Sobre la cultura electoral criolla

13 11 2011

Mostrar la imagen Real

Si hay algo de cierto en el movimiento posmoderno de la imagen, es que, desde lo artístico hasta lo cotidiano, hay una propensión por la captura de lo Real en términos absolutos: ya no es que se necesite representarlo, simbolizarlo, sino que hoy el placer se encuentra en la simple presentación de él; lo que antes se suponía detrás del velo hoy se puede encontrar fácilmente afuera, desnudo y a la vista pública.

Este uso de la imagen, este intento de presentar lo Real a todo costo, se condice con la menor necesidad de mediación por palabras. Esto es interesante en el plano político, pues la prensa se ve afectada por el imperativo comercial de vender noticias cada vez más escandalosas, para lo cual es necesario limitar el sentido, por así decirlo: el análisis o la opinión, para dejar incompleta la cadena de forma intencionada; lo que viene después es la angustia del ciudadano, que buscará completar un significado ante lo presentado en lo social. Desde ahí operan los medios en campaña, como un aparato propagandístico de guerra, con significaciones vacías a llenar emotivamente por los ciudadanos. Un estado de emergencia –o de excepción permanente- de la información.

Evidentemente, no estamos hablando de un movimiento político, sino de todo lo contrario, de la despolitización moderna, donde se encuentra el discurso social fragmentado, donde reduce lo político a lo meramente personal, a ese pequeño terror imaginario de cada uno. Vemos entonces que en la campaña electoral lo que se encuentra fundamentalmente es el miedo al otro, dependiendo de qué lado estemos, y no de una apuesta por algún proyecto político. Eso, más bien, es lo que menos hay.

El discurso sobre la cuestión política se restringe desde la oficialidad: sale Alan García periódicamente a hablar a los medios con ese fin desde el vacío absoluto de sus palabras. Dice, por ejemplo, que “lo sucedido en Puno tiene un tufillo electoral”, haciendo referencia evidentemente al candidato crítico del sistema económico, y no hay más, sólo la mención de lo Real de la ciudad, aquella alteridad de quienes no gozan de lo mismo que nosotros. Serían entonces, en este fantasma, los humalistas, esos que viven en las alturas y que no saben qué es el desarrollo, los causantes de los desmanes antidemocráticos acontecidos; congelando así cualquier significación y, de paso, previniendo la aparición de la pregunta sobre el tema. Es clásico, el maniqueísmo sirve de respuesta antes que aflore cualquier pregunta, pero acrecienta imaginariamente la diferencia entre las partes.

Hace unos meses se excarceló a Lori Berenson, una estadounidense condenada por terrorismo que había cumplido su pena; es decir, legalmente. Los medios presentaron nuevamente el peligro de que el Poder Judicial empiece a soltar a los subversivos y presentaron –lógicamente- el horror de los heridos y la destrucción del jirón Tarata, en el corazón de Miraflores, distrito en que casualmente había ido a residir Berenson y su familia. La reacción de uno de los distritos más mediatizados del Perú fue inmediata: se realizaron plantones y marchas por la paz, en las que se pedía que la estadounidense fuera o encarcelada nuevamente o expatriada para siempre. Hubo dos cosas interesantes aquí: por un lado el semblante político de una acción profundamente antipolítica, como aquellas manifestaciones, en las que había la lógica bastante clara de presentar la propia humanidad (familias enteras vestidas de blanco, fuera de la casa de los Berenson con niños pequeños sosteniendo las velas y declarando “contra el terrorismo”, por ejemplo), que se afirmaba a partir de la amenaza de aquellos otros que ya no solamente no eran sujetos de derecho –o de la legalidad-, sino que ya estaban despojados de la humanidad, pues evidentemente “no eran iguales”. La segunda cosa es la emergencia fabricada del miedo como la única forma “genuina” de acción cívica, la defensa ante lo extraño que ya ha sido congelado con el significante, en este caso lo indudable es que Berenson es “terrorista” y no hay vuelta qué darle. En este sentido es muy gráfica la siguiente frase de un manifestante en televisión nacional:

“¿Qué los del MRTA no eran comunistas?, ¿Por qué vienen entonces a vivir a Miraflores?, ¡que se vayan a Comas o por ahí!”

He allí que el argumento democrático se degrada y se reemplaza por el más limitado de los localismos, el del fantasma, el de la amenaza imaginaria producida desde el discurso vacío, que digamos es otra forma de jugarle a lo Real.

Igualmente hay que advertir que no es sin intención ni dirección que hay aquella demarcación. Y pues, el criterio no es la virtud moral precisamente.

Si existe algo cierto que ha dejado esta campaña es la evidencia de la determinación económica de lo condenable o de, más simplemente de los obsceno –pues resulta que ahora hay obscenos aceptables-, y es indudable que en la asimetría mediática está la pista sobre aquella alteridad amenazante, que no pasa por los actos finalmente. Eso explica nuestra primera vuelta, donde el electorado limeño se ha revelado como una isla frente a la grieta profunda que lo separa del interior del país, menos mediatizado y por ello, significado como menos capaz de tomar decisiones. Esto es interesante si pensamos en que la capital se había volcado a apoyar a la candidatura perversa del fujimorismo.

El poder de tomar decisiones

La capital se siente de alguna forma superior frente a la supuesta visceralidad provinciana, que mientras está más lejos del ideal civil limeño es vista con mayor distancia hasta finalmente ser negada por completo. Claro, hasta que explotan las protestas.

Es común encontrar dos argumentos que justifican esta distancia: en primer lugar la diferencia educativa, profesional o técnica y en segundo término, las credenciales democráticas.

Se piensa, en la ciudad, que lo que principalmente ofrece la posibilidad de decisión responsable es la competencia técnica, profesional. Como si el paso por la universidad de alguna mágica forma concientizara políticamente a los individuos, quienes no han tenido posibilidad de integrarse al sistema educativo superior quedarían rezagados cívicamente frente a los sectores más privilegiados, que tampoco pretenden reducir esa distancia.

Hace algunas semanas un familiar me hizo una pregunta muy interesante para dar cuenta de esta posición burguesa:

“¿Tú acaso crees que mi voto, el de un profesional educado y competente, debería valer igual que el voto de un analfabeto o de alguien que sólo se dedica al campo?”

La lógica de la exclusión toma aquí un sentido concreto. Por un lado el ideal burgués se identifica plenamente con el ideal nacional, de modo que el interés particular de una clase social toma legitimidad absoluta frente a la supuesta precariedad de los otros, que no están preparados; y por otro, está el racismo como forma de terror ante lo éx-timo, es decir lo que se denuncia afuera pero que es profundamente propio, lo cual da cuenta de una posición de fortaleza aparente, basada en el aprovechamiento de una posición social y de la diferencia de los objetos de goce, que revela una pobreza subjetiva que no permite significar un ápice de lo ajeno: “no puedo reconocer a quien no goza de lo mío”.

El segundo argumento va más o menos por ahí y es que a más distancia con la forma de vida civilizada de la capital, hay menor respeto por el estado de derecho, por las instituciones o aún hasta por las libertades personales. Ligando con el primer argumento, podríamos concluir que se dice que a menor educación hay mayor propensión al autoritarismo. Esta creencia se basa en la concepción de un poblador andino premoderno, estancado anacrónicamente en la colonia, si no es que antes, por no tener acceso a la tecnología; razón por la cual mantendría una relación vertical con la autoridad, una relación hasta feudal, en la que el criollo es visto como el enemigo. No hay pues, posibilidad de decisión responsable si existen perennes tanto un revanchismo histórico-étnico de parte del poblador andino, como su inalterable atraso tecnológico y social.

Por el contrario, el criollo se percibe como mucho más independiente, precisamente porque, según su decir, cuenta con muchísimos más canales de información. Sin embargo el planteamiento del autoritarismo es una contradicción, puesto que, si bien es cierto que el limeño está más habituado al escándalo mediático, también es verdad que lo ha normalizado y lo tolera como una cuestión natural; lo intolerable es que aquellos incivilizados no acepten que eso es parte de la vida, lo intolerable, en resumen, es la politización.

También he podido recoger un ejemplo bastante claro acerca del tema. Un grupo de amigos que trabajan en una cadena internacional de hoteles me habla acerca del miedo que le tienen a Ollanta Humala, a lo que contesto preguntando de dónde viene ese miedo. Luego de algunos momentos de duda una de las chicas me da una contestación brillante:

“Es que nosotros asumimos que hay quienes están más informados que nosotros, por ello, cuando los gerentes nos reúnen para decirnos que votemos por Keiko, les creemos. Ellos dicen que si gana Humala, todos nos quedaremos sin trabajo”.

El argumento de la independencia capitalina se derrumba, pues el amo autoritario toma corporeidad en precisamente el espacio de libertad criolla: el mercado y el régimen liberal. Aquí es brutalmente directo: la dirección de la empresa toma a su cargo la decisión responsable de los empleados, que asumen que se están cuidado sus intereses, siendo que están conculcando sus derechos.

En la primera vuelta, Ollanta Humala, con un discurso contra el sistema económico gana en el Cusco con una aplastante cifra de casi 60% de los votos. ¿Cómo se explica esto, siendo aquella ciudad la bandera del desarrollo descentralizado del modelo peruano?, ¿cómo la provincia de hecho más capitalizada del país tiene una amplia mayoría de descontentos?. La respuesta capitalina fue simple: son una manga de golpistas y amantes de los discursos radicales, a los que les falta educación; pero sabemos que las cosas no son tan fáciles.

Lo que sí sabemos es que lamentablemente para el argumento criollo, los que votan en Cusco son los cusqueños y no los inversionistas o usuarios de las cadenas de hoteles, trenes, restaurantes y comercios que han florecido en los últimos años; son los cusqueños quienes no sienten que el progreso les toca, sino que por el contrario, que en su ciudad se ha establecido una suerte de ghetto donde ellos son los aislados. No se contempla en ningún momento que el modelo neo-liberal no sea suficiente para mejorar la vida de quienes se supone que lo disfrutan o siquiera que no sea útil para interpretarse en otros contextos sociales, es más, la creencia religiosa en el modelo convierte en condenables a todos quienes se opongan a él. El voto anti-modelo es despreciado pese a que el voto pro-modelo ha demostrado ser más radical, más exclusivo y más autoritario.

También fue muy evidente la destitución de Vargas Llosa como abanderado de la libertad y la democracia, pues al apoyar públicamente la candidatura de Humala, al parecer habría dado la espalda a todo fundamento liberal, en especial a lo que sostuvo a la candidatura fujimorista: la continuidad del modelo.

Y es que Vargas Llosa es un liberal ante todo, o al menos para los liberales debió seguir siéndolo y no traicionarlos con argumentos morales que al final los desenmascaran. En todo caso queda evidenciado que el acto moral lo ha separado de sus antiguos aliados. De ahí que mediáticamente el perverso es él, finalmente, pues nos quiere arrastrar a su vórtice de odios personales, lógicamente sin tomar en cuenta ni una sola de sus razones, otrora respetables.

En conclusión

Podríamos caracterizar con el caso Vargas Llosa que el principal lugar de separación social es el mismo lugar que Jorge Alemán caracteriza como el lugar del malestar en la cultura: el discurso capitalista, o aquel discurso que pretende eliminar la castración a todo costo.

Por otro lado, ese uso mediático-perverso de lo Real termina por instaurar la normalización del horror, la regulación del espacio cívico por la especulación capitalista, que borra del camino cualquier atisbo de noción moral o ética, las que son representadas por significantes vacíos, como por ejemplo “caviar” , “rojo”, “antidemocrático” y otros.

Hay una creencia religiosa en el modelo económico, creencia que no permite cuestionamientos, y también la Iglesia ha respondido ante esa creencia, tiñendo de virtud un movimiento profundamente amoral como el fujimorista, saliendo en defensa del conservadurismo de derecha.

Hay un proceso de despolitización que también responde a que cada vez es menos necesaria la palabra para dar algún sentido a la irrupción o a la presentación de lo Real. El miedo en la ciudad es organizador, creando espacios de fundamentalismo social donde el discurso capitalista es la única respuesta.

La prensa, al tratar de aprehender lo Real, se está enfrentando a su propia aniquilación, pues el único modo de diferenciar la ilusión de la realidad del horror de lo Real, que es el objetivo, es ponerlo en acto. Ser, ellos mismos, quienes escenifiquen el horror que pretenden mostrar.

El psicoanálisis se opone a la visión reducida del sujeto desenganchado del Otro, lo psicotizante del discurso capitalista debe ser señalado e interpretado en las instancias en las que los analistas trabajan. El trabajo del psicoanalista en la ciudad pasa, entonces, por politizar el lazo social, hacerlo una práctica y evitar que se diluya en la espiral de consumo del mercado.





No hemos aprendido demasiado…

1 06 2010

Foto El caso de la excarcelación de Lori Berenson debe ser único en su género. Contrariamente al sentido común, las autoridades pasan olímpicamente de las mínimas medidas de discreción y despiertan una desproporcionada cobertura mediática que desemboca en más odio que su propia captura.

Por supuesto que lo que recibimos del periodismo “grande” del Perú no responde a la firma de algún iluminado sino que se interpreta como lo irracional subyacente a la angustia de nuestra sociedad. La Berenson, habiendo cumplido gran parte pena a decir de la ley, se ha hecho no sólo de un beneficio penitenciario si no también ella misma la bandera de la fragmentación social que dio lugar a la guerra política, pues termina reducida por el significante “terrorista” a ser un sujeto sin derechos, un objeto peligroso que debe ser erradicado a perpetuidad.

Y es que es sólo eso, simple y llano terror inyectado desde el televisor. Que se recuerde, Lori Berenson es sentenciada por conspirar y planificar un atentado contra el congreso, plan que fue descubierto y nunca se completó. Legalmente la sentencia se ha llevado a cabo, pero socialmente la “terrorista” no sólo deja de ser un sujeto de derecho, sino también deja de ser un sujeto de la sociedad y de la humanidad, haciendo patente la diferencia entre la hostil ciudadanía que enarbola el derecho a que las manzanas podridas de la sociedad no se mezclen con las buenas. Primera causa del miedo: la diferencia imaginaria entre el hombre de bien y el “terruco”, que nunca será igual a uno, pase lo que pase.

El miedo termina siendo el símbolo de lo amenazante que es la diferencia en una ciudad organizada por ciertos códigos de exclusión, de allí que el argumento más oído en las vigilias y de los espontáneos que lanzan su condena desde la vereda sea, que Miraflores no es el lugar para alguien como ella. El jirón Tarata finalmente está funcionando como un espacio monumental en lo simbólico, no de la diferencia social que desencadena la violencia, sino de todo lo contrario: la justificación de la exclusión de aquellos que vienen a alterar el bello orden. Por ejemplo, esta es una frase recogida de una de las manifestaciones.

“¿Qué los del MRTA no eran comunistas?, ¿Por qué vienen entonces a vivir a Miraflores?, ¡que se vayan a Comas o por ahí!”

Se revela que el temor y la indignación desproporcionados se basan en dos cosas, a saber, el desinterés de saber del otro de parte de la sociedad civil, quitándole aún hasta la condición humana y sus derechos fundamentales, cayendo en el hostigamiento violento del que ha sido presa no sólo Lori Berenson, sino su familia; y en segundo lugar el carácter vengativo que tiene la justicia en nuestra cultura, donde la legalidad separa a los seres humanos de los criminales que finalmente no son humanos, y por supuesto por asumirse perdidos para siempre, tampoco deben gozar de posibilidad de probarse en sociedad de nuevo. Eso que no hemos mencionado a quienes se atreven a reconocer este mecanismo, ellos también serán parte del monstruo oprobioso del terror.

Regresar al régimen bárbaro de una ley que sólo está ahí para exigírsele que se endurezca remite directamente al fujimorato, a la cacería de brujas, pues si el ideal exige ser un verdadero buen ciudadano, la única forma de conseguirlo es perseguir sin piedad a los sospechosos, osea a todos. Parece que no recordamos cómo nos fue en esos años y reclamamos el mismo azote del que nos quejábamos algunos amargamente.

Es increíble que aún en esta época las reacciones de masa sean así de medievales. No somos conscientes que la segregación es el combustible de los movimientos violentos y sectarios de reivindicación social, tanto como el opresor.

También palo para el gran periodismo nacional, brazo de los ideales capitalinos.





Una variante del síndrome de Estocolmo o el sistema preventivo salesiano.

27 04 2010

Estudié en el colegio Salesiano 10 años: desde primero de primaria hasta el final de 4to de secundaria, cuando no me permitieron matricularme para terminar el último año con mi promoción. El director de estudios amablemente me recitó una lista de 7 causales que justificaban aquello. Me fui entonces sin chistar a un colegio mixto, donde pasé un buen año, tal vez sin extrañar demasiado lo que dejaba atrás. Y es que parece ser que a veces el cambio de aires a uno le hace comparar y, en fin, se deja disfrutar.

Nací en medio de una familia católica acorde con el colegio, constituida profundamente en la disciplina de un cristianismo ciego y fariseo, que fatídicamente parece ser el único que existe, que está basado en una disciplina medieval de borramiento de la opinión y la palabra propia lo más profundamente posible, para beneficio de la fe, de la institución. Fui, entonces entrenado en los valores ideales del acercamiento a la perfección arbitraria de un sólo Dios, a la imposibilidad de falla de la Iglesia, a la insignificancia de mi entendimiento, el poner la otra mejilla y el amar a tus enemigos.

Leí la Biblia, quizás más que un católico practicante, con avidez infantil, mientras que con la otra mano abría las biografías de Don Bosco, que tanta preferencia tuvo por los niños hombres. Recuerdo aún con claridad todas aquellas aventuras mitológicas, que sin embargo tienen poco correlato con su puesta en práctica.

Me autorizo, por tanto, a hablar acerca de lo que sé de la vida, la muerte y de Dios, pese a que es un tema proclive a dejar entrar a cualquier bravucón envalentonado y desentendido. Me autorizo en este post –además de tener pleno derecho, por ser este mi blog- a decir algunas cosas acerca de mi relación con las personas.

Desde hace algún tiempo he aprendido a ligarme con las personas por ellas mismas, sin necesariamente hacer causa común con sus identificaciones o creencias. Esta me parece la mejor forma de hacer conmigo mismo, un escéptico posiblemente sin remedio, frente a los otros: quizás sí es verdad que de cada quien se saca algo diferente, por ello hasta ahora he respetado al sujeto, como tal.

Diferente pasa con la institución de discursos generalizados, con formas de dominación de la conciencia, contra las que no hay que retroceder, a las que hay que faltar el respeto abiertamente, pues ellas convierten a los sujetos en simple masa furiosa, en pura indignación que desata la guerra a muerte con los diferentes, los convierten en el fin de la civilización. Entre otras cosas, pongo allí, en el lugar perverso, a la religión; no a su práctica personal, sino a la oscura pretensión de verdad universal que impulsa a la masa a evangelizar al pagano. Con eso no negocio.

Es fácil saber el por qué. Tal como diría Saulo, yo también he sido testigo.

Durante mi vida he visto bastantes cosas, pero sería mezquino restarle importancia a la influencia que tuvo el sistema preventivo salesiano en mí. Pues sí que tuvo un gran impacto: tuve la suerte de aprender a detectar el embuste y la salamería hipócrita de quien sólo está gozando de ti, como un objeto a moldear mediante el castigo. Y es que, definamos el significante: prevenir significa tomar acción antes que suceda algún hecho, para evitarlo a él o a sus consecuencias. Lo único que previno tal sistema, al parecer exitosísimo, fue la queja de los agraviados.

Recuerdo cosas puntuales, como la institución del castigo físico, y lo que es peor, la humillación como forma de disciplina conductual: las imágenes de compañeros echados a patadas del salón o golpeados hasta el llanto retornan hoy como absurdas e innecesarias, pero las recuerdo como la normalidad de esos tiempos; la prohibición de algún maestro de que compremos cuadernos que él no pueda romper, también o tal vez las filas patibularias que antecedían al golpe con reglas en las manos o quizás el terror ante los fracasos deportivos o académicos.

Se previno muy bien este sistema de la voz de los pequeños estudiantes estableciendo una cultura del silencio y de la condena cristiana a renegar del justo castigo, en una torsión gangsteril de la resignación y la impunidad.

Es famoso el caso del padrecito joven y de barba rala, con cara de Jesús, que delante de la formación del colegio entero elegía a algún desafortunado al azar y le hacía alguna pregunta del catecismo que generalmente no era contestada a cabalidad. Se procedía entonces a tirar de los pelos graciosamente al chico y arrojarlo de vuelta a su lugar ante las risas generalizadas. Uno pensaría que como encargado de las cuestiones pastorales y defensor del código de fe que nos atormentaba, era el tipo más recto y celoso que habitaba el colegio. Resultó ser más amoroso con algunos alumnos de lo aceptable y al ser sorprendido en esos menesteres, la congregación lo encubrió, mandándolo a algún punto recóndito de la sierra, a esconderse como un cobarde, pero evangelizando como un héroe que coloniza zonas vírgenes. Imagino que ya tenía suficiente experiencia en virginidades, el tal Peralta.

Conozco de al menos 3 casos de traslado abrupto, por causas morales, pero basta lo dicho para darse cuenta de la lógica carcelaria imperante: gozar del alumno previniendo su queja, con valores cristiano-hampones de silencio que perpetuaban una cultura del abuso en sus 3 esferas (física, psicológica y sexual).

Lamentablemente ser formado en un ambiente tan agresivo no es fácil para muchos, y hay quienes no sobreviven, o terminan muy afectados.

Hace algunos años encontré en la calle a un compañero que murió algún tiempo después. Lo vi y me acerqué: vestía un terno negro con corbata rosa; se le veía perdido y miraba a ambos lados de la calle con cierto frenesí, casi de escape. Cuando le di la mano sudaba y huyó tras excusarse nerviosamente. ¡Tanto era el temor que le infundía aquel encuentro!. El hecho de su temor, me hizo pensar en las cosas que uno hace por sobrevivir, uno lucha para destruir al otro en una guerra imaginaria de supremacía: la vieja separación radical entre “lorna” y “pendejo”, que es lo misma que diferenciar el abusado del abusador. 

Cuando me enteré que murió por que se le perforó la pared del estómago y que tomaba ansiolíticos hacía años, supe realmente hasta donde llegan este tipo de cosas. Me dio lástima saber de su muerte y de la implicación directa de un sistema que ha destruido a mucha gente.

Lo que me sorprende es que a un año de su muerte, aún no se quiera hablar de las causas, que la sola propuesta de que como exalumnos comprometidos, que algunos de ellos son, puedan averiguar si el abuso ha menguado al menos, desate tal cantidad de bravuconadas y sinsentidos. Digamos que se comprueba que es cristianamente hipócrita no preguntarse por algunas cosas cuando uno tiene pensado ir a honrar una memoria: el gesto corre el riesgo de ser superficial y estéril.

Finalmente parece ser que la víctima hace lazo con su secuestrador, que le ha robado todo, y se ha vuelto su todo, ella defiende al amo a muerte. Tan empobrecido termina el ser humano cuando es alienado por el discurso de la infinitud, su garantía de supervivencia a la muerte si resigna su libertad.

Yo no puedo respetar eso. Cuando un grupo de personas se transforma en no más que una masa palurda y cobarde, hay que dejarla cacarear y separarse, que así funcionan cuando no quieren saber más de algo que los compromete. Será que cada quién elige su militancia, que cuando no es más que un puñado de certezas vacías, es triste comprobar que en eso se convierten esas personas que algún día respetaste y quisiste. Un grupo degradado por el fundamentalismo y el imaginario.

Alguno me condenó al ostracismo, al destierro de los exalumnos, siendo este el caso, acepto gustoso.





La venganza de Gastón

8 04 2010

No soy de los que se enorgullecen de la comida peruana, de los que se molestan y pontifican si algún extranjero se queja del ají o de los que piensa que el king kong chiclayano pertenece al “exquisito bagage gastronómico que nos hermana y funda nuestra identidad como nación”. Nada de esas cursilerías. Más bien me arriesgo a que me tachen de antipatriota (porque gracias a Gastón ahora uno ya no confiesa algunas cosas) cuando digo que el pisco me parece una bebida subalterna y destructiva, que no hay nada de mágico en la pachamanca artesanal, que puedo vivir tranquilamente y sin extrañar en lo más mínimo al cuy chactado y sus garritas o que el tacu tacu con huevos fritos está francamente sobrevaluado.

Claro que a pesar de estos detalles sí me parece una suerte vivir donde hay buena comida, pero como repito, no me mueve el más mínimo orgullo por ello, primero porque yo no inventé ninguna receta aún y en segundo lugar porque me parece una ridiculez eso de irte una semana de viaje y ya decirle al mundo que no puedes esperar a regresar al Perú para ir de nuevo al chifa.

A propósito, es un caso curioso el del chifa, que siendo chino despierta una fascinación singular entre los peruanos, tanto que se han tejido leyendas, escrito libros, lanzado documentales acerca de ellos, informes acerca de sus baños, cocinas y en fin, cualquier cosa que uno pueda imaginar. Todos terminamos creyendo entonces que los chifas son más peruanos que uno, que su encanto es inseparable de nuestra identidad cachinera.

De esas cosas hablaba cuando Mumi me interrumpe, violenta:

– ¿De qué hablás, bolúh?, si en la Argentina hay shifas lo mismo, ché.

– No puede ser… Gastón dice… y Mariela Balbi…

– Esas son pavadas, lo único que falta es la Inca Kola. –continuó blasfemando la impía.

Recordé de inmediato dos cosas, como siempre. La primera fue hace unos 6 años en Ecuador, donde fuimos a comer “al chino”. Logré sacar de lo reprimido que allí me empujé un arroz “chaulapán”, que es como llaman al chaufa allá, con pollo Tipakay. Efectivamente todo era igualito que en el centro de Lima. Aún lo pude combinar con una Inca Kola para envidia de Mumi.

Lo segundo es el patrioterismo legendario de América Latina, la pretensión de que lo de los otros no existe. Está la leyenda (que me enseñaron en clase de Educación Cívica del colegio, increíblemente) en la que en una suerte de Campeonato Mundial de himnos nacionales, como si eso existiera, el himno peruano quedó en segundo puesto, sólo superado por la Marsellesa. Y lo creí, hecho el pelotas, toda mi niñez hasta que me contaron lo mismo en México, y en Colombia, y en Ecuador.

Gracias a esa conversación decidimos no ir al chifa, sino al T´anta del centro de Lima. Estábamos Renzo, Kristin, Estefi, Mumi y yo; 5 personas hambrientas y acaloradas que se apresuran a sonreír entre amables y prepotentes para obtener sus bebidas sin demora. Sin embargo nuestro mozo, Doifer, tenía otros planes, así que hizo su trabajo y nos recitó de memoria un montón de cosas que no nos interesaban un carajo. Luego de eso recién apuntó los pedidos con cierta molicie.

La alegría se iba diluyendo con cada minuto que pasaba, y casi se nos terminó cuando llegaron las limonadas 18 minutos después. Se nos ocurrió preguntar si por casualidad la comida se iba a demorar igual o más porque que sepamos no hay gran dificuldad en hacer limonadas. La respuesta fue criolla como el ají de gallina: “ya sale, ya”.

Por supuesto que el tal Doifer estaba escondido tras las columnas del restaurante cuando Renzo se paró frotándose los nudillos 20 minutos después, y permaneció así, presa del terror los otros 25 restantes, hasta que finalmente trajo lo que pedimos, que estuvo bueno, pero 45 minutos luego, no es lo mismo. Cuando terminamos, me paré tranquilamente y le pedí a otro mozo un par de formatos de sugerencias. Doifer apareció de repente como un ninja, quizás menos atemorizado de mí que de los músculos hinchados de Renzo, murmurando lastimeras excusas tras mi hombro que no quise responder ni con la mirada. Creo que la última cosa que me dijo fue:

“No fue mi culpa señor, la culpa es de cocina, ponga eso pues…”

Yo creo que eso de blasfemar contra la comida del Perú y el chifa tiene sus efectos kármicos, hay algo que se huele en la incredulidad del comensal. Doifer tenía un olfato agudísimo y creo que por eso nos maltrató. Fatídicamente eso no fue todo, Estefi no pudo ir al karaoke esa noche, castigada por la venganza de Gastón, que se equivocó de argentina.

Igual no todo es malo, prefiero indigestarme en el Perú con una causita de atún como Estefi, que con las horrendas y resecas arepas colombianas por ejemplo o con esa oda a las habichuelas que es la comida en todo centroamérica; tenemos mucha suerte sin duda, pero dejemos ya esa huachafada del orgullito del almuerzo sólo por peruano, total, así como no hay resentimiento, no hay orgullo en el puro azar.





Acerca de los daños a las ruinas y la moral criolla

12 01 2010

solitario de sayan, delincuancia juvenil , ladron , carcel (1) Ya es por todos sabido el daño que se ha ocasionado a las ruinas de Trujillo. No es mi intención condenar a los responsables, pues los medios ya los han vapuleado bastante.

Pese a ello, es interesante analizar los sucesos más detenidamente, tal vez mirando las cosas con otra profundidad. Y es que nos hemos acostumbrado a una prensa mezquina y maniquea, que no construye más allá de la necesidad de venganza. Ojo, no es mi interés desresponsabilizar a quienes cometieron el delito, estoy convencido que la ley debe ocuparse de ellos como corresponda.

Para empezar me parece que este asunto tiene que ver primordialmente con eso que llamamos “peruanidad” y su carácter básicamente transgresivo. Antes eso que el facilismo mediático de pensar en que hay buenos y malos peruanos, justificando de paso la segregación de ciertos grupos y actores sociales poco adaptados, digamos.

Hablar de transgresión y peruanidad es sencillo, basta con pensar en cosas tan simples y cotidianas como el tráfico: uno se queja del tránsito caótico de Lima, de sus combis y del mal servicio de los transportistas, además de los accidentes y la imprudencia de los conductores, sin embargo, uno está acostumbrado a usar paraderos prohibidos, se baja y sube de los buses en media cuadra, ignora las señales de tránsito, los cruceros peatonales y tiene esa alegre sensación de que tiene la preferencia de paso siempre.

Entonces hablamos de una ética transgresiva, pues usted peruanísimamente ha evadido la culpa de haber quebrantado la ley (así sea muy levemente) acusando al semejante, que termina pagando por usted, pues uno en el anonimato hace lo que en público condena con nombre y apellido, dejando a la queja la función encubierta de sostener las cosas como están, pues yo, tan pecador como el acusado, acabo siendo un justo. Ni más ni menos que eso, la queja aquí es todo menos revolucionaria, por lo que ésta podría ser leída como una compensación imaginaria.

Es totalmente válido por consiguiente hablar de una neurosis nacional, que deja un rastro lógico de pataleos y acusaciones que finalmente, por el bien del sistema actual, no tienen real repercusión. Una convivencia del bien y el mal en una baldosa, juntos y revueltos, donde lo que se espera es el escándalo y lo que se busca es algo de sangre.

En este caso sucede claramente: el clamor popular no solo pide justicia, sino una “sanción ejemplar”, aún por encima del rigor de la ley, un castigo suficientemente potente para hacer callar a un fantasma colectivo inquietante y poderoso en el acusador. Aquí quiero ser claro: lo de la sangre no es metáfora. De ahí los pedidos de destierro, excomunión del sistema educativo y hasta pena de muerte.

Muy bien, tenemos a nuestros Cristos, nuestros fariseos y sus vestiduras rasgadas hasta los talones. La tragedia está completa y se venderán periódicos y se harán reportajes lastimeros y mediocres para estirar lo más que se pueda el circo y mientras tanto nadie hablará de esa frase clave en el video: “¿verdad que odias a tu Perú?”.

Tal vez sea más útil preguntarnos qué piensan los jóvenes del Perú, fuera de clichés patrioteros y vacíos, para trabajar su salida al mundo real y que esta no sea un acto de suicidio o sufrimiento insoportable, mínimamente. Porque podemos pensar en que las pocas oportunidades y la sensación de tener que salir a luchar contra el Perú para lograr un futuro para uno mismo, son factores que influyen en la hostilidad de estos y otros muchachos involucrados en delitos.

Por más propiedad nacional que sea la huaca es claro que no se trata de haber tocado propiedades, sino estaríamos hablando también de la deforestación de la Amazonía, de la contaminación de las mineras o del deshielo de los glaciares. No, se trata de lo criollo como institución que se sostiene condenando una criollada (o palomillada, que es lo mismo) para así tener la tranquilidad de permanecer inalterable, tras derramar la sangre del acusado. Como un tatuaje de Sarita Colonia en un reo, la acusación como modo de vida es un contacto con el ideal de lo supuestamente bueno, pero que sirve para preservar el mismo estatus anterior, en este caso, la patrona de los ladrones tatuada perenniza la condición de ladrón de por vida.

Miremos el video nuevamente, a ver qué vemos.

 

sarita





Para la galería de imágenes

10 01 2010

Porque un álbum de frases no es suficiente…

Policia sin rueda  

El crimen va sobre ruedas.

 

zeta bookstore abierto cerrado

Hoy el saber también está abierto-cerrado.

 

Hepatitis

Para curar tu hepatitis tuya.

 

gianfranco cafe mas mejor

Además en el Gianfranco hay helados bien excelentes.

 

asfalto peruano

Highway to hell.





Ateo, pero religioso…

16 12 2009

Hace poco Anna me salió con eso y no tuve más que aceptarlo. Soy bastante religiosillo, pero no me malentiendan, a lo que ella se refiere es que tengo bastante fe en ciertas cosas y eso ha hecho de mí un ser humano lleno de costumbres y ritos que rayan con la obsesión.

Y sí, hay que aceptarlo, el no creer en dios no te hace un descreído total, como quizás piensan algunos, sino que más bien, te ofrece la nada despreciable libertad de creer en lo que se te venga en gana, con la ventaja evolutiva de saber fehacientemente que esa pequeña licencia de fe que tienes, es totalmente falsa, y que no funciona en nadie más que en ti, de esa única forma en que llega a funcionar. Digamos que es un plano particularísimo de la neurosis de cada uno. Así puedo tener la libertad de sentirme cómodamente instalado en el Valhalla cuando escucho a Wagner o creer inocentemente en los policías de tránsito cuando me atacan estas fiebres.

Lo peligroso es cuando uno piensa que eso en lo que cree es lo verdadero y se encomienda la fútil tarea de evangelizar, claro, condenando de paso a quienes cometemos la torpeza de no coincidir. Allí puede pasar cualquier cosa, como ayer, que mi correo fue atacado por militantes fundamentalistas anarco-punks que querían venderme una cena navideña según ellos deliciosa, preparada a base de gluten. Me reí un poco porque no creí que los anarco-punks celebraran navidad y además les hice notar que la mejor forma de vender cenas navideñas (ya que estimo que ellos también tienen derecho de tener su porción de mercado) no es precisamente el horror. Es decir, poner fotos de un camal o del proceso artesanal de desplume de pollos decapitados, no despierta para nada el apetito, y menos aún cuando asocias eso con la palabra gluten. Allí fue que empezaron a lloverme adjetivos, tales como “asesino”, “insensible”, “tarado” y otros más. Santo y bueno, cada vez me acostumbro más a no ser popular, pero me interesaba saber más acerca del por qué tanto odio y llegaron algunas razones.

Básicamente, ellos diferenciaban la vida en dos: las plantas, que, a menos que las adornemos, no tienen cara y los animales, donde se incluye al hombre, que sí. Entonces no es razón de sorpresa que me dijeran “comecaras”, lo cual es gracioso, por el grado de identificación que eso implica como argumento. Furiosamente me reclamaron “respeto por los animales”, trataron de menoscabar mi moral con algunas rudimentarias frasecillas y, más que nada, me insultaron, lo cual es más contradictorio, viniendo de gente que tiene ese tipo de exigencias.

Se demuestra entonces que la certeza de verdad absoluta de la creencia instala la diferencia, lo cual lleva al odio. El “para todos” de una creencia, quizás se pueda plantear como hacer de lo falso una mentira, donde lo falso es la ficción que cada uno elige.

En cuanto a mí, como ya dije, elijo los banquetes del Valhalla, así que allí haré mi navidad, con mis amigos. Vale decir que es falso que yo coma caras, prefiero las piernas, especialmente de lechón, así que Janni, no te preocupes, que no es necesario un pavo.