política, pues termina reducida por el significante “terrorista” a ser un sujeto sin derechos, un objeto peligroso que debe ser erradicado a perpetuidad.

Y es que es sólo eso, simple y llano terror inyectado desde el televisor. Que se recuerde, Lori Berenson es sentenciada por conspirar y planificar un atentado contra el congreso, plan que fue descubierto y nunca se completó. Legalmente la sentencia se ha llevado a cabo, pero socialmente la “terrorista” no sólo deja de ser un sujeto de derecho, sino también deja de ser un sujeto de la sociedad y de la humanidad, haciendo patente la diferencia entre la hostil ciudadanía que enarbola el derecho a que las manzanas podridas de la sociedad no se mezclen con las buenas. Primera causa del miedo: la diferencia imaginaria entre el hombre de bien y el “terruco”, que nunca será igual a uno, pase lo que pase.

El miedo termina siendo el símbolo de lo amenazante que es la diferencia en una ciudad organizada por ciertos códigos de exclusión, de allí que el argumento más oído en las vigilias y de los espontáneos que lanzan su condena desde la vereda sea, que Miraflores no es el lugar para alguien como ella. El jirón Tarata finalmente está funcionando como un espacio monumental en lo simbólico, no de la diferencia social que desencadena la violencia, sino de todo lo contrario: la justificación de la exclusión de aquellos que vienen a alterar el bello orden. Por ejemplo, esta es una frase recogida de una de las manifestaciones.

“¿Qué los del MRTA no eran comunistas?, ¿Por qué vienen entonces a vivir a Miraflores?, ¡que se vayan a Comas o por ahí!”

Se revela que el temor y la indignación desproporcionados se basan en dos cosas, a saber, el desinterés de saber del otro de parte de la sociedad civil, quitándole aún hasta la condición humana y sus derechos fundamentales, cayendo en el hostigamiento violento del que ha sido presa no sólo Lori Berenson, sino su familia; y en segundo lugar el carácter vengativo que tiene la justicia en nuestra cultura, donde la legalidad separa a los seres humanos de los criminales que finalmente no son humanos, y por supuesto por asumirse perdidos para siempre, tampoco deben gozar de posibilidad de probarse en sociedad de nuevo. Eso que no hemos mencionado a quienes se atreven a reconocer este mecanismo, ellos también serán parte del monstruo oprobioso del terror.

Regresar al régimen bárbaro de una ley que sólo está ahí para exigírsele que se endurezca remite directamente al fujimorato, a la cacería de brujas, pues si el ideal exige ser un verdadero buen ciudadano, la única forma de conseguirlo es perseguir sin piedad a los sospechosos, osea a todos. Parece que no recordamos cómo nos fue en esos años y reclamamos el mismo azote del que nos quejábamos algunos amargamente.

Es increíble que aún en esta época las reacciones de masa sean así de medievales. No somos conscientes que la segregación es el combustible de los movimientos violentos y sectarios de reivindicación social, tanto como el opresor.

También palo para el gran periodismo nacional, brazo de los ideales capitalinos.





Populismo y cinismo latinoamericano

4 05 2010

clip_image002Habiendo caído los significantes universales, aquellos grandes proyectos comunes que sostenían de alguna forma el cuerpo social, queda en la civilización una suerte de fragmentación intencionada de pequeñas y sectarias identificaciones, donde cada reivindicación se juega desde un lugar particularísimo, sin tomar en cuenta ninguna meta ética en lo común. El psicoanálisis habrá entonces del Otro que no existe, porque si bien hay un orden legal y funcional, los sujetos ya no creen que exista el universal como meta última del bien. Allí emerge otro tipo de llamamiento.

Si los antiguos ideales se han dejado de lado, lo que viene a cubrir el vacío es lo opuesto: un orden narcisista nacido del capitalismo contemporáneo donde el sujeto ya no integra un lazo social con el mundo como ya dijimos sino que, reduce al semejante al estatuto de rival, contra el que lucha para obtener el lugar privilegiado, el objeto: amor del mercado, que no será un Otro, pero puede ser una voluntad autoritaria.

La política latinoamericana bebe de estas fuentes en tanto, bajo la premisa de hacer política, se socava subterráneamente los fundamentos del lazo social mediante el temor o la amenaza de lo peor imaginario, fragmentando lo público. Las ciudades se mueven con la misma lógica que lleva a la competencia sin fin: mi ganancia por sobre la del semejante, o yendo más allá, la pérdida del semejante es mi ganancia. Se instala, pues, la dimensión del cinismo de sobrevivencia y la perversión.

Quizás sería bueno notar que a base de desarticular el lazo social, la dimensión de lo político se precariza paulatinamente y a partir de allí preguntarnos si no es familiar a la acumulación por sobre el otro, temas como la corrupción o los finalmente insustanciales caudillismos partidarios de esta parte del mundo.





Una variante del síndrome de Estocolmo o el sistema preventivo salesiano.

27 04 2010

Estudié en el colegio Salesiano 10 años: desde primero de primaria hasta el final de 4to de secundaria, cuando no me permitieron matricularme para terminar el último año con mi promoción. El director de estudios amablemente me recitó una lista de 7 causales que justificaban aquello. Me fui entonces sin chistar a un colegio mixto, donde pasé un buen año, tal vez sin extrañar demasiado lo que dejaba atrás. Y es que parece ser que a veces el cambio de aires a uno le hace comparar y, en fin, se deja disfrutar.

Nací en medio de una familia católica acorde con el colegio, constituida profundamente en la disciplina de un cristianismo ciego y fariseo, que fatídicamente parece ser el único que existe, que está basado en una disciplina medieval de borramiento de la opinión y la palabra propia lo más profundamente posible, para beneficio de la fe, de la institución. Fui, entonces entrenado en los valores ideales del acercamiento a la perfección arbitraria de un sólo Dios, a la imposibilidad de falla de la Iglesia, a la insignificancia de mi entendimiento, el poner la otra mejilla y el amar a tus enemigos.

Leí la Biblia, quizás más que un católico practicante, con avidez infantil, mientras que con la otra mano abría las biografías de Don Bosco, que tanta preferencia tuvo por los niños hombres. Recuerdo aún con claridad todas aquellas aventuras mitológicas, que sin embargo tienen poco correlato con su puesta en práctica.

Me autorizo, por tanto, a hablar acerca de lo que sé de la vida, la muerte y de Dios, pese a que es un tema proclive a dejar entrar a cualquier bravucón envalentonado y desentendido. Me autorizo en este post –además de tener pleno derecho, por ser este mi blog- a decir algunas cosas acerca de mi relación con las personas.

Desde hace algún tiempo he aprendido a ligarme con las personas por ellas mismas, sin necesariamente hacer causa común con sus identificaciones o creencias. Esta me parece la mejor forma de hacer conmigo mismo, un escéptico posiblemente sin remedio, frente a los otros: quizás sí es verdad que de cada quien se saca algo diferente, por ello hasta ahora he respetado al sujeto, como tal.

Diferente pasa con la institución de discursos generalizados, con formas de dominación de la conciencia, contra las que no hay que retroceder, a las que hay que faltar el respeto abiertamente, pues ellas convierten a los sujetos en simple masa furiosa, en pura indignación que desata la guerra a muerte con los diferentes, los convierten en el fin de la civilización. Entre otras cosas, pongo allí, en el lugar perverso, a la religión; no a su práctica personal, sino a la oscura pretensión de verdad universal que impulsa a la masa a evangelizar al pagano. Con eso no negocio.

Es fácil saber el por qué. Tal como diría Saulo, yo también he sido testigo.

Durante mi vida he visto bastantes cosas, pero sería mezquino restarle importancia a la influencia que tuvo el sistema preventivo salesiano en mí. Pues sí que tuvo un gran impacto: tuve la suerte de aprender a detectar el embuste y la salamería hipócrita de quien sólo está gozando de ti, como un objeto a moldear mediante el castigo. Y es que, definamos el significante: prevenir significa tomar acción antes que suceda algún hecho, para evitarlo a él o a sus consecuencias. Lo único que previno tal sistema, al parecer exitosísimo, fue la queja de los agraviados.

Recuerdo cosas puntuales, como la institución del castigo físico, y lo que es peor, la humillación como forma de disciplina conductual: las imágenes de compañeros echados a patadas del salón o golpeados hasta el llanto retornan hoy como absurdas e innecesarias, pero las recuerdo como la normalidad de esos tiempos; la prohibición de algún maestro de que compremos cuadernos que él no pueda romper, también o tal vez las filas patibularias que antecedían al golpe con reglas en las manos o quizás el terror ante los fracasos deportivos o académicos.

Se previno muy bien este sistema de la voz de los pequeños estudiantes estableciendo una cultura del silencio y de la condena cristiana a renegar del justo castigo, en una torsión gangsteril de la resignación y la impunidad.

Es famoso el caso del padrecito joven y de barba rala, con cara de Jesús, que delante de la formación del colegio entero elegía a algún desafortunado al azar y le hacía alguna pregunta del catecismo que generalmente no era contestada a cabalidad. Se procedía entonces a tirar de los pelos graciosamente al chico y arrojarlo de vuelta a su lugar ante las risas generalizadas. Uno pensaría que como encargado de las cuestiones pastorales y defensor del código de fe que nos atormentaba, era el tipo más recto y celoso que habitaba el colegio. Resultó ser más amoroso con algunos alumnos de lo aceptable y al ser sorprendido en esos menesteres, la congregación lo encubrió, mandándolo a algún punto recóndito de la sierra, a esconderse como un cobarde, pero evangelizando como un héroe que coloniza zonas vírgenes. Imagino que ya tenía suficiente experiencia en virginidades, el tal Peralta.

Conozco de al menos 3 casos de traslado abrupto, por causas morales, pero basta lo dicho para darse cuenta de la lógica carcelaria imperante: gozar del alumno previniendo su queja, con valores cristiano-hampones de silencio que perpetuaban una cultura del abuso en sus 3 esferas (física, psicológica y sexual).

Lamentablemente ser formado en un ambiente tan agresivo no es fácil para muchos, y hay quienes no sobreviven, o terminan muy afectados.

Hace algunos años encontré en la calle a un compañero que murió algún tiempo después. Lo vi y me acerqué: vestía un terno negro con corbata rosa; se le veía perdido y miraba a ambos lados de la calle con cierto frenesí, casi de escape. Cuando le di la mano sudaba y huyó tras excusarse nerviosamente. ¡Tanto era el temor que le infundía aquel encuentro!. El hecho de su temor, me hizo pensar en las cosas que uno hace por sobrevivir, uno lucha para destruir al otro en una guerra imaginaria de supremacía: la vieja separación radical entre “lorna” y “pendejo”, que es lo misma que diferenciar el abusado del abusador. 

Cuando me enteré que murió por que se le perforó la pared del estómago y que tomaba ansiolíticos hacía años, supe realmente hasta donde llegan este tipo de cosas. Me dio lástima saber de su muerte y de la implicación directa de un sistema que ha destruido a mucha gente.

Lo que me sorprende es que a un año de su muerte, aún no se quiera hablar de las causas, que la sola propuesta de que como exalumnos comprometidos, que algunos de ellos son, puedan averiguar si el abuso ha menguado al menos, desate tal cantidad de bravuconadas y sinsentidos. Digamos que se comprueba que es cristianamente hipócrita no preguntarse por algunas cosas cuando uno tiene pensado ir a honrar una memoria: el gesto corre el riesgo de ser superficial y estéril.

Finalmente parece ser que la víctima hace lazo con su secuestrador, que le ha robado todo, y se ha vuelto su todo, ella defiende al amo a muerte. Tan empobrecido termina el ser humano cuando es alienado por el discurso de la infinitud, su garantía de supervivencia a la muerte si resigna su libertad.

Yo no puedo respetar eso. Cuando un grupo de personas se transforma en no más que una masa palurda y cobarde, hay que dejarla cacarear y separarse, que así funcionan cuando no quieren saber más de algo que los compromete. Será que cada quién elige su militancia, que cuando no es más que un puñado de certezas vacías, es triste comprobar que en eso se convierten esas personas que algún día respetaste y quisiste. Un grupo degradado por el fundamentalismo y el imaginario.

Alguno me condenó al ostracismo, al destierro de los exalumnos, siendo este el caso, acepto gustoso.





El goce del ojo que lo ve todo…

7 04 2010

Los romanos crucificaban a los criminales políticos a modo de escarmiento público, con eso reducían de forma efectiva las ganas de los insurgentes de andar por ahí reclamando cosas tan pasadas de moda ya en ese tiempo como la justicia, la libertad o la igualdad.

A través de la historia se ha demostrado que luego de la ocupación, si se quiere mantener el dominio de los nuevos territorios se ha de echar mano de las estrategias más crudas para eternizar el miedo de las poblaciones conquistadas evitando brotes libertarios. El espacio público se transforma así en el lienzo del horror.

Como vemos en ciertas partes del mundo, no han cambiado algunas cosas, dos básicamente:

  • El riesgo es simbolizado en la figura del insurgente (antes llamado bárbaro) que no tiene derechos, basados en la idea de que tampoco sabe qué es bueno para él, ni para su pueblo. Necesitan “modernizarse” gracias al invasor, aceptarlo para mejorar o desaparecer.
  • Como el insurgente no tiene derechos, puede ser exterminado por quítame estas pajas, sin ningún remordimiento, por andar buscándoselas con actividades amenazantes como reunirse en una esquina o hablar por el móvil. El espacio público sirve para mostrar a los demás, los sobrevivientes, lo que les puede pasar si presionan su suerte.

El video filtrado por Wikileaks, muestra claramente estos dos puntos. Revela la ocupación de los aliados como una clásica invasión imperial, con los mismos principios y formas. En lo que sí podemos decir que hay avance es en la efectividad y economía de los medios de terror en el espacio público: hoy se puede vigilar a toda hora cualquier conducta “sospechosa” y castigarla usando esa justificación sin poner en riesgo tropas o aliados.

Parece también cuando uno revisa las reacciones de los agresores que hay dos cosas genuinas en juego en su subjetividad: por un lado un convencimiento tenaz de que que cada uno de esos ciudadanos es peligroso en sí. Así esté desarmado su sola reunión es punible necesariamente, lo cual nos dice que también ellos están aterrorizados; y la segunda es este goce sádico de abusar de la víctima, de la presa que no tiene valor, que funciona como un alivio al propio terror anterior del agresor.

El video está aquí, recomiendo verlo completo. La lucha por la libertad al parecer se funda en el aplastamiento de los otros: la hegemonía es la lucha por la supervivencia.

Esto no es un exceso, es una política, que es diferente. La única diferencia es que aquí lamentablemente mueren dos periodistas, pero decir que “es un riesgo que los periodistas de guerra corren” es obtuso, como vemos en el video, no habría ninguna razón para ser atacados. La importancia de este documento es que esto es lo que pasa con los civiles, y que LA PRENSA NO MUESTRA.

Finalmente, es interesante pensar en el ojo que lo ve todo finalmente no es sólo como un modelo militar, sino como un proyecto de sociedad basada en el control de probabilidades, casi matemáticamente.





El panopticón: un discurso único en la ingeniería de la sociedad moderna.

18 03 2010

La figura arquitectónica del panóptico se basa en la observación total de un área desde un punto central alto, desde el que el observador asegura el control de la mirada sin ser, a su vez, visto. Hoy, este modelo espacial puede graficar sin mayores dificultades un escenario social donde lo privado sufre el avance de la urgencia pública.

Muchos analistas políticos marcaban un cambio estructural en la vida cívica de las potencias a partir de los ataques del 11-S, un cambio donde se privilegiaba el concepto de “seguridad pública” en detrimento de las libertades personales o colectivas: un estado de excepción que se revela como la nueva normalidad socio-política.

Quizás tampoco esta sea una figura nueva, pero a partir de la proclamada “guerra contra el terror” ha adquirido una legitimidad de facto a partir del manejo del miedo y del ideal de la garantía de supervivencia, donde, como en tiempos de guerra, se ha de obtener la mayor lealtad a partir de la uniformización de los discursos públicos.

Aquí  es importante pensar en el uso de los medios, la técnica y sus efectos ideales, en la forja de una sociedad disciplinada por la premisa de la “única civilización”, que en el marco global, termina por segregar el espacio de lo particular también. Lo público, su interés y poder como una maquinaria industrial de control de probabilidades, donde los sujetos, que yacen bajo la lupa de sospecha, no son más que potenciales subversivos necesitados de pedagogía.

De esta forma queda expuesta la sociedad basada en la “seguridad”, que, en la estructura del panóptico, deja a los sujetos encerrados en su puesto, donde acaban siendo objetos de la información, nunca sujetos de la comunicación, como diría Foucault. El truco de esta compresión debería ser que los derechos se entregan voluntariamente.

Confluyen aquí  el saber militar, la ciencia psicológica y el alcance de los medios para cubrir y sostener a un Amo monodiscursivo y totalitario. Pese a ello, sí podemos decir algo de la estructura de sus enunciados.

La antiutopía realizada

En tiempos de la revolución rusa, hubo un tipo llamado Yevgeni Zamiatin, un tipo digo, porque termina siendo un olvidado cualquiera en un mundo que casi fue predicho por él. Suele pasar, especialmente si se trata de una caracterización poco halagüeña.

Zamiatin, influenciado por su vida en Inglaterra publica en 1918 “Los insulares”, novela en la que el culto a las líneas de producción seriales dan forma a un estado totalitario y fetichista, que se basa en la ciencia del número y la velocidad que, en la antiutopía, dejaba un funcionamiento perfectamente armónico de la maquinaria social.

Claro queda que ya no son los tiempos de la revolución industrial, que ha pasado agua bajo el puente de nuestra civilización, pero también es cierto que hay algo en esa lógica de relojería suiza que se nos devuelve como actual.

Jacques Lacan dirá por 1969, que hay un discurso de amo moderno que se basa en ese todo-saber comparable a la máquina, que, como es máquina, finalmente pretende eliminar el riesgo de no haberlo programado todo. Un discurso que pretende saber acerca del goce de la sociedad y lo hace trabajar, como quien pone a trabajar la mercancía, consumiendo a los sujetos en el proceso. Un amo capitalista, donde lo haya.

A las contrautopías pienso que hay que respetarlas, por la sencilla razón de que pueden traer algo de verdad -en aquel sentido tan figurado y Real como el del estropicio-, algo que indefectiblemente va a ser recogida por alguien.

Generalmente pasa eso con los militares, sabuesos del miedo, que pese a su fama de obtusos, hay que reconocerles una perversa astucia en lo relacionado a la humanidad, específicamente a su control. Y es que, como vemos, ya no es tiempo de conflagraciones cuerpo a cuerpo, sino del uso de un saber, de ese saber total del que ya Lacan y Zamiatin hablaban.

Es preciso notar aquí que la milicia realmente no ha cambiado de ocupación, sino que más bien a refinado sus métodos. Dicho esto solo hace falta recordar desde la construcción del monstruo de propaganda nazi que inauguró el término de “guerra psicológica”, hasta el lanzamiento de los grandes significantes universales del “terrorismo”, “desarrollo”, “modernidad”, “libertad” y “seguridad”, por citar algunos notables, que coincidentemente por serlo nunca son claramente definidos.

Y es que, en tiempos de guerra, era necesario mantener a la población civil con la moral alta, con confianza en la justicia de la acción militar y claro, en la victoria final, unificando las consciencias en un mismo bando, el propio, el de los objetivos nacionales.

Pero no, ya no estamos en esos tiempos de guerra, insisto. Actualmente la cosa es más sutil, además la lucha ya no tiene dos bandos. Hoy, ante la globalización, podría tener muchísimos más, lo cual es un peligro ante el cual corren todos los grandes significantes universales al rescate, moldeando un proyecto de discurso único y preciso sobre el cual se construye el gran proyecto de modernización de los supuestos subdesarrollados, que como pago, deberán entregarse enteramente con todo su potencial diversificante.

El peligro mantiene las cosas en una alerta amarilla perenne -cuando no roja en caso de que irrumpiera algo no programado-, y es causa de de una cruzada correspondientemente eterna, que si bien tiene concentrada en su brazo militar gran parte de las acciones, estas terminan implicando profundamente otros ámbitos.

El empobrecimiento: Orwell y la neolengua policial

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen. George Orwell ya hablaba de este plan en 1984, donde la lengua “se empobrecía cada año en vez de enriquecerse, cada reducción era una ganancia, toda vez que cuanto menos extensa es la elección, menor es la tentación de reflexionar”.

Decir que nos conmovemos con las “desgarradoras escenas de dolor” de una familia que despide a uno de sus miembros trágicamente muerto, o tal vez con un hombre “atrapado entre los fierros retorcidos” de su auto porque estuvo “libando licor hasta altas horas de la madrugada”, mortificarnos por un “mal elemento de las fuerzas policiales”, que comete un “horrendo crimen pasional” por dar “rienda suelta a sus bajos instintos” o indignarnos con pobladores de una comunidad que “tomaron la justicia por sus propias manos” no está mal, pero habla de un paupérrimo cliché informativo-policial que se repite hasta el hartazgo en los medios locales, casi dejando al receptor esperando por más de lo mismo.

Es como una educación de la costumbre, digamos, del escándalo de lo real cada vez con menos palabras, menor mediación. Cada vez se necesitan menos si se van aislando las que funcionan mejor en el cóctel mediático, que son elegidas para la repetición hasta la saciedad. Evidentemente, si ella cancela la necesidad de explicación, hay una utilidad directa para el discurso: no se explican nunca cosas como “terrorismo”, “democracia”, “mercado”, “guerra”, “crisis” y varios etcéteras, que pasan tranquilamente como “saber ya sabido”, algo que no necesita más definición.

El control del discurso también se resalta en la ciencia psicológica, donde el paradigma (militar, hay que decirlo) por un lado de la gestión humana y por otro el de la clasificación psicométrica de las inteligencias –otro constructo volátil, pero netamente práctico, que depende de qué se quiera medir-, sirven a la causa de la uniformización al ideal de la programación, de otro modo no cabría pensar en la “promoción de la inteligencia emocional”, por ejemplo, que termina siendo un método industrial de adaptación del sujeto a lo deseable. Un intento de saber y de dominio sobre lo que Lacan llama lo Real, lo que surge sin ley desorganizándolo todo, como un Atila rondando terrible a los romanos, que no saben por dónde atacará la próxima vez.

Vuelve rápidamente la idea de la comunicación y la era de la información como un gran mecanismo de propaganda, donde los medios lanzan sus fórmulas siempre asimétricas, a modo de un Big Brother que ya no sólo vigila al enemigo, sino a todos y que devuelve significantes que toman su significado en el sentido común, en la tendencia a la conservación ante el terror. Las lecciones de la Guerra Total se aplican perfectamente en tiempos de Urgencia Generalizada.

Si Freud concebía al humano como la diferencia ante la homeostasis, se podría decir que la civilización elige ahora mismo la seguridad de esta estructura con un goce mínimo que le es proveído con fruición por ella.

Muy a pesar de todo esto, y creo intuir que tanto Orwell como Zamiatin también lo sabían, el buen número no lo es todo, no todo se juega con esas reglas.





Top 10 de cojudeces modernas

18 03 2010

Por cierta extraña particularidad me doy cuenta inmediatamente de algunos de los menesteres más idiotas y haciendo un ejercicio de buen humor repaso los que creo más saltantes, de esos que por una cuestión meramente temporal no entran en la famosa escala de Vivansky y Lobinsky que anota el gran Sofocleto en su libro “Los Cojudos”. Y es que esto de la era de la información tiene cosas buenas también.

  1. Tener un blog.- Complejo de fiscalizador y escritorzuelo que le da al dueño del sitio unas inocultables ínfulas de importancia intelectual culturizadora. Claro, hasta que se da cuenta de que no lo leen ni los familiares y en el remoto caso de que así lo hicieran, se pedorrean olímpicamente, como toda la sociedad, en las opiniones ilustradas del nuevo cojudo. El caso se puede agravar si se le ocurre escribir acerca de su propio trabajo, lo cual desembocaría irremediablemente en que no sólo habría un cojudo más en este valle de lágrimas sino también un nuevo profesional en el antiguo arte de patear latas con efecto.
  2. Conseguir pareja extranjera por Internet.- Caso agudo de resignación ante la impotencia social acompañado de una profunda despersonalización que lleva al sujeto a creer que el otro le manda fotos reales cuando él manda las de algún amigo medianamente normal. Lo más dramático de este caso es que el cojudo en ciernes termina por realmente enamorarse y creerse eso del viaje al extranjero –que por cierto siempre paga-, hasta que, luego de la terrible decepción, abandonado y solo, se da cuenta que está fregando platos en un rincón de la Conchinchina en el mejor de los casos o que simplemente el supuesto amante necesitaba ama de llaves y llega a la conclusión de que le han metido el dedo hasta el fondo. Para este tipo de cojudez no hay remedio, porque las estadísticas demuestran que quien lo hizo una vez, indefectiblemente lo volverá a hacer.
  3. Ser fanático de un grupo koreano.- Es bien sabido que no hay nada que anestesie más la corteza cerebral y el lóbulo prefrontal que unas horas de exposición a esa seguidilla frenética de sonidos ininteligibles. Estos cojudos son especialmente peligrosos, porque acaban por contagiar su afición a toda la familia, que hasta llega a llevarlos con orgullo a la televisión, con la esperanza de que las imágenes de las coreografías que con tanto esfuerzo lograron copiar lleguen a Korea, lo cual es una reverenda cojudez habiendo hoy métodos más efectivos de demostrar que a ellos no les importa un carajo lo que ocurre en esta parte del mundo.
  4. Ser un experto en videojuegos.- Regresión mental por terremoto sensorio motriz infantil, que ha dejado fijado al individuo a la sobreexcitación de los sentidos en la realidad virtual a la que ahora es ferozmente adicto. Este tipo de cojudos son consumidores perfectos, pues compran siempre en original y suelen arrasar con lo nuevo que haya aunque no les guste, pues hay que tenerlo todo. Y lo tienen claro, porque en su mundo no existen las cosas realmente importantes, como las mujeres o el trabajo.
  5. Jugar Farmville.- Acojudamiento virtual económico por inmersión en la lógica interminable de acumulación feudal-gamonalesca con inversión repentina del sueño que termina en gran cantidad de casos postrando para siempre al cojudo de marras frente al computador durante la noche, en que se vuelve adicto a comprar cachivaches como chanchitos u ovejitas, cuando después de su despido por quedarse dormido en la oficina no tendrá ni para imprimir un nuevo currículo. Un claro caso de cojudez “de la noche a la mañana”.
  6. Creer que el mundo se va a acabar.- Quinta esencia de la cojudez elemental por traumatismo social-religioso con variaciones new age, que lleva al sujeto al dilema ontológico de prepararse espiritualmente para dicho suceso o dilapidar sus pocos ahorros viviendo como un rey. Cualquiera sea la respuesta está perdido, pues al llegar la fecha predicha y no pasar nada, o se verá rodeado de los hare krishnas que le lavaron el cerebro y desde luego propondrán nuevas fechas hasta el infinito, o si se dedicó al derroche, lo único que le espera es la más miserable de las bancarrotas.
  7. Buscar trabajo por Internet.- Una de las formas clásicas de la cojudez actual por degradación profesional y reducción volitiva, por no ser capaz de entregar personalmente un papelucho, que terminan en la convicción aplastante de que los 84 currículos que se han mandado la semana pasada, con carta de motivación y todo, no han servido para un carajo, y que el gran sueño de ser alguien en la vida sólo dura hasta que se termina la universidad.
  8. Trabajar bajo presión.- Devastación del orgullo por aplastamiento capitalista que desarrolla un acojudamiento cotidiano y estado de resignación cada vez más profundo, pues la personalidad termina anquilosada ante la inminencia del carajo vertical y fulminante, venido del jefe primordialmente aunque luego la costumbre se generalice alegremente en toda la oficina, donde el fatigado cojudo llegará automáticamente a responder ante los insultos, de manera que termina sirviéndole el café hasta al portero.
  9. Usar Twitter.- No hay instrumento de la modernidad que tenga tanta fama de fabricar cojudos como el Twitter, que es el simplemente sitio donde se reúnen quienes no saben diferenciar el tiempo libre del útil. Uno sabrá que se está hablando de un cojudo de siete suelas cuando se le sorprenda furtivamente reportando ante su legión de 4 o 5 seguidores cosas como la temperatura de la sopa del menú de la esquina de la oficina o el tráfico camino a casa, lo cual es una estupidez olímpica siendo que vivimos en Lima y siempre estamos en hora punta.
  10.  No tener correo electrónico.- Absurdo romanticismo pasotesco propio de cojudos altamente rankeados que suele acompañarse por un embrutecimiento informático, pues ya no es sólo no querer tener cómo mantenerse en contacto con los demás –por este delirio paranoide de querer estar siempre inubicable, como si eso le diera misterio al asunto-, sino que se desarrolla una ominosa incapacidad para hacerlo llegado el momento, que casi siempre es cuando tiene que hacer algo útil de su existencia y se da cuenta que ha sido un perfecto imbécil toda la vida.

Debo aceptar con hidalguía que soy partícipe de algunas de estas costumbres, lo cual no menoscaba la validez de esta lista, todo lo contrario, enaltece la dimensión de la cojudez con conocimiento de causa, que sin ser virtud, finalmente es atenuante.





Si de reivindicaciones se trata…

12 03 2010

frase_joanHace unos días tuve una pequeña querella facebookera con la amiga de un amigo –que seguramente jamás será amiga mía- por esto de la celebración internacional de la mujer, básicamente porque encuentro insoportable esta visión de la víctima del macho prehomínido que supuestamente la gobierna con puño de hierro.

Para empezar, dejemos de lado la pretensión de que eso es verdad o no, porque para hacer valer mi punto eso no importa; ahora hagamos un ejercicio mental y pensemos en la posibilidad de que estemos perpetuando la imagen doliente, el fantasma omnipresente de mujer degradada en el discurso de luchar por los derechos sólo de ellas,  pobres, que aún no han conseguido tener acceso a todo lo que le corresponde; primero como si no hubieran hombres que no pasaran por esas agonías y segundo, como si no los necesitaran para lograrlo.

Digo que se le da existencia a una mujer en menos, que necesita ser reconocida, una que lucha contra su borramiento, precisamente por que se siente así, borrada y furiosa. Hace unas semanas, en una lista de correos a la que pertenecí hubo una gran discusión acerca de la redacción de un comunicado a la opinión pública. El gran tema, traído a colación por alguna feminista afiebrada, era que si cada vez que el texto se refería a “los firmantes”, tendría que hacerse la salvedad, “los y las firmantes” o si hacíamos uso de modernísimos símbolos como la arroba, que repentinamente cobró un valor de ambigüedad en “l@s”, que tenía la ventaja por cierto de no establecer un orden (jerárquico), o peor aún, hubo quien no sólo propuso, sino que siempre escribía “lxs”, pues decía que el lenguaje ha borrado a la mujer, y que la lucha se debe llevar a ese nivel también, borrando el género de la lengua: ellas necesitan no sólo ser vistas, sino decidir sobre cómo el lenguaje las simboliza. Obvia y nuevamente quien comentaba algo discordante, era un “lamentable efecto de la sociedad machista”, o simplemente un obtuso intoxicado de testosterona que “no las respetaba”. El lenguaje las borra y ellas se reinscriben en primera fila, lugar privilegiado, ridículamente, y claro, causando que la discusión que nos unía se salga de cauce y que muchos deserten incrédulos del ese delirio, como yo. Y es que ya lo decía sabiamente Armando Robles Godoy: “Tiendo a pensar que quien escribe mal, piensa mal”; está demás preguntarse qué piensan de los hombres, en todo caso, o de AC/DC.

Lógicamente esta lucha responde a un ideal capitalista de éxito, poder de decisión y más que todo de castración. Hagamos a la mujer a imagen y semejanza del amo que las oprime, por decirlo de alguna forma. Recuerdo que cuando tenía 10 años, las chicas se quejaban de los chicos por lo mismo, sospecho que tal vez ya a esas alturas tuvieron una solución más inteligente y se dieron cuenta de que la salida no era ser hombre y reemplazarlo, sino todo lo contrario. Dulce y simplemente enloquecieron y se convirtieron en mujeres, que por cierto ahora dominan perfectamente a sus hombres. Algo habrán aprendido acerca del deseo de ellos.

Es que es muy simple, no creo que la lucha de un grupo cerrado pueda traer algo bueno a la comunidad en general, precisamente porque hacen uso de la misma lógica que los oprime, la de la imposición y la intolerancia: por ejemplo, si hay discriminación a las minorías sexuales, ¿por qué no luchar por el derecho del ser humano a no ser humillado o perseguido por sus preferencias o ser violentado en su privacía?, más bien, se cierra el colectivo en acciones sectarias, como enrostrarle a todos su diferencia con la cultura o la moral imperante, lo cual tiene efectos totalmente contrarios, como perennizar el imaginario del “gay escándalo”, que no es más que otra justificación para su segregación. Permanecer tercamente en la diferencia finalmente es abrir la brecha con la cultura, que es muy diferente que negociar o batallar por el respeto por la diferencia de cada uno y su inscripción particular en ella.

Por otro lado, no hace falta ser un genio para darse cuenta de dos cosas: que el enfrentamiento frontal entre dos intereses particulares que no quieren negociar ni encontrar puntos en común, lleva a la pelea interminable o a muerte, y que, en segundo lugar, eso mismo es el fatídico germen de que las cosas sigan en su sitio de siempre, o aún peor, retrocedan.

Me dirán, “ha habido grandes avances sociales en base a la lucha reivindicativa”, y claro, se puede nombrar sin pensar demasiado en la jornada de 8 horas, en el voto universal, el medio pasaje universitario que cumple 50 años o la educación para todos. Pues bien, como lo veo eso es más una reivindicación humana que la de algún grupo específico, pues en teoría (lo digo especialmente por el “medio pasaje” que desafía toda lógica matemática: en teoría) nos sirven a todos y en su desarrollo han contado con el apoyo masivo de la sociedad entera, cosa que no se logra cerrando el discurso.

risasEs como si yo fuera judío y pensara en que tengo derecho a la Tierra que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob le prometió a su pueblo y que por eso me arrogo la potestad de expulsar y torturar amargamente a los ocupantes propietarios legales de esos terrenos, como ya ha pasado, o como si a mí no me gustaran las corridas de toros y ande gritando que los taurinos son criminales y hay que matarlos a ellos, que también ocurre, además de cuestiones como el  aborto, el fundamentalismo religioso, los vegetarianos, los supuestos demócratas y tantos otros que cierran filas tras su propia verdad, que no es otra que la necesidad de ser ellos amos, condenando a todos los demás, que son la mayoría, en el camino.

Mientras tanto, yo soy menos pretensioso que todos ellos y me conformo con reivindicar mi derecho a comer carne (de animales, valga la aclaración) libremente y sin temor de que vengan a llenarme el correo los anarcopunks y su gluten como el año pasado, reivindico mi libre acceso al cigarrillo y a la muerte que yo elija, quizás también mi derecho a no ser aleccionado vía cadenas donde encuentro mensajes de “Papá Lindo” o pasar olímpicamente del día de la mujer, pese a amarlas tanto. Y es que en eso creo, en que el hombre como especie será mejor a partir de no imponer su moral a otros. Vive y deja vivir, que así le dicen. Convivencia y una política por el bien común, en resumen, que la injusticia y la segregación no tienen grupos favoritos.