El panopticón: un discurso único en la ingeniería de la sociedad moderna.

18 03 2010

La figura arquitectónica del panóptico se basa en la observación total de un área desde un punto central alto, desde el que el observador asegura el control de la mirada sin ser, a su vez, visto. Hoy, este modelo espacial puede graficar sin mayores dificultades un escenario social donde lo privado sufre el avance de la urgencia pública.

Muchos analistas políticos marcaban un cambio estructural en la vida cívica de las potencias a partir de los ataques del 11-S, un cambio donde se privilegiaba el concepto de “seguridad pública” en detrimento de las libertades personales o colectivas: un estado de excepción que se revela como la nueva normalidad socio-política.

Quizás tampoco esta sea una figura nueva, pero a partir de la proclamada “guerra contra el terror” ha adquirido una legitimidad de facto a partir del manejo del miedo y del ideal de la garantía de supervivencia, donde, como en tiempos de guerra, se ha de obtener la mayor lealtad a partir de la uniformización de los discursos públicos.

Aquí  es importante pensar en el uso de los medios, la técnica y sus efectos ideales, en la forja de una sociedad disciplinada por la premisa de la “única civilización”, que en el marco global, termina por segregar el espacio de lo particular también. Lo público, su interés y poder como una maquinaria industrial de control de probabilidades, donde los sujetos, que yacen bajo la lupa de sospecha, no son más que potenciales subversivos necesitados de pedagogía.

De esta forma queda expuesta la sociedad basada en la “seguridad”, que, en la estructura del panóptico, deja a los sujetos encerrados en su puesto, donde acaban siendo objetos de la información, nunca sujetos de la comunicación, como diría Foucault. El truco de esta compresión debería ser que los derechos se entregan voluntariamente.

Confluyen aquí  el saber militar, la ciencia psicológica y el alcance de los medios para cubrir y sostener a un Amo monodiscursivo y totalitario. Pese a ello, sí podemos decir algo de la estructura de sus enunciados.

La antiutopía realizada

En tiempos de la revolución rusa, hubo un tipo llamado Yevgeni Zamiatin, un tipo digo, porque termina siendo un olvidado cualquiera en un mundo que casi fue predicho por él. Suele pasar, especialmente si se trata de una caracterización poco halagüeña.

Zamiatin, influenciado por su vida en Inglaterra publica en 1918 “Los insulares”, novela en la que el culto a las líneas de producción seriales dan forma a un estado totalitario y fetichista, que se basa en la ciencia del número y la velocidad que, en la antiutopía, dejaba un funcionamiento perfectamente armónico de la maquinaria social.

Claro queda que ya no son los tiempos de la revolución industrial, que ha pasado agua bajo el puente de nuestra civilización, pero también es cierto que hay algo en esa lógica de relojería suiza que se nos devuelve como actual.

Jacques Lacan dirá por 1969, que hay un discurso de amo moderno que se basa en ese todo-saber comparable a la máquina, que, como es máquina, finalmente pretende eliminar el riesgo de no haberlo programado todo. Un discurso que pretende saber acerca del goce de la sociedad y lo hace trabajar, como quien pone a trabajar la mercancía, consumiendo a los sujetos en el proceso. Un amo capitalista, donde lo haya.

A las contrautopías pienso que hay que respetarlas, por la sencilla razón de que pueden traer algo de verdad -en aquel sentido tan figurado y Real como el del estropicio-, algo que indefectiblemente va a ser recogida por alguien.

Generalmente pasa eso con los militares, sabuesos del miedo, que pese a su fama de obtusos, hay que reconocerles una perversa astucia en lo relacionado a la humanidad, específicamente a su control. Y es que, como vemos, ya no es tiempo de conflagraciones cuerpo a cuerpo, sino del uso de un saber, de ese saber total del que ya Lacan y Zamiatin hablaban.

Es preciso notar aquí que la milicia realmente no ha cambiado de ocupación, sino que más bien a refinado sus métodos. Dicho esto solo hace falta recordar desde la construcción del monstruo de propaganda nazi que inauguró el término de “guerra psicológica”, hasta el lanzamiento de los grandes significantes universales del “terrorismo”, “desarrollo”, “modernidad”, “libertad” y “seguridad”, por citar algunos notables, que coincidentemente por serlo nunca son claramente definidos.

Y es que, en tiempos de guerra, era necesario mantener a la población civil con la moral alta, con confianza en la justicia de la acción militar y claro, en la victoria final, unificando las consciencias en un mismo bando, el propio, el de los objetivos nacionales.

Pero no, ya no estamos en esos tiempos de guerra, insisto. Actualmente la cosa es más sutil, además la lucha ya no tiene dos bandos. Hoy, ante la globalización, podría tener muchísimos más, lo cual es un peligro ante el cual corren todos los grandes significantes universales al rescate, moldeando un proyecto de discurso único y preciso sobre el cual se construye el gran proyecto de modernización de los supuestos subdesarrollados, que como pago, deberán entregarse enteramente con todo su potencial diversificante.

El peligro mantiene las cosas en una alerta amarilla perenne -cuando no roja en caso de que irrumpiera algo no programado-, y es causa de de una cruzada correspondientemente eterna, que si bien tiene concentrada en su brazo militar gran parte de las acciones, estas terminan implicando profundamente otros ámbitos.

El empobrecimiento: Orwell y la neolengua policial

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen. George Orwell ya hablaba de este plan en 1984, donde la lengua “se empobrecía cada año en vez de enriquecerse, cada reducción era una ganancia, toda vez que cuanto menos extensa es la elección, menor es la tentación de reflexionar”.

Decir que nos conmovemos con las “desgarradoras escenas de dolor” de una familia que despide a uno de sus miembros trágicamente muerto, o tal vez con un hombre “atrapado entre los fierros retorcidos” de su auto porque estuvo “libando licor hasta altas horas de la madrugada”, mortificarnos por un “mal elemento de las fuerzas policiales”, que comete un “horrendo crimen pasional” por dar “rienda suelta a sus bajos instintos” o indignarnos con pobladores de una comunidad que “tomaron la justicia por sus propias manos” no está mal, pero habla de un paupérrimo cliché informativo-policial que se repite hasta el hartazgo en los medios locales, casi dejando al receptor esperando por más de lo mismo.

Es como una educación de la costumbre, digamos, del escándalo de lo real cada vez con menos palabras, menor mediación. Cada vez se necesitan menos si se van aislando las que funcionan mejor en el cóctel mediático, que son elegidas para la repetición hasta la saciedad. Evidentemente, si ella cancela la necesidad de explicación, hay una utilidad directa para el discurso: no se explican nunca cosas como “terrorismo”, “democracia”, “mercado”, “guerra”, “crisis” y varios etcéteras, que pasan tranquilamente como “saber ya sabido”, algo que no necesita más definición.

El control del discurso también se resalta en la ciencia psicológica, donde el paradigma (militar, hay que decirlo) por un lado de la gestión humana y por otro el de la clasificación psicométrica de las inteligencias –otro constructo volátil, pero netamente práctico, que depende de qué se quiera medir-, sirven a la causa de la uniformización al ideal de la programación, de otro modo no cabría pensar en la “promoción de la inteligencia emocional”, por ejemplo, que termina siendo un método industrial de adaptación del sujeto a lo deseable. Un intento de saber y de dominio sobre lo que Lacan llama lo Real, lo que surge sin ley desorganizándolo todo, como un Atila rondando terrible a los romanos, que no saben por dónde atacará la próxima vez.

Vuelve rápidamente la idea de la comunicación y la era de la información como un gran mecanismo de propaganda, donde los medios lanzan sus fórmulas siempre asimétricas, a modo de un Big Brother que ya no sólo vigila al enemigo, sino a todos y que devuelve significantes que toman su significado en el sentido común, en la tendencia a la conservación ante el terror. Las lecciones de la Guerra Total se aplican perfectamente en tiempos de Urgencia Generalizada.

Si Freud concebía al humano como la diferencia ante la homeostasis, se podría decir que la civilización elige ahora mismo la seguridad de esta estructura con un goce mínimo que le es proveído con fruición por ella.

Muy a pesar de todo esto, y creo intuir que tanto Orwell como Zamiatin también lo sabían, el buen número no lo es todo, no todo se juega con esas reglas.





Un libro más

3 03 2009

Hace algún tiempo he inclinado mi predilección literaria hacia los textos religiosos o de crítica religiosa más precisamente, quizá como buscando algo de lo que ocurre en el mundo de hoy. Me parece interesante pasar por la historia para tratar de hacer encajar algunos cabos sueltos que siempre quedan después de ver las noticias.

dios diosesLógicamente termino siendo un aburrido a los ojos de mis amigos, un monotemático, un necio. Quién soy yo para enfrentarme a su juicio, igual, aunque me queda una carta, y es el ser incrédulo, en especial cuando el saber se vuelve chisme, mercancía.

El saber popular habla del fin de los tiempos, el 2012, y los religiosos se quejan amargamente de la “falta de fe”, preocupación que comparten los políticos cuando hablan de las instituciones. Por allí hay un paralelo que por más obvio que parezca aquí, no está tan a flor de piel cuando se habla con la gente.

Jonathan Kirsch, aborda este paralelismo planteando una pregunta interesante: ¿qué implica que todo el poder esté concentrado en un sólo Dios Verdadero?. En verdad, quiero que alguien me diga que esa pregunta no es de total actualidad.

El libro es recomendable, muy claro, ligero y perfumado con un tufillo sarcástico que lo hace aún más agradable al ojo poco acostumbrado a estos menesteres. Hasta puede ser un buen regalo para el primo catequista que todos tenemos en la familia; de hecho, me animo a pensar que ellos lo terminarán leyendo con más avidez que tú.

No quiero contarte el final, pero déjame terminar deformando un poco aquella famosa frase de Stan Lee, que hizo famosa el Hombre Araña para ilustrarte lo que encontraras en la historia de la guerra por la fe: “un gran poder conlleva una gran irresponsabilidad”.