Sobre la cultura electoral criolla

13 11 2011

Mostrar la imagen Real

Si hay algo de cierto en el movimiento posmoderno de la imagen, es que, desde lo artístico hasta lo cotidiano, hay una propensión por la captura de lo Real en términos absolutos: ya no es que se necesite representarlo, simbolizarlo, sino que hoy el placer se encuentra en la simple presentación de él; lo que antes se suponía detrás del velo hoy se puede encontrar fácilmente afuera, desnudo y a la vista pública.

Este uso de la imagen, este intento de presentar lo Real a todo costo, se condice con la menor necesidad de mediación por palabras. Esto es interesante en el plano político, pues la prensa se ve afectada por el imperativo comercial de vender noticias cada vez más escandalosas, para lo cual es necesario limitar el sentido, por así decirlo: el análisis o la opinión, para dejar incompleta la cadena de forma intencionada; lo que viene después es la angustia del ciudadano, que buscará completar un significado ante lo presentado en lo social. Desde ahí operan los medios en campaña, como un aparato propagandístico de guerra, con significaciones vacías a llenar emotivamente por los ciudadanos. Un estado de emergencia –o de excepción permanente- de la información.

Evidentemente, no estamos hablando de un movimiento político, sino de todo lo contrario, de la despolitización moderna, donde se encuentra el discurso social fragmentado, donde reduce lo político a lo meramente personal, a ese pequeño terror imaginario de cada uno. Vemos entonces que en la campaña electoral lo que se encuentra fundamentalmente es el miedo al otro, dependiendo de qué lado estemos, y no de una apuesta por algún proyecto político. Eso, más bien, es lo que menos hay.

El discurso sobre la cuestión política se restringe desde la oficialidad: sale Alan García periódicamente a hablar a los medios con ese fin desde el vacío absoluto de sus palabras. Dice, por ejemplo, que “lo sucedido en Puno tiene un tufillo electoral”, haciendo referencia evidentemente al candidato crítico del sistema económico, y no hay más, sólo la mención de lo Real de la ciudad, aquella alteridad de quienes no gozan de lo mismo que nosotros. Serían entonces, en este fantasma, los humalistas, esos que viven en las alturas y que no saben qué es el desarrollo, los causantes de los desmanes antidemocráticos acontecidos; congelando así cualquier significación y, de paso, previniendo la aparición de la pregunta sobre el tema. Es clásico, el maniqueísmo sirve de respuesta antes que aflore cualquier pregunta, pero acrecienta imaginariamente la diferencia entre las partes.

Hace unos meses se excarceló a Lori Berenson, una estadounidense condenada por terrorismo que había cumplido su pena; es decir, legalmente. Los medios presentaron nuevamente el peligro de que el Poder Judicial empiece a soltar a los subversivos y presentaron –lógicamente- el horror de los heridos y la destrucción del jirón Tarata, en el corazón de Miraflores, distrito en que casualmente había ido a residir Berenson y su familia. La reacción de uno de los distritos más mediatizados del Perú fue inmediata: se realizaron plantones y marchas por la paz, en las que se pedía que la estadounidense fuera o encarcelada nuevamente o expatriada para siempre. Hubo dos cosas interesantes aquí: por un lado el semblante político de una acción profundamente antipolítica, como aquellas manifestaciones, en las que había la lógica bastante clara de presentar la propia humanidad (familias enteras vestidas de blanco, fuera de la casa de los Berenson con niños pequeños sosteniendo las velas y declarando “contra el terrorismo”, por ejemplo), que se afirmaba a partir de la amenaza de aquellos otros que ya no solamente no eran sujetos de derecho –o de la legalidad-, sino que ya estaban despojados de la humanidad, pues evidentemente “no eran iguales”. La segunda cosa es la emergencia fabricada del miedo como la única forma “genuina” de acción cívica, la defensa ante lo extraño que ya ha sido congelado con el significante, en este caso lo indudable es que Berenson es “terrorista” y no hay vuelta qué darle. En este sentido es muy gráfica la siguiente frase de un manifestante en televisión nacional:

“¿Qué los del MRTA no eran comunistas?, ¿Por qué vienen entonces a vivir a Miraflores?, ¡que se vayan a Comas o por ahí!”

He allí que el argumento democrático se degrada y se reemplaza por el más limitado de los localismos, el del fantasma, el de la amenaza imaginaria producida desde el discurso vacío, que digamos es otra forma de jugarle a lo Real.

Igualmente hay que advertir que no es sin intención ni dirección que hay aquella demarcación. Y pues, el criterio no es la virtud moral precisamente.

Si existe algo cierto que ha dejado esta campaña es la evidencia de la determinación económica de lo condenable o de, más simplemente de los obsceno –pues resulta que ahora hay obscenos aceptables-, y es indudable que en la asimetría mediática está la pista sobre aquella alteridad amenazante, que no pasa por los actos finalmente. Eso explica nuestra primera vuelta, donde el electorado limeño se ha revelado como una isla frente a la grieta profunda que lo separa del interior del país, menos mediatizado y por ello, significado como menos capaz de tomar decisiones. Esto es interesante si pensamos en que la capital se había volcado a apoyar a la candidatura perversa del fujimorismo.

El poder de tomar decisiones

La capital se siente de alguna forma superior frente a la supuesta visceralidad provinciana, que mientras está más lejos del ideal civil limeño es vista con mayor distancia hasta finalmente ser negada por completo. Claro, hasta que explotan las protestas.

Es común encontrar dos argumentos que justifican esta distancia: en primer lugar la diferencia educativa, profesional o técnica y en segundo término, las credenciales democráticas.

Se piensa, en la ciudad, que lo que principalmente ofrece la posibilidad de decisión responsable es la competencia técnica, profesional. Como si el paso por la universidad de alguna mágica forma concientizara políticamente a los individuos, quienes no han tenido posibilidad de integrarse al sistema educativo superior quedarían rezagados cívicamente frente a los sectores más privilegiados, que tampoco pretenden reducir esa distancia.

Hace algunas semanas un familiar me hizo una pregunta muy interesante para dar cuenta de esta posición burguesa:

“¿Tú acaso crees que mi voto, el de un profesional educado y competente, debería valer igual que el voto de un analfabeto o de alguien que sólo se dedica al campo?”

La lógica de la exclusión toma aquí un sentido concreto. Por un lado el ideal burgués se identifica plenamente con el ideal nacional, de modo que el interés particular de una clase social toma legitimidad absoluta frente a la supuesta precariedad de los otros, que no están preparados; y por otro, está el racismo como forma de terror ante lo éx-timo, es decir lo que se denuncia afuera pero que es profundamente propio, lo cual da cuenta de una posición de fortaleza aparente, basada en el aprovechamiento de una posición social y de la diferencia de los objetos de goce, que revela una pobreza subjetiva que no permite significar un ápice de lo ajeno: “no puedo reconocer a quien no goza de lo mío”.

El segundo argumento va más o menos por ahí y es que a más distancia con la forma de vida civilizada de la capital, hay menor respeto por el estado de derecho, por las instituciones o aún hasta por las libertades personales. Ligando con el primer argumento, podríamos concluir que se dice que a menor educación hay mayor propensión al autoritarismo. Esta creencia se basa en la concepción de un poblador andino premoderno, estancado anacrónicamente en la colonia, si no es que antes, por no tener acceso a la tecnología; razón por la cual mantendría una relación vertical con la autoridad, una relación hasta feudal, en la que el criollo es visto como el enemigo. No hay pues, posibilidad de decisión responsable si existen perennes tanto un revanchismo histórico-étnico de parte del poblador andino, como su inalterable atraso tecnológico y social.

Por el contrario, el criollo se percibe como mucho más independiente, precisamente porque, según su decir, cuenta con muchísimos más canales de información. Sin embargo el planteamiento del autoritarismo es una contradicción, puesto que, si bien es cierto que el limeño está más habituado al escándalo mediático, también es verdad que lo ha normalizado y lo tolera como una cuestión natural; lo intolerable es que aquellos incivilizados no acepten que eso es parte de la vida, lo intolerable, en resumen, es la politización.

También he podido recoger un ejemplo bastante claro acerca del tema. Un grupo de amigos que trabajan en una cadena internacional de hoteles me habla acerca del miedo que le tienen a Ollanta Humala, a lo que contesto preguntando de dónde viene ese miedo. Luego de algunos momentos de duda una de las chicas me da una contestación brillante:

“Es que nosotros asumimos que hay quienes están más informados que nosotros, por ello, cuando los gerentes nos reúnen para decirnos que votemos por Keiko, les creemos. Ellos dicen que si gana Humala, todos nos quedaremos sin trabajo”.

El argumento de la independencia capitalina se derrumba, pues el amo autoritario toma corporeidad en precisamente el espacio de libertad criolla: el mercado y el régimen liberal. Aquí es brutalmente directo: la dirección de la empresa toma a su cargo la decisión responsable de los empleados, que asumen que se están cuidado sus intereses, siendo que están conculcando sus derechos.

En la primera vuelta, Ollanta Humala, con un discurso contra el sistema económico gana en el Cusco con una aplastante cifra de casi 60% de los votos. ¿Cómo se explica esto, siendo aquella ciudad la bandera del desarrollo descentralizado del modelo peruano?, ¿cómo la provincia de hecho más capitalizada del país tiene una amplia mayoría de descontentos?. La respuesta capitalina fue simple: son una manga de golpistas y amantes de los discursos radicales, a los que les falta educación; pero sabemos que las cosas no son tan fáciles.

Lo que sí sabemos es que lamentablemente para el argumento criollo, los que votan en Cusco son los cusqueños y no los inversionistas o usuarios de las cadenas de hoteles, trenes, restaurantes y comercios que han florecido en los últimos años; son los cusqueños quienes no sienten que el progreso les toca, sino que por el contrario, que en su ciudad se ha establecido una suerte de ghetto donde ellos son los aislados. No se contempla en ningún momento que el modelo neo-liberal no sea suficiente para mejorar la vida de quienes se supone que lo disfrutan o siquiera que no sea útil para interpretarse en otros contextos sociales, es más, la creencia religiosa en el modelo convierte en condenables a todos quienes se opongan a él. El voto anti-modelo es despreciado pese a que el voto pro-modelo ha demostrado ser más radical, más exclusivo y más autoritario.

También fue muy evidente la destitución de Vargas Llosa como abanderado de la libertad y la democracia, pues al apoyar públicamente la candidatura de Humala, al parecer habría dado la espalda a todo fundamento liberal, en especial a lo que sostuvo a la candidatura fujimorista: la continuidad del modelo.

Y es que Vargas Llosa es un liberal ante todo, o al menos para los liberales debió seguir siéndolo y no traicionarlos con argumentos morales que al final los desenmascaran. En todo caso queda evidenciado que el acto moral lo ha separado de sus antiguos aliados. De ahí que mediáticamente el perverso es él, finalmente, pues nos quiere arrastrar a su vórtice de odios personales, lógicamente sin tomar en cuenta ni una sola de sus razones, otrora respetables.

En conclusión

Podríamos caracterizar con el caso Vargas Llosa que el principal lugar de separación social es el mismo lugar que Jorge Alemán caracteriza como el lugar del malestar en la cultura: el discurso capitalista, o aquel discurso que pretende eliminar la castración a todo costo.

Por otro lado, ese uso mediático-perverso de lo Real termina por instaurar la normalización del horror, la regulación del espacio cívico por la especulación capitalista, que borra del camino cualquier atisbo de noción moral o ética, las que son representadas por significantes vacíos, como por ejemplo “caviar” , “rojo”, “antidemocrático” y otros.

Hay una creencia religiosa en el modelo económico, creencia que no permite cuestionamientos, y también la Iglesia ha respondido ante esa creencia, tiñendo de virtud un movimiento profundamente amoral como el fujimorista, saliendo en defensa del conservadurismo de derecha.

Hay un proceso de despolitización que también responde a que cada vez es menos necesaria la palabra para dar algún sentido a la irrupción o a la presentación de lo Real. El miedo en la ciudad es organizador, creando espacios de fundamentalismo social donde el discurso capitalista es la única respuesta.

La prensa, al tratar de aprehender lo Real, se está enfrentando a su propia aniquilación, pues el único modo de diferenciar la ilusión de la realidad del horror de lo Real, que es el objetivo, es ponerlo en acto. Ser, ellos mismos, quienes escenifiquen el horror que pretenden mostrar.

El psicoanálisis se opone a la visión reducida del sujeto desenganchado del Otro, lo psicotizante del discurso capitalista debe ser señalado e interpretado en las instancias en las que los analistas trabajan. El trabajo del psicoanalista en la ciudad pasa, entonces, por politizar el lazo social, hacerlo una práctica y evitar que se diluya en la espiral de consumo del mercado.

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El decente nombre de la democracia

30 04 2011

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Partiendo del discurso moral del periodismo de los últimos años, parece distinguirse la certeza, diría hasta estoica, de que “la democracia es lo más importante”, que sobre cualquier valor de nuestra sociedad, deberíamos ser capaces de sostenerla, en especial luego de del trágico decenio fujimorista, que entre otras muchísimas cosas manipulaba a placer y casi en su totalidad a los medios de comunicación.

Así, desaparecido el dictador, los medios se regodean en reinaugurada fiesta democrática haciendo gala de su rol vigilante, apelando a lo políticamente correcto y a una moderación olvidadiza que dejaba bastante cómodos a todos y es lógico pues habiendo fallado aquellos vigilantes en los tiempos de mayor necesidad, lo mejor y más decente para ellos era mirar a otros lugares menos comprometedores; es decir, se actúa el síntoma criollo, diríamos, eso que tradicionalmente deja sueltos todos los cabos a la espera de que se anuden solos. Lo milagroso de este proceder es que tiene pingües resultados, y así, sin deber hacer más que dejar pasar el tiempo se fueron dando las redenciones poquito a poco: primero en el ámbito periodístico, luego político y finalmente moral. La década post-fujimorismo es pues, la del lento retorno.

El consentimiento mediático y la participación activa de cualquiera en hechos de violencia estatal o de corrupción fueron quedando paulatinamente perdonados sin ningún trámite al restablecerse el sueño democrático. El informe final de la CVR, por ejemplo, señala a Alberto Fujimori como responsable penal de las atrocidades cometidas en su gobierno, principalmente por el hecho de haber quebrantado el orden constitucional, quedando meramente como “responsables políticos” Belaúnde y García, dado que fueron presidentes constitucionales, democráticamente electos y respetuosos de la institución democrática. Esto es bastante gráfico, pues las violaciones de derechos humanos perpetradas por el Estado Peruano en el período de violencia política en contra de la población civil son ostensiblemente más numerosas en el gobierno aprista. Es decir, la democracia toma un valor extra en la época post-fujimorismo, el de marca moral que exime de responsabilidad a quien la porta. Caso curioso de un ideal que no se condice con el simple concepto de justicia, que paradójicamente debería sustentarlo por lo menos en semblante.

Los medios terminan el ciclo de reciclaje público hasta dejando la sensación de déjà vu (ver a Nicolás Lúcar entrevistando a Keiko Fujimori, felicitándola por la campaña realizada es un ejemplo de los más claros), el retorno moral y político de los supuestos abanderados “de la lucha contra la dictadura”, que en los medios no fue tal -más que en dignísimos pero pocos y aislados casos, desemboca en la culminación del proceso redentorio de Alan García, quien vuelve a ser electo presidente, ante la amenaza de un Humala que aglomeraba (igual que ahora) alrededor del 40% de los votos, pero que era caracterizado (igual que ahora también) como la opción “antidemocrática” pese al respaldo estadístico.

La democracia, o mejor dicho el ideal democrático, sería también entonces una herramienta útil para separar el trigo de la paja, los buenos de los malos, ignorando que hay una representatividad tras esos votos negados por el sistema.

Lo curioso es que en estos meses de campaña electoral, ese mismo argumento del “riesgo antidemocrático” ha servido para mediatizar el miedo a la escala más grande posible, donde una vez más, Humala es el señalado, en beneficio de Keiko Fujimori, representante del renacido clan, que abiertamente lucha por la liberación de su líder preso, precisamente por dictador.

Se habla en la ciudad ya del mal menor como hace 5 años, pero el argumento democrático es abiertamente inconsistente: se lo utiliza desde la moral, pero impulsando un voto exclusivamente basado en el interés económico. La derecha se ha visto en esta ocasión impotente de ocultar ese real propio tras la mascarada democrática: lo que importa es la manutención a toda costa del status quo económico.

La capital tiembla por los pasos que siente de una masa peruana a la que desconoce históricamente y por derecho divino; supone su rencor y ahora la maldice: “por su culpa, cholos”, bufa encogiendo los puños.

Lo democrático no pasa entonces, como dicen, por ser la condición básica de una prosperidad a construir, sino al contrario: la prosperidad de quienes nombran es la condición del semblante democrático. No hay ninguna moral atrás de ese argumento democrático, lo que hay es la amoralidad del discurso de un capitalismo criollo que niega al otro por un lado pero que, paradójicamente, por el otro, necesita de su hegemonía para vivir.

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Sobre los 25 años a Fujimori

20 01 2010

Se ha ratificado el primer fallo que de condena al ex presidente por delitos ya harto conocidos. Definitivamente, eso es un buen síntoma social.

Pese a ello pienso que el proceso, más que imponer justicia, ha hecho notar que existe una gran diferencia entre los delitos legales y los sociales, pues el daño ha sido ingente: no hace falta sino echar un breve vistazo en la prensa y en la sociedad en general para saber que los crímenes de aquel régimen, no sólo no han sido condenados, sino que ni siquiera han podido ser tomados en cuenta por el proceso legal, pues el legado del fujimorismo trasciende largamente a la persona, que termina envuelta en una irónica atadura que no cambia para nada el futuro del país.

Me explico: la condena a Fujimori toma la forma de aparente inicio de cambio social y compromiso en la estructura misma de la cúpula de corrupción, en un proceso que ha sido observado y reconocido internacionalmente por su legitimidad e independencia. La lectura, entonces, que se hace de los hechos es positiva, pues desharía el aura de fraude con que se distinguido el Poder Judicial durante nuestra historia moderna, y claro, la patria –esa gran entidad abstracta- se vería desagraviada de los crímenes que la mancillaron. Sin embargo, a pesar de aparentemente haber tomado el status quo entre manos para destruirlo, la realidad nos dice que el uso de los hechos puede devenir en consecuencias diametralmente distintas.

Hablo de una diferencia radical, de concepto: el delito tipificado en los códigos legales no es equivalente al crimen inscrito en la cultura y a sus consecuencias, y haríamos muy mal en quedarnos satisfechos con encerrar a una persona pensando que es lo único que corresponde, porque no lo es: si bien la pena es justa hay que aún tender a la justicia.

Lo digo porque aún el uso político de la sentencia no está muy claro: los réditos en popularidad hacia el APRA y su evidente alianza con un fujimorismo aún de masas dejan en el medio al gobierno de Alan García como el gran beneficiado, sin haberse mojado en ninguna parte.

El carácter transgresivo de la sociedad peruana, aquel que se conforma con el signo por sobre el acontecimiento y la intención por el acto, se siente tranquilo, pues la Justicia “ya cumplió”, y se libera de la responsabilidad de la limpieza posterior: la sociedad civil se queja de la deslegitimación de los partidos políticos, el desmembramiento de las organizaciones de base, la cultura del sensacionalismo y la cortina de humo, el uso embrutecedor de los medios, la censura sistemática de los discursos políticos y sociales, el trato por debajo de la mesa, la manipulación e interpretación ilegítima de las leyes, el desprecio por la vida y la voz de los ciudadanos, entre muchos otros, pero no solamente no hace nada para corregirlos, sino que goza de ellos.

La sociedad ha hecho suya la cultura que la vulgarizó en el fujimorato y que revela la estrategia de aquel régimen para eternizarse en el poder: la destrucción del Otro, como referencia moral, ética y jurídica para reencarnar en la figura del dictador todas aquellas instancias. Una jugada perversa que sirvió mientras duró en pie la persona, pero que ha dejado un gran trono en que ahora se sienta otro, con las mismas licencias.

Es por eso que aún los 25 años de condena de un individuo no son suficientes en relación a esos 11 años de eterno ejercicio de poder.





Una vida cualquiera

22 05 2009

Digamos que usted ha tenido la fortuna de nacer en nuestro territorio. Digamos mejor que habiendo podido elegir cualquier otro destino, en su momento su alma inocente se decantó por esta tierra prometida, próspera y amable que es el Perú, y así, suspirando esperanza, usted nació.

Usted nace en el seno de una familia promedio, pero llena de un orgullo peruanísimo y con sus respectivas “ansias de superación”, que contrastaban con la pálida economía que las sostenía. Sí pues, eran tiempos de Alan García, del Alan primerizo y enloquecido, del que le dió a la palabra “crisis” su real envergadura por estos arenales. Aún así, resistían, unidos valientemente en el luminoso fortín del hogar, que le ofrecía la segura calidez del orden paterno donde afuera todo lo que se cocinaba era caos, la violencia y la miseria.

Recuerda con una tristeza fundamental el sabor rancio de la leche ENCI, que es el de la carestía; recuerda con nostalgia las ropas desteñidas, generalmente de color pastel, heredadas de los hermanos mayores que serán usadas por usted hasta el cansancio de la tela y los juguetes poco elaborados que desarrollaron su imaginación durante tantos años. Fue usted un niño feliz, aunque su padre perdiera la paciencia con facilidad, aunque su madre llorara mientras lavaba los trastos, tarde, mientras creía que dormía.

Por más peligroso que esto pareciera a simple vista, usted decide crecer y ser bueno, pues su familia lo dotó de valores sólidos, cristianos como es la costumbre, por lo cual usted iba creciendo en tamaño y en gracia a ojos de los hombres y de dios, haciéndose por consiguiente un chico responsable en el colegio, generoso compañero, respetuoso de la autoridad y temeroso de la divinidad, un ejemplo de joven, futuro del país.

Contraviniendo todas las estadísticas y las expectativas nutricionales, a medida que los años avanzaban usted demostraba su inteligencia en las materias escolares; pero también era usted un muchacho inquieto, que buscaba más de lo que le daban buenamente sus maestros poco sabios como una dádiva del sistema de instrucción estatal fujimorista. No, usted era obstinado y no se conformaba, obtuvo una beca recurriendo a los sacerdotes del colegio parroquial en el que sus padres finalmente y con muchos esfuerzo lo lograron matricular. Las cosas fueron bien, cada vez más usted demostraba que estaba destinado a un brillante futuro.

Un día usted llegó a casa y descubrió que su padre no regresaba más. Se le vienen a la cabeza todas las cosas que no importaron tanto, esos gritos, esas deudas, esas viejas injusticias de las que su madre le había enseñado a no hablar. Usted no sabe que hacer en este predicamento y nuevamente se acerca a su cura mentor en busca de consejo. Usted llora, se desahoga.

Las estadísticas. Los temidos cálculos a los que usted se enfrentó desde su nacimiento tomaban fuerza, pero usted no era un tipo que se rindiera así de fácil, así que se hizo fuerte en la fe cristiana, que aunque no ofrecía respuestas, ofrecía suficiente consuelo y oportunidades. Pero llegó el día fatal en que hasta ellos lo traicionarían, en forma de cariños inapropiados de los que usted, asqueado y temeroso, huye corriendo con todas sus fuerzas.

Usted pierde la fe, se vuelve desconfiado, solitario, tímido, ácido y virulento en sus apreciaciones, especialmente en las políticas, y trata de mantenerse alejado de las aglomeraciones. Comparte al finalizar la secundaria su trabajo con los cuidados a su madre y la preparación a la universidad.

Nadie cree en usted, como siempre, hasta que ingresa a San Marcos como un Sinbad moderno, venciendo a 12 sin más armas que su valor.

En un terco movimiento de buscar la justicia que está en su corazón, usted va y es uno de los que pone la voz frente a todos, es dirigente, pocos lo oyen, se desgañita, escribe en boletines, sale a las marchas, cree en el futuro: piensa en la lucha de clases, en los derechos del pueblo.

Piensa otra vez en el futuro cuando lee la prensa ingenuamente, esperando encontrar eco de “la justa medida que se ha tomado en vista de las circunstancias” en la universidad y en lugar de ello se lo llama “desadaptado”, “revoltoso” o “vándalo” a secas por causa de la lucha; cree que lo están discriminando por sus ideas, así como antes lo han mirado feo por ser cholo, por seguir vistiendo de color pastel, por su forma de hablar, por estar “afuera”.

Usted mira nuevamente en un enfrentamiento, cómo sus compañeros caen detenidos, cómo los golpean con esas sucias varas llenas de abuso y les disparan los casquetes de bombas lacrimógenas al cuerpo, usted ve a mujeres, como su madre, siendo golpeadas otra vez, sin misericordia, mil veces alrededor de usted, y en su cabeza hierve el deseo de la venganza de tantos años, usted no puede más y lanza con la fuerza de un Caín a quemarropa, una pedrada a la nariz de ese símbolo maligno que es el policía. Lo ha derribado, y pundonorosamente va por todos los demás, hasta que es reducido, azotado, pisoteado, encarcelado, molido a palos y salivazos, reanimado y vuelto a triturar algunas varias veces.

Debilitado, usted pide comunicarse con sus familiares, apelando a la legalidad de la que recusó hasta hacía unas horas, pide comida, agua, algo… se le niega en primera instancia. Luego se le ofrece todo aquello a cambio de la confesión de asesinato de aquel valeroso suboficial ascendido póstumamente que fue presa de su salvajismo. Lo hace, y así finalmente puede comer luego de 2 o 3 días de golpizas. Así es como usted acaba dando en la cárcel, donde su terquedad de no humillarse ante algún jefe matón y soportar los abusos de pie como su alma noble prefiere, no le sirve de mucho pues algunas cuchilladas le hacen pensar que uno no puede ser noble siempre.

Usted muere, aplastado por su futuro brillante, y mientras deja la vida piensa en su madre, y en esa cálida justicia que no existe en realidad.