Para el álbum de frases…

11 03 2010

“Para las mujeres, el pisco sour es como la kriptonita…”

Renzo Novoa, demostrando que lo descortés no quita lo valiente.

“Darle un día a la mujer es como calmarla con un día de libertad y luego… A LA COCINA!…”

Rubén Robles, metalero escéptico.





Para el álbum de frases, de nuevo…

18 12 2009

“Toda mi vida has sido un riesgo para mi salud, ¿y a estas alturas cometes la mariconada de pasarte al otro lado?”

Eduardo Álvarez, increpándole a Luis Miguel Aguinaga la disparatada idea de venderle un seguro.

“… esperemos almorzar bien y que los lobos de mar no se almuercen al flaco. ¡Aprende a nadar!…”

Verónica Valcárcel, burlándose de mis limitaciones acuáticas.

“…Oye no me lo estés batiendo a mi flaco chapotero, ah.  Menos delante de desoconocidos para él, sino te ahogo ya sabes…”

Anna Lía Barandiarán, defendiendo mi honor sin metáforas de por medio.

“… Eduardo, ya no vengas a nuestra cena en short pelotero como la vez pasada…”

Jannise Gallo, grinch navideño al que no le gusta la ropa de verano.





Para el álbum de frases…

16 12 2009

“Esa gente me da diarrea…”

Rodrigo Sarmiento, cagándose en todos, como siempre…

“Cada vez que entro a revisar “El Comercio”, me entero de huevadas…”

Ricardo Álvarez, risueño, explicando cómo es que se enteró de que Angobaldo se había peleado con Zopilote, campeón de “Vale Todo”.





Una vida cualquiera

22 05 2009

Digamos que usted ha tenido la fortuna de nacer en nuestro territorio. Digamos mejor que habiendo podido elegir cualquier otro destino, en su momento su alma inocente se decantó por esta tierra prometida, próspera y amable que es el Perú, y así, suspirando esperanza, usted nació.

Usted nace en el seno de una familia promedio, pero llena de un orgullo peruanísimo y con sus respectivas “ansias de superación”, que contrastaban con la pálida economía que las sostenía. Sí pues, eran tiempos de Alan García, del Alan primerizo y enloquecido, del que le dió a la palabra “crisis” su real envergadura por estos arenales. Aún así, resistían, unidos valientemente en el luminoso fortín del hogar, que le ofrecía la segura calidez del orden paterno donde afuera todo lo que se cocinaba era caos, la violencia y la miseria.

Recuerda con una tristeza fundamental el sabor rancio de la leche ENCI, que es el de la carestía; recuerda con nostalgia las ropas desteñidas, generalmente de color pastel, heredadas de los hermanos mayores que serán usadas por usted hasta el cansancio de la tela y los juguetes poco elaborados que desarrollaron su imaginación durante tantos años. Fue usted un niño feliz, aunque su padre perdiera la paciencia con facilidad, aunque su madre llorara mientras lavaba los trastos, tarde, mientras creía que dormía.

Por más peligroso que esto pareciera a simple vista, usted decide crecer y ser bueno, pues su familia lo dotó de valores sólidos, cristianos como es la costumbre, por lo cual usted iba creciendo en tamaño y en gracia a ojos de los hombres y de dios, haciéndose por consiguiente un chico responsable en el colegio, generoso compañero, respetuoso de la autoridad y temeroso de la divinidad, un ejemplo de joven, futuro del país.

Contraviniendo todas las estadísticas y las expectativas nutricionales, a medida que los años avanzaban usted demostraba su inteligencia en las materias escolares; pero también era usted un muchacho inquieto, que buscaba más de lo que le daban buenamente sus maestros poco sabios como una dádiva del sistema de instrucción estatal fujimorista. No, usted era obstinado y no se conformaba, obtuvo una beca recurriendo a los sacerdotes del colegio parroquial en el que sus padres finalmente y con muchos esfuerzo lo lograron matricular. Las cosas fueron bien, cada vez más usted demostraba que estaba destinado a un brillante futuro.

Un día usted llegó a casa y descubrió que su padre no regresaba más. Se le vienen a la cabeza todas las cosas que no importaron tanto, esos gritos, esas deudas, esas viejas injusticias de las que su madre le había enseñado a no hablar. Usted no sabe que hacer en este predicamento y nuevamente se acerca a su cura mentor en busca de consejo. Usted llora, se desahoga.

Las estadísticas. Los temidos cálculos a los que usted se enfrentó desde su nacimiento tomaban fuerza, pero usted no era un tipo que se rindiera así de fácil, así que se hizo fuerte en la fe cristiana, que aunque no ofrecía respuestas, ofrecía suficiente consuelo y oportunidades. Pero llegó el día fatal en que hasta ellos lo traicionarían, en forma de cariños inapropiados de los que usted, asqueado y temeroso, huye corriendo con todas sus fuerzas.

Usted pierde la fe, se vuelve desconfiado, solitario, tímido, ácido y virulento en sus apreciaciones, especialmente en las políticas, y trata de mantenerse alejado de las aglomeraciones. Comparte al finalizar la secundaria su trabajo con los cuidados a su madre y la preparación a la universidad.

Nadie cree en usted, como siempre, hasta que ingresa a San Marcos como un Sinbad moderno, venciendo a 12 sin más armas que su valor.

En un terco movimiento de buscar la justicia que está en su corazón, usted va y es uno de los que pone la voz frente a todos, es dirigente, pocos lo oyen, se desgañita, escribe en boletines, sale a las marchas, cree en el futuro: piensa en la lucha de clases, en los derechos del pueblo.

Piensa otra vez en el futuro cuando lee la prensa ingenuamente, esperando encontrar eco de “la justa medida que se ha tomado en vista de las circunstancias” en la universidad y en lugar de ello se lo llama “desadaptado”, “revoltoso” o “vándalo” a secas por causa de la lucha; cree que lo están discriminando por sus ideas, así como antes lo han mirado feo por ser cholo, por seguir vistiendo de color pastel, por su forma de hablar, por estar “afuera”.

Usted mira nuevamente en un enfrentamiento, cómo sus compañeros caen detenidos, cómo los golpean con esas sucias varas llenas de abuso y les disparan los casquetes de bombas lacrimógenas al cuerpo, usted ve a mujeres, como su madre, siendo golpeadas otra vez, sin misericordia, mil veces alrededor de usted, y en su cabeza hierve el deseo de la venganza de tantos años, usted no puede más y lanza con la fuerza de un Caín a quemarropa, una pedrada a la nariz de ese símbolo maligno que es el policía. Lo ha derribado, y pundonorosamente va por todos los demás, hasta que es reducido, azotado, pisoteado, encarcelado, molido a palos y salivazos, reanimado y vuelto a triturar algunas varias veces.

Debilitado, usted pide comunicarse con sus familiares, apelando a la legalidad de la que recusó hasta hacía unas horas, pide comida, agua, algo… se le niega en primera instancia. Luego se le ofrece todo aquello a cambio de la confesión de asesinato de aquel valeroso suboficial ascendido póstumamente que fue presa de su salvajismo. Lo hace, y así finalmente puede comer luego de 2 o 3 días de golpizas. Así es como usted acaba dando en la cárcel, donde su terquedad de no humillarse ante algún jefe matón y soportar los abusos de pie como su alma noble prefiere, no le sirve de mucho pues algunas cuchilladas le hacen pensar que uno no puede ser noble siempre.

Usted muere, aplastado por su futuro brillante, y mientras deja la vida piensa en su madre, y en esa cálida justicia que no existe en realidad.





El coleccionista de deudas (carta abierta a mis viejos amigos)

30 03 2009

Nunca reviso correos antiguos, por inútil seguramente, por cursi y ridículo. Pese a ello, hoy se me hacen dolencia las cartas que nunca respondí. Quede por sentado entonces que estas sí llegaron, las leí hoy tal vez con algunos años de atraso (tal y como acostumbro cuando hago algo), y es que, ahora me doy cuenta, las cartas no eligen en qué momento ser leídas, y vaya uno a saber, presiento que esa es la mejor de las formas en las que deben leerse las cartas. Igual, poco me alivia ese consuelo.

Quizá para otros este sea un mal menor, uno que por insignificante no merezca ninguna atención ni queja y ciertamente para mí también lo era, pero, ¿quién se cree que es uno para andar ordenándole al recuerdo que retroceda para siempre y que se resigne a ser pasado?.

Recuerdo, por ejemplo, cuando era un chico, y disfrutaba de caminar entre la neblina: me decía a mí mismo que los amigos eran para siempre y que la revolución estaba a la vuelta de la esquina, solía hablar mucho diciendo poco en realidad y me divertía arroparme entre la gente en horas de parloteo; pienso que por eso se me hace increíble que tuviera en esos tiempos tantas orejas escuchando y abrazándome.

Siendo sincero, se me hace difícil pensar en cariños más valiosos que los que se dan a quien no cree que te está dando nada en especial. Los que son así nomás, naturales, por las puras.

Así empecé a endeudarme.

Yo era un muchacho liviano, también de pensamiento y muy posiblemente no contaba con el funesto factor del crecimiento, eso que te mata el fuego y te vuelve más como los otros. Democráticamente, concluyo, uno se va diluyendo al paso de los años, tengo la esperanza de que no hasta la muerte.

Creí, como Westphalen, que uno se calla porque solamente el silencio hace que la muerte se detenga en los umbrales, pero a veces una palabra basta para derrotarla; también se las debía, porque temer eterniza lo temido, porque es una cobardía hacer invencible al enemigo.

A veces mirar para atrás nos recuerda lo que fuimos, y lo que queremos ser.

Gracias amigos, siempre.