No hemos aprendido demasiado…

1 06 2010

Foto El caso de la excarcelación de Lori Berenson debe ser único en su género. Contrariamente al sentido común, las autoridades pasan olímpicamente de las mínimas medidas de discreción y despiertan una desproporcionada cobertura mediática que desemboca en más odio que su propia captura.

Por supuesto que lo que recibimos del periodismo “grande” del Perú no responde a la firma de algún iluminado sino que se interpreta como lo irracional subyacente a la angustia de nuestra sociedad. La Berenson, habiendo cumplido gran parte pena a decir de la ley, se ha hecho no sólo de un beneficio penitenciario si no también ella misma la bandera de la fragmentación social que dio lugar a la guerra política, pues termina reducida por el significante “terrorista” a ser un sujeto sin derechos, un objeto peligroso que debe ser erradicado a perpetuidad.

Y es que es sólo eso, simple y llano terror inyectado desde el televisor. Que se recuerde, Lori Berenson es sentenciada por conspirar y planificar un atentado contra el congreso, plan que fue descubierto y nunca se completó. Legalmente la sentencia se ha llevado a cabo, pero socialmente la “terrorista” no sólo deja de ser un sujeto de derecho, sino también deja de ser un sujeto de la sociedad y de la humanidad, haciendo patente la diferencia entre la hostil ciudadanía que enarbola el derecho a que las manzanas podridas de la sociedad no se mezclen con las buenas. Primera causa del miedo: la diferencia imaginaria entre el hombre de bien y el “terruco”, que nunca será igual a uno, pase lo que pase.

El miedo termina siendo el símbolo de lo amenazante que es la diferencia en una ciudad organizada por ciertos códigos de exclusión, de allí que el argumento más oído en las vigilias y de los espontáneos que lanzan su condena desde la vereda sea, que Miraflores no es el lugar para alguien como ella. El jirón Tarata finalmente está funcionando como un espacio monumental en lo simbólico, no de la diferencia social que desencadena la violencia, sino de todo lo contrario: la justificación de la exclusión de aquellos que vienen a alterar el bello orden. Por ejemplo, esta es una frase recogida de una de las manifestaciones.

“¿Qué los del MRTA no eran comunistas?, ¿Por qué vienen entonces a vivir a Miraflores?, ¡que se vayan a Comas o por ahí!”

Se revela que el temor y la indignación desproporcionados se basan en dos cosas, a saber, el desinterés de saber del otro de parte de la sociedad civil, quitándole aún hasta la condición humana y sus derechos fundamentales, cayendo en el hostigamiento violento del que ha sido presa no sólo Lori Berenson, sino su familia; y en segundo lugar el carácter vengativo que tiene la justicia en nuestra cultura, donde la legalidad separa a los seres humanos de los criminales que finalmente no son humanos, y por supuesto por asumirse perdidos para siempre, tampoco deben gozar de posibilidad de probarse en sociedad de nuevo. Eso que no hemos mencionado a quienes se atreven a reconocer este mecanismo, ellos también serán parte del monstruo oprobioso del terror.

Regresar al régimen bárbaro de una ley que sólo está ahí para exigírsele que se endurezca remite directamente al fujimorato, a la cacería de brujas, pues si el ideal exige ser un verdadero buen ciudadano, la única forma de conseguirlo es perseguir sin piedad a los sospechosos, osea a todos. Parece que no recordamos cómo nos fue en esos años y reclamamos el mismo azote del que nos quejábamos algunos amargamente.

Es increíble que aún en esta época las reacciones de masa sean así de medievales. No somos conscientes que la segregación es el combustible de los movimientos violentos y sectarios de reivindicación social, tanto como el opresor.

También palo para el gran periodismo nacional, brazo de los ideales capitalinos.

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Acerca de los daños a las ruinas y la moral criolla

12 01 2010

solitario de sayan, delincuancia juvenil , ladron , carcel (1) Ya es por todos sabido el daño que se ha ocasionado a las ruinas de Trujillo. No es mi intención condenar a los responsables, pues los medios ya los han vapuleado bastante.

Pese a ello, es interesante analizar los sucesos más detenidamente, tal vez mirando las cosas con otra profundidad. Y es que nos hemos acostumbrado a una prensa mezquina y maniquea, que no construye más allá de la necesidad de venganza. Ojo, no es mi interés desresponsabilizar a quienes cometieron el delito, estoy convencido que la ley debe ocuparse de ellos como corresponda.

Para empezar me parece que este asunto tiene que ver primordialmente con eso que llamamos “peruanidad” y su carácter básicamente transgresivo. Antes eso que el facilismo mediático de pensar en que hay buenos y malos peruanos, justificando de paso la segregación de ciertos grupos y actores sociales poco adaptados, digamos.

Hablar de transgresión y peruanidad es sencillo, basta con pensar en cosas tan simples y cotidianas como el tráfico: uno se queja del tránsito caótico de Lima, de sus combis y del mal servicio de los transportistas, además de los accidentes y la imprudencia de los conductores, sin embargo, uno está acostumbrado a usar paraderos prohibidos, se baja y sube de los buses en media cuadra, ignora las señales de tránsito, los cruceros peatonales y tiene esa alegre sensación de que tiene la preferencia de paso siempre.

Entonces hablamos de una ética transgresiva, pues usted peruanísimamente ha evadido la culpa de haber quebrantado la ley (así sea muy levemente) acusando al semejante, que termina pagando por usted, pues uno en el anonimato hace lo que en público condena con nombre y apellido, dejando a la queja la función encubierta de sostener las cosas como están, pues yo, tan pecador como el acusado, acabo siendo un justo. Ni más ni menos que eso, la queja aquí es todo menos revolucionaria, por lo que ésta podría ser leída como una compensación imaginaria.

Es totalmente válido por consiguiente hablar de una neurosis nacional, que deja un rastro lógico de pataleos y acusaciones que finalmente, por el bien del sistema actual, no tienen real repercusión. Una convivencia del bien y el mal en una baldosa, juntos y revueltos, donde lo que se espera es el escándalo y lo que se busca es algo de sangre.

En este caso sucede claramente: el clamor popular no solo pide justicia, sino una “sanción ejemplar”, aún por encima del rigor de la ley, un castigo suficientemente potente para hacer callar a un fantasma colectivo inquietante y poderoso en el acusador. Aquí quiero ser claro: lo de la sangre no es metáfora. De ahí los pedidos de destierro, excomunión del sistema educativo y hasta pena de muerte.

Muy bien, tenemos a nuestros Cristos, nuestros fariseos y sus vestiduras rasgadas hasta los talones. La tragedia está completa y se venderán periódicos y se harán reportajes lastimeros y mediocres para estirar lo más que se pueda el circo y mientras tanto nadie hablará de esa frase clave en el video: “¿verdad que odias a tu Perú?”.

Tal vez sea más útil preguntarnos qué piensan los jóvenes del Perú, fuera de clichés patrioteros y vacíos, para trabajar su salida al mundo real y que esta no sea un acto de suicidio o sufrimiento insoportable, mínimamente. Porque podemos pensar en que las pocas oportunidades y la sensación de tener que salir a luchar contra el Perú para lograr un futuro para uno mismo, son factores que influyen en la hostilidad de estos y otros muchachos involucrados en delitos.

Por más propiedad nacional que sea la huaca es claro que no se trata de haber tocado propiedades, sino estaríamos hablando también de la deforestación de la Amazonía, de la contaminación de las mineras o del deshielo de los glaciares. No, se trata de lo criollo como institución que se sostiene condenando una criollada (o palomillada, que es lo mismo) para así tener la tranquilidad de permanecer inalterable, tras derramar la sangre del acusado. Como un tatuaje de Sarita Colonia en un reo, la acusación como modo de vida es un contacto con el ideal de lo supuestamente bueno, pero que sirve para preservar el mismo estatus anterior, en este caso, la patrona de los ladrones tatuada perenniza la condición de ladrón de por vida.

Miremos el video nuevamente, a ver qué vemos.

 

sarita