Sobre los 25 años a Fujimori

20 01 2010

Se ha ratificado el primer fallo que de condena al ex presidente por delitos ya harto conocidos. Definitivamente, eso es un buen síntoma social.

Pese a ello pienso que el proceso, más que imponer justicia, ha hecho notar que existe una gran diferencia entre los delitos legales y los sociales, pues el daño ha sido ingente: no hace falta sino echar un breve vistazo en la prensa y en la sociedad en general para saber que los crímenes de aquel régimen, no sólo no han sido condenados, sino que ni siquiera han podido ser tomados en cuenta por el proceso legal, pues el legado del fujimorismo trasciende largamente a la persona, que termina envuelta en una irónica atadura que no cambia para nada el futuro del país.

Me explico: la condena a Fujimori toma la forma de aparente inicio de cambio social y compromiso en la estructura misma de la cúpula de corrupción, en un proceso que ha sido observado y reconocido internacionalmente por su legitimidad e independencia. La lectura, entonces, que se hace de los hechos es positiva, pues desharía el aura de fraude con que se distinguido el Poder Judicial durante nuestra historia moderna, y claro, la patria –esa gran entidad abstracta- se vería desagraviada de los crímenes que la mancillaron. Sin embargo, a pesar de aparentemente haber tomado el status quo entre manos para destruirlo, la realidad nos dice que el uso de los hechos puede devenir en consecuencias diametralmente distintas.

Hablo de una diferencia radical, de concepto: el delito tipificado en los códigos legales no es equivalente al crimen inscrito en la cultura y a sus consecuencias, y haríamos muy mal en quedarnos satisfechos con encerrar a una persona pensando que es lo único que corresponde, porque no lo es: si bien la pena es justa hay que aún tender a la justicia.

Lo digo porque aún el uso político de la sentencia no está muy claro: los réditos en popularidad hacia el APRA y su evidente alianza con un fujimorismo aún de masas dejan en el medio al gobierno de Alan García como el gran beneficiado, sin haberse mojado en ninguna parte.

El carácter transgresivo de la sociedad peruana, aquel que se conforma con el signo por sobre el acontecimiento y la intención por el acto, se siente tranquilo, pues la Justicia “ya cumplió”, y se libera de la responsabilidad de la limpieza posterior: la sociedad civil se queja de la deslegitimación de los partidos políticos, el desmembramiento de las organizaciones de base, la cultura del sensacionalismo y la cortina de humo, el uso embrutecedor de los medios, la censura sistemática de los discursos políticos y sociales, el trato por debajo de la mesa, la manipulación e interpretación ilegítima de las leyes, el desprecio por la vida y la voz de los ciudadanos, entre muchos otros, pero no solamente no hace nada para corregirlos, sino que goza de ellos.

La sociedad ha hecho suya la cultura que la vulgarizó en el fujimorato y que revela la estrategia de aquel régimen para eternizarse en el poder: la destrucción del Otro, como referencia moral, ética y jurídica para reencarnar en la figura del dictador todas aquellas instancias. Una jugada perversa que sirvió mientras duró en pie la persona, pero que ha dejado un gran trono en que ahora se sienta otro, con las mismas licencias.

Es por eso que aún los 25 años de condena de un individuo no son suficientes en relación a esos 11 años de eterno ejercicio de poder.





En octubre sí hay milagros

13 10 2009

argentina_0 ¡Qué duda cabe que el Perú es un país lleno de soñadores!. Tenemos una historia llena de héroes, santos, batallas, tradiciones, supersticiones, iglesias, fútbol  y básicamente mucha esperanza que nace de la certeza de que de alguna forma las cosas serían diferentes hoy si hubiéramos tenido más suerte ayer. El Otro de la historia no se nos ofrece precisamente como nuestro favorito, sino por el contrario, como un vil opresor al que hay que hacer desaparecer.

A los peruanos nos gusta pensar que somos creativos, que podemos tejer un mundo donde finalmente somos más y mejores que los otros. Allí entra a tallar el famoso “ingenio criollo” que no es más que la técnica vital que aspira lograr hacer mucho con poco, porque de antemano sabemos que nuestras condiciones normales son precarias, que lo que nos toca no es suficiente.

Y sí, es una característica de lo criollo la pretensión de “sacarle la vuelta” a la Ley, al Otro. Tener calle, aprovechar los descuidos ajenos, finalmente es la muestra externa de un deseo de compensar el calvario de la falta que está presente de antemano ante la perspectiva de una un bien hacer que se significa como castrante.

Entonces tenemos una cultura ambivalente, hablando de forma general. Vivimos la fantasía de lo que debería ser por un lado, quejándonos de todo lo que no marcha, pero contribuimos sin descanso a que eso que aparentemente nos hace rabiar hasta la desesperación se mantenga tan sólido como siempre. Decimos una cosa y hacemos lo contrario. Sólo hace falta notar la equivalencia entre “creatividad” e “informalidad”. Digamos que “se sufre porque se goza”.

6:57 p.m. del 10 de octubre y el cabezazo casi invisible del charapa Rengifo materializaba la fantasía de los peruanos: se saciaba esa necedad de esperar que lo mágico acuda en nuestro rescate. Finalmente algo había ocurrido y nuestro eterno proletariado futbolístico se desvaneció de repente para pasar a ser durante un sólo minuto, el bálsamo social que todos necesitábamos, una luz que nos decía que sí se puede, de verdad. Pero ocurre fatídicamente que poco sabemos hacer cuando las cosas son de verdad.

La posterior derrota, con gol en fuera de juego, ha reforzado como pocas cosas el fantasma histórico de la eterna pérdida y ese impulso cínico criollo a gozar a más no poder de lo que el Otro nos “roba”. Excusa suficiente para regodearse en el “casi” futbolero que alimenta los diarios deportivos en sus momentos de mayor gloria y que puede caracterizar una suerte de síntoma nacional.

La balanza se decanta, no sin razón siempre para el mismo lado. Milagro de octubre de San Palermo que desató nuevamente el goce nacional.





Sobre la utilidad directa

12 04 2009

Hablaba con un taxista, como siempre que ando en auto, quejándome amargamente del tránsito de las 5 de la tarde que, como habitualmente pasa, me impide llegar temprano al trabajo. La costumbre de la conversación es vieja; los que me conocen saben que parlotear me calma: dar vueltas a los pensamientos me hace olvidar mis urgencias. Entiendo que eso no siempre es malo.

Algo el chofer me preguntó acerca de la degradación de la sociedad y de eso de que “el peor enemigo de un peruano es otro peruano” (mientras hablaba de Pizarro, seguramente), y yo veía como algún salvaje nos cerraba el camino para dar una curva de lado a lado de la avenida, y mientras pensaba “¡qué tal raza!”, automáticamente respondí que el problema del país no era el que seamos naturalmente bárbaros, sino que rendimos culto al beneficio inmediato, a “lo criollo”.

Y es que pienso que hay una forma de relacionarnos que tiene algo que no funciona. Seguramente hay muchos que han hablado de esto antes y llegaron todos al potentísimo axioma multiusos:

“HACE FALTA INVERTIR EN LA EDUCACIÓN”

Yo soy bastante escéptico con respecto a ello. Al menos en esa oración en su forma aprista, que es lo que hay en el Perú, que –sólo tal vez, sea el Perú en realidad.

En primer lugar, habrá que pensar quién dará qué educación. Está totalmente demostrado que quien puede decir algo, dirá lo que le conviene; y no hay que ser un visionario para saber qué se va a decir. Mi teoría es que ya el sistema invierte bastante en educación, el problema es que uno termina amaestrado, plegado a la voluntad del amo mercado.

Imagino que para nadie es un secreto tampoco que hoy a uno lo educan para que se especialice en algo, digamos como buscando la garantía de la sobrevivencia. Precisamente he allí el problema. Uno se pliega a un discurso utilitario de supervivencia.

Implantada la competencia por ella, los sujetos en general intentarán sacar cualquier ventaja en búsqueda de beneficiar lo propio, por encima de la idea civilizada del bien común. Digamos que hemos exaltado el principio del placer, a tal punto que no existe más verdad que aquella en la que la acumulación como modo de vida impera.

Entonces, la involución del hombre se hace tangible, y nace de aquello: la idea de los otros, del semejante va cediendo paso al temor de que ellos se lleven lo que me corresponde a mí. El terror corta los lazos y los sujetos quedan más solos. Competencia, ser líder, ser mejor que los demás. Capitalismo finalmente.

Doy vueltas en mi cabeza a todo esto para no mirar el reloj, que siempre marca esta adicción que tengo a los 5 minutos después, quizá porque no me gusta tanto competir, llegar después a la meta me separa un poco de esa avidez que se me hace tan sórdida.

Mientras sufro el tránsito, escucho la cumbia que le encanta al señor taxista y siento cada vez más potente la tortura de lo urgente, lo comprendo todo: no importa el mañana, hay que comer hoy. Quizá empezar a vivir sea una buena alternativa a sobrevivir.