El estado de emergencia como forma de gobierno: suspensión de derechos o suspensión de la política?

5 07 2012

Estado de excepcion

A esta hora ya hay 5 muertos y decenas de detenidos en Cajamarca debido a la brutal represión que el ejército y la policía ejercen sobre la población, agudizada por la suspensión de los derechos constitucionales en 3 provincias.

No es la primera vez que el gobierno de Ollanta Humala ha recurrido a esta medida para solucionar situaciones conflictivas, siendo que en diciembre aplicó la misma fórmula sobre Cajamarca por 60 días y solo hace 10 que acaba de levantarse el estado de excepción en la provincia de Espinar. De más está decir que el presidente no ha hablado ni tenido apariciones en ningún medio, y lamentablemente los mensajes de las autoridades han sido contradictorios y torpes. Sin embargo, las justificaciones para los asesinatos se han multiplicado tanto en líneas editoriales como en la opinión pública. Reina el caos y ya se canibaliza la ciudadanía polarizada entre los pros y los contras.

Qué habrá pasado con el Humala que era la esperanza contra la amenaza antipolítica que significaba el regreso del fujimorismo?.

Ollanta Humala ha adoptado los estados de emergencia como una vía alternativa al diálogo, lo cual reviste de autoritarismo su gestión. Pero para entendernos, creo que me será útil partir desde la definición de Giorgio Agamben sobre el particular: “(el estado de excepción es) ese momento del derecho en el que se suspende el derecho”. Lógicamente si nos detenemos a pensar en que es una medida utilitaria, caeremos rápidamente en la cuenta que el objetivo de suspender derechos y garantías es simplemente poder tener mayor facilidad para hacer uso del poder, en este caso particular mediante la aplicación de una recia autoridad; se trata entonces de una paradoja: se rompe temporalmente el orden constitucional para luego no tener que hacerlo, sosteniendo el estado de derecho.

Tengo ciertos problemas al tratar de caracterizar lo que pasa en Cajamarca mediante esa definición, por 3 razones: por la intensión, intención y temporalidad de las medidas.

En cuanto a la intensión podríamos observar de que la desmedida fuerza con la que se actúa en este gobierno responde a una necesidad igualmente poderosa de volver al orden, es decir, es directamente proporcional a la amenaza política que pretende reprimir (20 policías para “capturar” al ex padre Arana, no son casualidad). El concepto que el ejército y la policía lumpenizados tienen de la ciudadanía frente a la cual se plantan es simple: son unos perros. Ahí tenemos completo el circuito, pues encontramos a lo político (el ciudadano politizado) como aquel extranjero peligroso al cual el estado normalizador quiere eliminar con todo el peso de su bota. A más angustia provocada, más fuerza merecida.

En cuanto a la intención se opone, como vemos, a lo político. Es decir que como en cualquier autoritarismo de lo que se trata es de romper los lazos sociales y dejarlos caducos en lo sucesivo, probar inútil la acción política mediante la represión y el (ab)uso de la fuerza. Esto no es nuevo, pues la misma táctica utilizó Fujimori muchas veces, aunque diría que con un grado mucho mayor de sofisticación. La idea es reducir a la ciudadanía a una condición de “nuda vida” en la que despojados ya del amparo del derecho, los individuos se disciplinen a la autoridad formal legalizando así lo ilegal. Así de vulgar.

La no temporalidad del estado de excepción es más bien una característica de la gestión Humala. Desde el pragmatismo apolítico del que se jacta cada que aparece ante cámaras se deduce un desprecio por las ideologías y los conceptos, pues explícitamente “lo suyo es la acción”. Podríamos ser más específicos y decir que lo suyo es la “acción marcial” pues es lo que ha hecho desde que asumió el cargo, dejando atrás las alianzas, proyectos e idearios que lo catapultaron a la presidencia para, ya ligero de equipaje, tener más libertad para ejercer el poder fácticamente.

Por esas razones creo que no estamos hablando de un “estado de excepción”, sino más bien de un “régimen de excepción” que ha hecho de la emergencia perpetua la base de una manera de sustentar el poder en la sospecha perenne, un movimiento ya ni siquiera antipolítico, sino apolítico, meramente funcional y que responde a la necesidad de mantener la hegemonía, así sea a costo de solo defender intereses ajenos (a diferencia de Fujimori, Alan García o Castañeda Lossio que siempre tuvieron claro que el poder no era un fin en sí, sino una herramienta para satisfacer sus intereses particulares). Es por ello que a Ollanta Humala le interesa un rábano hablar, porque no tendría nada que decir fuera de las tautologías a las que se reducen sus discursos.

No obstante esa ausencia discursiva oficial, sí existe una estructura en la que se sostiene este método autoritario y es la universalidad global del discurso capitalista, que si bien ha producido un debilitamiento en la autoridad simbólica, es decir un amo débil y necesitado de actos enérgicos para manifestarse como autoridad real, también ha empezado hace rato a fabricar ciudadanos absolutamente gozantes del orden del mercado y que por ello no pueden negarse a sostenerlo, individuos fundamentalistas que no dudan que el usufructo monetario es el mayor de los valores y que fuera de eso no hay desarrollo. El efecto del discurso capitalista moderno es la individuación radical de los sujetos, que no son capaces de reconocer la alteridad, a los otros y a su mundo.

El proyecto capitalista en el Perú pues, no habría encontrado mejor aliado que un gobierno autoritario como este, pues es él quien adopta los pasivos de lo que se va tramando más sutilmente por debajo de la mesa: la dictadura de lo privado por sobre el interés social. Desde ahí ya no hay diálogo posible porque el lugar de lo político del gobierno ha sido reemplazado por el imperio de los técnicos que no digamos que están más del lado del derecho, sino más bien de la violencia legalizada.

Si la candidatura de Ollanta Humala era nuestra esperanza de resistencia contra la antipolítica, lo que hemos obtenido con su ascenso es la continuidad de ella hasta involucionarla a un estadio rudimentario y chapucero, pues no es sino la política lo que hace el puente entre el derecho y la violencia, separándolos. Este gobierno ha optado por el camino contrario, que es el de eliminar ese puente y fundir ambos lados.

 

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Sobre la cultura electoral criolla

13 11 2011

Mostrar la imagen Real

Si hay algo de cierto en el movimiento posmoderno de la imagen, es que, desde lo artístico hasta lo cotidiano, hay una propensión por la captura de lo Real en términos absolutos: ya no es que se necesite representarlo, simbolizarlo, sino que hoy el placer se encuentra en la simple presentación de él; lo que antes se suponía detrás del velo hoy se puede encontrar fácilmente afuera, desnudo y a la vista pública.

Este uso de la imagen, este intento de presentar lo Real a todo costo, se condice con la menor necesidad de mediación por palabras. Esto es interesante en el plano político, pues la prensa se ve afectada por el imperativo comercial de vender noticias cada vez más escandalosas, para lo cual es necesario limitar el sentido, por así decirlo: el análisis o la opinión, para dejar incompleta la cadena de forma intencionada; lo que viene después es la angustia del ciudadano, que buscará completar un significado ante lo presentado en lo social. Desde ahí operan los medios en campaña, como un aparato propagandístico de guerra, con significaciones vacías a llenar emotivamente por los ciudadanos. Un estado de emergencia –o de excepción permanente- de la información.

Evidentemente, no estamos hablando de un movimiento político, sino de todo lo contrario, de la despolitización moderna, donde se encuentra el discurso social fragmentado, donde reduce lo político a lo meramente personal, a ese pequeño terror imaginario de cada uno. Vemos entonces que en la campaña electoral lo que se encuentra fundamentalmente es el miedo al otro, dependiendo de qué lado estemos, y no de una apuesta por algún proyecto político. Eso, más bien, es lo que menos hay.

El discurso sobre la cuestión política se restringe desde la oficialidad: sale Alan García periódicamente a hablar a los medios con ese fin desde el vacío absoluto de sus palabras. Dice, por ejemplo, que “lo sucedido en Puno tiene un tufillo electoral”, haciendo referencia evidentemente al candidato crítico del sistema económico, y no hay más, sólo la mención de lo Real de la ciudad, aquella alteridad de quienes no gozan de lo mismo que nosotros. Serían entonces, en este fantasma, los humalistas, esos que viven en las alturas y que no saben qué es el desarrollo, los causantes de los desmanes antidemocráticos acontecidos; congelando así cualquier significación y, de paso, previniendo la aparición de la pregunta sobre el tema. Es clásico, el maniqueísmo sirve de respuesta antes que aflore cualquier pregunta, pero acrecienta imaginariamente la diferencia entre las partes.

Hace unos meses se excarceló a Lori Berenson, una estadounidense condenada por terrorismo que había cumplido su pena; es decir, legalmente. Los medios presentaron nuevamente el peligro de que el Poder Judicial empiece a soltar a los subversivos y presentaron –lógicamente- el horror de los heridos y la destrucción del jirón Tarata, en el corazón de Miraflores, distrito en que casualmente había ido a residir Berenson y su familia. La reacción de uno de los distritos más mediatizados del Perú fue inmediata: se realizaron plantones y marchas por la paz, en las que se pedía que la estadounidense fuera o encarcelada nuevamente o expatriada para siempre. Hubo dos cosas interesantes aquí: por un lado el semblante político de una acción profundamente antipolítica, como aquellas manifestaciones, en las que había la lógica bastante clara de presentar la propia humanidad (familias enteras vestidas de blanco, fuera de la casa de los Berenson con niños pequeños sosteniendo las velas y declarando “contra el terrorismo”, por ejemplo), que se afirmaba a partir de la amenaza de aquellos otros que ya no solamente no eran sujetos de derecho –o de la legalidad-, sino que ya estaban despojados de la humanidad, pues evidentemente “no eran iguales”. La segunda cosa es la emergencia fabricada del miedo como la única forma “genuina” de acción cívica, la defensa ante lo extraño que ya ha sido congelado con el significante, en este caso lo indudable es que Berenson es “terrorista” y no hay vuelta qué darle. En este sentido es muy gráfica la siguiente frase de un manifestante en televisión nacional:

“¿Qué los del MRTA no eran comunistas?, ¿Por qué vienen entonces a vivir a Miraflores?, ¡que se vayan a Comas o por ahí!”

He allí que el argumento democrático se degrada y se reemplaza por el más limitado de los localismos, el del fantasma, el de la amenaza imaginaria producida desde el discurso vacío, que digamos es otra forma de jugarle a lo Real.

Igualmente hay que advertir que no es sin intención ni dirección que hay aquella demarcación. Y pues, el criterio no es la virtud moral precisamente.

Si existe algo cierto que ha dejado esta campaña es la evidencia de la determinación económica de lo condenable o de, más simplemente de los obsceno –pues resulta que ahora hay obscenos aceptables-, y es indudable que en la asimetría mediática está la pista sobre aquella alteridad amenazante, que no pasa por los actos finalmente. Eso explica nuestra primera vuelta, donde el electorado limeño se ha revelado como una isla frente a la grieta profunda que lo separa del interior del país, menos mediatizado y por ello, significado como menos capaz de tomar decisiones. Esto es interesante si pensamos en que la capital se había volcado a apoyar a la candidatura perversa del fujimorismo.

El poder de tomar decisiones

La capital se siente de alguna forma superior frente a la supuesta visceralidad provinciana, que mientras está más lejos del ideal civil limeño es vista con mayor distancia hasta finalmente ser negada por completo. Claro, hasta que explotan las protestas.

Es común encontrar dos argumentos que justifican esta distancia: en primer lugar la diferencia educativa, profesional o técnica y en segundo término, las credenciales democráticas.

Se piensa, en la ciudad, que lo que principalmente ofrece la posibilidad de decisión responsable es la competencia técnica, profesional. Como si el paso por la universidad de alguna mágica forma concientizara políticamente a los individuos, quienes no han tenido posibilidad de integrarse al sistema educativo superior quedarían rezagados cívicamente frente a los sectores más privilegiados, que tampoco pretenden reducir esa distancia.

Hace algunas semanas un familiar me hizo una pregunta muy interesante para dar cuenta de esta posición burguesa:

“¿Tú acaso crees que mi voto, el de un profesional educado y competente, debería valer igual que el voto de un analfabeto o de alguien que sólo se dedica al campo?”

La lógica de la exclusión toma aquí un sentido concreto. Por un lado el ideal burgués se identifica plenamente con el ideal nacional, de modo que el interés particular de una clase social toma legitimidad absoluta frente a la supuesta precariedad de los otros, que no están preparados; y por otro, está el racismo como forma de terror ante lo éx-timo, es decir lo que se denuncia afuera pero que es profundamente propio, lo cual da cuenta de una posición de fortaleza aparente, basada en el aprovechamiento de una posición social y de la diferencia de los objetos de goce, que revela una pobreza subjetiva que no permite significar un ápice de lo ajeno: “no puedo reconocer a quien no goza de lo mío”.

El segundo argumento va más o menos por ahí y es que a más distancia con la forma de vida civilizada de la capital, hay menor respeto por el estado de derecho, por las instituciones o aún hasta por las libertades personales. Ligando con el primer argumento, podríamos concluir que se dice que a menor educación hay mayor propensión al autoritarismo. Esta creencia se basa en la concepción de un poblador andino premoderno, estancado anacrónicamente en la colonia, si no es que antes, por no tener acceso a la tecnología; razón por la cual mantendría una relación vertical con la autoridad, una relación hasta feudal, en la que el criollo es visto como el enemigo. No hay pues, posibilidad de decisión responsable si existen perennes tanto un revanchismo histórico-étnico de parte del poblador andino, como su inalterable atraso tecnológico y social.

Por el contrario, el criollo se percibe como mucho más independiente, precisamente porque, según su decir, cuenta con muchísimos más canales de información. Sin embargo el planteamiento del autoritarismo es una contradicción, puesto que, si bien es cierto que el limeño está más habituado al escándalo mediático, también es verdad que lo ha normalizado y lo tolera como una cuestión natural; lo intolerable es que aquellos incivilizados no acepten que eso es parte de la vida, lo intolerable, en resumen, es la politización.

También he podido recoger un ejemplo bastante claro acerca del tema. Un grupo de amigos que trabajan en una cadena internacional de hoteles me habla acerca del miedo que le tienen a Ollanta Humala, a lo que contesto preguntando de dónde viene ese miedo. Luego de algunos momentos de duda una de las chicas me da una contestación brillante:

“Es que nosotros asumimos que hay quienes están más informados que nosotros, por ello, cuando los gerentes nos reúnen para decirnos que votemos por Keiko, les creemos. Ellos dicen que si gana Humala, todos nos quedaremos sin trabajo”.

El argumento de la independencia capitalina se derrumba, pues el amo autoritario toma corporeidad en precisamente el espacio de libertad criolla: el mercado y el régimen liberal. Aquí es brutalmente directo: la dirección de la empresa toma a su cargo la decisión responsable de los empleados, que asumen que se están cuidado sus intereses, siendo que están conculcando sus derechos.

En la primera vuelta, Ollanta Humala, con un discurso contra el sistema económico gana en el Cusco con una aplastante cifra de casi 60% de los votos. ¿Cómo se explica esto, siendo aquella ciudad la bandera del desarrollo descentralizado del modelo peruano?, ¿cómo la provincia de hecho más capitalizada del país tiene una amplia mayoría de descontentos?. La respuesta capitalina fue simple: son una manga de golpistas y amantes de los discursos radicales, a los que les falta educación; pero sabemos que las cosas no son tan fáciles.

Lo que sí sabemos es que lamentablemente para el argumento criollo, los que votan en Cusco son los cusqueños y no los inversionistas o usuarios de las cadenas de hoteles, trenes, restaurantes y comercios que han florecido en los últimos años; son los cusqueños quienes no sienten que el progreso les toca, sino que por el contrario, que en su ciudad se ha establecido una suerte de ghetto donde ellos son los aislados. No se contempla en ningún momento que el modelo neo-liberal no sea suficiente para mejorar la vida de quienes se supone que lo disfrutan o siquiera que no sea útil para interpretarse en otros contextos sociales, es más, la creencia religiosa en el modelo convierte en condenables a todos quienes se opongan a él. El voto anti-modelo es despreciado pese a que el voto pro-modelo ha demostrado ser más radical, más exclusivo y más autoritario.

También fue muy evidente la destitución de Vargas Llosa como abanderado de la libertad y la democracia, pues al apoyar públicamente la candidatura de Humala, al parecer habría dado la espalda a todo fundamento liberal, en especial a lo que sostuvo a la candidatura fujimorista: la continuidad del modelo.

Y es que Vargas Llosa es un liberal ante todo, o al menos para los liberales debió seguir siéndolo y no traicionarlos con argumentos morales que al final los desenmascaran. En todo caso queda evidenciado que el acto moral lo ha separado de sus antiguos aliados. De ahí que mediáticamente el perverso es él, finalmente, pues nos quiere arrastrar a su vórtice de odios personales, lógicamente sin tomar en cuenta ni una sola de sus razones, otrora respetables.

En conclusión

Podríamos caracterizar con el caso Vargas Llosa que el principal lugar de separación social es el mismo lugar que Jorge Alemán caracteriza como el lugar del malestar en la cultura: el discurso capitalista, o aquel discurso que pretende eliminar la castración a todo costo.

Por otro lado, ese uso mediático-perverso de lo Real termina por instaurar la normalización del horror, la regulación del espacio cívico por la especulación capitalista, que borra del camino cualquier atisbo de noción moral o ética, las que son representadas por significantes vacíos, como por ejemplo “caviar” , “rojo”, “antidemocrático” y otros.

Hay una creencia religiosa en el modelo económico, creencia que no permite cuestionamientos, y también la Iglesia ha respondido ante esa creencia, tiñendo de virtud un movimiento profundamente amoral como el fujimorista, saliendo en defensa del conservadurismo de derecha.

Hay un proceso de despolitización que también responde a que cada vez es menos necesaria la palabra para dar algún sentido a la irrupción o a la presentación de lo Real. El miedo en la ciudad es organizador, creando espacios de fundamentalismo social donde el discurso capitalista es la única respuesta.

La prensa, al tratar de aprehender lo Real, se está enfrentando a su propia aniquilación, pues el único modo de diferenciar la ilusión de la realidad del horror de lo Real, que es el objetivo, es ponerlo en acto. Ser, ellos mismos, quienes escenifiquen el horror que pretenden mostrar.

El psicoanálisis se opone a la visión reducida del sujeto desenganchado del Otro, lo psicotizante del discurso capitalista debe ser señalado e interpretado en las instancias en las que los analistas trabajan. El trabajo del psicoanalista en la ciudad pasa, entonces, por politizar el lazo social, hacerlo una práctica y evitar que se diluya en la espiral de consumo del mercado.





Populismo y cinismo latinoamericano

4 05 2010

clip_image002Habiendo caído los significantes universales, aquellos grandes proyectos comunes que sostenían de alguna forma el cuerpo social, queda en la civilización una suerte de fragmentación intencionada de pequeñas y sectarias identificaciones, donde cada reivindicación se juega desde un lugar particularísimo, sin tomar en cuenta ninguna meta ética en lo común. El psicoanálisis habrá entonces del Otro que no existe, porque si bien hay un orden legal y funcional, los sujetos ya no creen que exista el universal como meta última del bien. Allí emerge otro tipo de llamamiento.

Si los antiguos ideales se han dejado de lado, lo que viene a cubrir el vacío es lo opuesto: un orden narcisista nacido del capitalismo contemporáneo donde el sujeto ya no integra un lazo social con el mundo como ya dijimos sino que, reduce al semejante al estatuto de rival, contra el que lucha para obtener el lugar privilegiado, el objeto: amor del mercado, que no será un Otro, pero puede ser una voluntad autoritaria.

La política latinoamericana bebe de estas fuentes en tanto, bajo la premisa de hacer política, se socava subterráneamente los fundamentos del lazo social mediante el temor o la amenaza de lo peor imaginario, fragmentando lo público. Las ciudades se mueven con la misma lógica que lleva a la competencia sin fin: mi ganancia por sobre la del semejante, o yendo más allá, la pérdida del semejante es mi ganancia. Se instala, pues, la dimensión del cinismo de sobrevivencia y la perversión.

Quizás sería bueno notar que a base de desarticular el lazo social, la dimensión de lo político se precariza paulatinamente y a partir de allí preguntarnos si no es familiar a la acumulación por sobre el otro, temas como la corrupción o los finalmente insustanciales caudillismos partidarios de esta parte del mundo.





El goce del ojo que lo ve todo…

7 04 2010

Los romanos crucificaban a los criminales políticos a modo de escarmiento público, con eso reducían de forma efectiva las ganas de los insurgentes de andar por ahí reclamando cosas tan pasadas de moda ya en ese tiempo como la justicia, la libertad o la igualdad.

A través de la historia se ha demostrado que luego de la ocupación, si se quiere mantener el dominio de los nuevos territorios se ha de echar mano de las estrategias más crudas para eternizar el miedo de las poblaciones conquistadas evitando brotes libertarios. El espacio público se transforma así en el lienzo del horror.

Como vemos en ciertas partes del mundo, no han cambiado algunas cosas, dos básicamente:

  • El riesgo es simbolizado en la figura del insurgente (antes llamado bárbaro) que no tiene derechos, basados en la idea de que tampoco sabe qué es bueno para él, ni para su pueblo. Necesitan “modernizarse” gracias al invasor, aceptarlo para mejorar o desaparecer.
  • Como el insurgente no tiene derechos, puede ser exterminado por quítame estas pajas, sin ningún remordimiento, por andar buscándoselas con actividades amenazantes como reunirse en una esquina o hablar por el móvil. El espacio público sirve para mostrar a los demás, los sobrevivientes, lo que les puede pasar si presionan su suerte.

El video filtrado por Wikileaks, muestra claramente estos dos puntos. Revela la ocupación de los aliados como una clásica invasión imperial, con los mismos principios y formas. En lo que sí podemos decir que hay avance es en la efectividad y economía de los medios de terror en el espacio público: hoy se puede vigilar a toda hora cualquier conducta “sospechosa” y castigarla usando esa justificación sin poner en riesgo tropas o aliados.

Parece también cuando uno revisa las reacciones de los agresores que hay dos cosas genuinas en juego en su subjetividad: por un lado un convencimiento tenaz de que que cada uno de esos ciudadanos es peligroso en sí. Así esté desarmado su sola reunión es punible necesariamente, lo cual nos dice que también ellos están aterrorizados; y la segunda es este goce sádico de abusar de la víctima, de la presa que no tiene valor, que funciona como un alivio al propio terror anterior del agresor.

El video está aquí, recomiendo verlo completo. La lucha por la libertad al parecer se funda en el aplastamiento de los otros: la hegemonía es la lucha por la supervivencia.

Esto no es un exceso, es una política, que es diferente. La única diferencia es que aquí lamentablemente mueren dos periodistas, pero decir que “es un riesgo que los periodistas de guerra corren” es obtuso, como vemos en el video, no habría ninguna razón para ser atacados. La importancia de este documento es que esto es lo que pasa con los civiles, y que LA PRENSA NO MUESTRA.

Finalmente, es interesante pensar en el ojo que lo ve todo finalmente no es sólo como un modelo militar, sino como un proyecto de sociedad basada en el control de probabilidades, casi matemáticamente.





El panopticón: un discurso único en la ingeniería de la sociedad moderna.

18 03 2010

La figura arquitectónica del panóptico se basa en la observación total de un área desde un punto central alto, desde el que el observador asegura el control de la mirada sin ser, a su vez, visto. Hoy, este modelo espacial puede graficar sin mayores dificultades un escenario social donde lo privado sufre el avance de la urgencia pública.

Muchos analistas políticos marcaban un cambio estructural en la vida cívica de las potencias a partir de los ataques del 11-S, un cambio donde se privilegiaba el concepto de “seguridad pública” en detrimento de las libertades personales o colectivas: un estado de excepción que se revela como la nueva normalidad socio-política.

Quizás tampoco esta sea una figura nueva, pero a partir de la proclamada “guerra contra el terror” ha adquirido una legitimidad de facto a partir del manejo del miedo y del ideal de la garantía de supervivencia, donde, como en tiempos de guerra, se ha de obtener la mayor lealtad a partir de la uniformización de los discursos públicos.

Aquí  es importante pensar en el uso de los medios, la técnica y sus efectos ideales, en la forja de una sociedad disciplinada por la premisa de la “única civilización”, que en el marco global, termina por segregar el espacio de lo particular también. Lo público, su interés y poder como una maquinaria industrial de control de probabilidades, donde los sujetos, que yacen bajo la lupa de sospecha, no son más que potenciales subversivos necesitados de pedagogía.

De esta forma queda expuesta la sociedad basada en la “seguridad”, que, en la estructura del panóptico, deja a los sujetos encerrados en su puesto, donde acaban siendo objetos de la información, nunca sujetos de la comunicación, como diría Foucault. El truco de esta compresión debería ser que los derechos se entregan voluntariamente.

Confluyen aquí  el saber militar, la ciencia psicológica y el alcance de los medios para cubrir y sostener a un Amo monodiscursivo y totalitario. Pese a ello, sí podemos decir algo de la estructura de sus enunciados.

La antiutopía realizada

En tiempos de la revolución rusa, hubo un tipo llamado Yevgeni Zamiatin, un tipo digo, porque termina siendo un olvidado cualquiera en un mundo que casi fue predicho por él. Suele pasar, especialmente si se trata de una caracterización poco halagüeña.

Zamiatin, influenciado por su vida en Inglaterra publica en 1918 “Los insulares”, novela en la que el culto a las líneas de producción seriales dan forma a un estado totalitario y fetichista, que se basa en la ciencia del número y la velocidad que, en la antiutopía, dejaba un funcionamiento perfectamente armónico de la maquinaria social.

Claro queda que ya no son los tiempos de la revolución industrial, que ha pasado agua bajo el puente de nuestra civilización, pero también es cierto que hay algo en esa lógica de relojería suiza que se nos devuelve como actual.

Jacques Lacan dirá por 1969, que hay un discurso de amo moderno que se basa en ese todo-saber comparable a la máquina, que, como es máquina, finalmente pretende eliminar el riesgo de no haberlo programado todo. Un discurso que pretende saber acerca del goce de la sociedad y lo hace trabajar, como quien pone a trabajar la mercancía, consumiendo a los sujetos en el proceso. Un amo capitalista, donde lo haya.

A las contrautopías pienso que hay que respetarlas, por la sencilla razón de que pueden traer algo de verdad -en aquel sentido tan figurado y Real como el del estropicio-, algo que indefectiblemente va a ser recogida por alguien.

Generalmente pasa eso con los militares, sabuesos del miedo, que pese a su fama de obtusos, hay que reconocerles una perversa astucia en lo relacionado a la humanidad, específicamente a su control. Y es que, como vemos, ya no es tiempo de conflagraciones cuerpo a cuerpo, sino del uso de un saber, de ese saber total del que ya Lacan y Zamiatin hablaban.

Es preciso notar aquí que la milicia realmente no ha cambiado de ocupación, sino que más bien a refinado sus métodos. Dicho esto solo hace falta recordar desde la construcción del monstruo de propaganda nazi que inauguró el término de “guerra psicológica”, hasta el lanzamiento de los grandes significantes universales del “terrorismo”, “desarrollo”, “modernidad”, “libertad” y “seguridad”, por citar algunos notables, que coincidentemente por serlo nunca son claramente definidos.

Y es que, en tiempos de guerra, era necesario mantener a la población civil con la moral alta, con confianza en la justicia de la acción militar y claro, en la victoria final, unificando las consciencias en un mismo bando, el propio, el de los objetivos nacionales.

Pero no, ya no estamos en esos tiempos de guerra, insisto. Actualmente la cosa es más sutil, además la lucha ya no tiene dos bandos. Hoy, ante la globalización, podría tener muchísimos más, lo cual es un peligro ante el cual corren todos los grandes significantes universales al rescate, moldeando un proyecto de discurso único y preciso sobre el cual se construye el gran proyecto de modernización de los supuestos subdesarrollados, que como pago, deberán entregarse enteramente con todo su potencial diversificante.

El peligro mantiene las cosas en una alerta amarilla perenne -cuando no roja en caso de que irrumpiera algo no programado-, y es causa de de una cruzada correspondientemente eterna, que si bien tiene concentrada en su brazo militar gran parte de las acciones, estas terminan implicando profundamente otros ámbitos.

El empobrecimiento: Orwell y la neolengua policial

Es posible que tu navegador no permita visualizar esta imagen. George Orwell ya hablaba de este plan en 1984, donde la lengua “se empobrecía cada año en vez de enriquecerse, cada reducción era una ganancia, toda vez que cuanto menos extensa es la elección, menor es la tentación de reflexionar”.

Decir que nos conmovemos con las “desgarradoras escenas de dolor” de una familia que despide a uno de sus miembros trágicamente muerto, o tal vez con un hombre “atrapado entre los fierros retorcidos” de su auto porque estuvo “libando licor hasta altas horas de la madrugada”, mortificarnos por un “mal elemento de las fuerzas policiales”, que comete un “horrendo crimen pasional” por dar “rienda suelta a sus bajos instintos” o indignarnos con pobladores de una comunidad que “tomaron la justicia por sus propias manos” no está mal, pero habla de un paupérrimo cliché informativo-policial que se repite hasta el hartazgo en los medios locales, casi dejando al receptor esperando por más de lo mismo.

Es como una educación de la costumbre, digamos, del escándalo de lo real cada vez con menos palabras, menor mediación. Cada vez se necesitan menos si se van aislando las que funcionan mejor en el cóctel mediático, que son elegidas para la repetición hasta la saciedad. Evidentemente, si ella cancela la necesidad de explicación, hay una utilidad directa para el discurso: no se explican nunca cosas como “terrorismo”, “democracia”, “mercado”, “guerra”, “crisis” y varios etcéteras, que pasan tranquilamente como “saber ya sabido”, algo que no necesita más definición.

El control del discurso también se resalta en la ciencia psicológica, donde el paradigma (militar, hay que decirlo) por un lado de la gestión humana y por otro el de la clasificación psicométrica de las inteligencias –otro constructo volátil, pero netamente práctico, que depende de qué se quiera medir-, sirven a la causa de la uniformización al ideal de la programación, de otro modo no cabría pensar en la “promoción de la inteligencia emocional”, por ejemplo, que termina siendo un método industrial de adaptación del sujeto a lo deseable. Un intento de saber y de dominio sobre lo que Lacan llama lo Real, lo que surge sin ley desorganizándolo todo, como un Atila rondando terrible a los romanos, que no saben por dónde atacará la próxima vez.

Vuelve rápidamente la idea de la comunicación y la era de la información como un gran mecanismo de propaganda, donde los medios lanzan sus fórmulas siempre asimétricas, a modo de un Big Brother que ya no sólo vigila al enemigo, sino a todos y que devuelve significantes que toman su significado en el sentido común, en la tendencia a la conservación ante el terror. Las lecciones de la Guerra Total se aplican perfectamente en tiempos de Urgencia Generalizada.

Si Freud concebía al humano como la diferencia ante la homeostasis, se podría decir que la civilización elige ahora mismo la seguridad de esta estructura con un goce mínimo que le es proveído con fruición por ella.

Muy a pesar de todo esto, y creo intuir que tanto Orwell como Zamiatin también lo sabían, el buen número no lo es todo, no todo se juega con esas reglas.