El terrible asunto de la verdad…

16 06 2010

clip_image001Tal parece que en nuestras sociedades el fantasma del descontrol parece haber tomado posesión del mando. Lo cierto es que cada vez más se le demanda a la ley, no sólo un rol de ordenador o marco de las relaciones sociales, sino que se da un paso más allá y se plantea como fundamental la necesidad de una función cada vez más de represora pública.

Gran parte de la cuestión descansa en la idea no tan moderna de que existe un absoluto redentor al que hay que hacer juego para disfrutar de la seguridad de la vida. Siendo común que las condiciones económicas mundiales marcan nuevas dinámicas, especialmente en los países más golpeados, habrá que preguntarse si aquello es causa o producto de las nuevas formas de regulación –o más claramente, segregación- que han aparecido desde la propia legalidad.

Lo que se reconoce es el miedo a que lo ajeno acabe por destruir lo propio, donde se significa la angustia como el alien, el extranjero o el pecador impenitente que no comparte los preceptos esenciales o características externas de alguien asumido a alguna sociedad. La solución parece ser dignificar la verdad del amo legal-económico-social, al punto de hacerla un universal artificial, que manda borrar de escena la angustia de presencias extrañas.

Los ejemplos que se pueden dar tienen como denominador habitual el deseo de desconocer al otro, de restarle humanidad y hacerlo proclive a la proyección de los temores más arraigados. De esta forma, la verdad del ideal de “lo nacional”, “el bienestar” o “la modernidad” terminan por ser excluyentes a las minorías. Las leyes de migración o las nuevas formas de fundamentalismo así parecen marcarlo.

Desacralizar la verdad es subvertirla, como quien sabe que la salida reside en no pensar en ninguna solución como final, sino como a construir.

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Del habla infantil al eufemismo global

21 10 2009

eufemismo1 En psicoanálisis hay una paradoja que a la gente se le hace difícil entender, simplemente porque es totalmente subversiva: el uso de la palabra no es revelar, sino ocultar.

Recuerdo cuando, aún primariosísimo, le conté a mi abuela antes del almuerzo que tenía un amiguito negro en el salón. La comida llegó, es cierto, pero luego de tremendo manazo en la jeta con el que me avisó que había una palabra para nombrar a esa gente: se les dice “morenos”.

Lógicamente, mi amigo siguió siendo para mí y para todos los demás en la clase, simple y alegremente “el negro”, seguramente hasta que llegábamos a casa, porque si cualquiera tenía una abuela como la mía, con una derecha potentísima, era mejor cuidar la boca.

Sospechaba ya a esas alturas, que algo había de raro en el uso de ciertos sustantivos: la gente se crispaba a morir con solo oírlos. Así, aparte de los negros, también los chinos, cholos, chatos, cojos y bizcos empezaron a tener nombres oficiales muy diferentes a los primeros, nombres rebajados y simpáticos, casi mentirosos.

Los efectos no pasaron desapercibidos en el salón, nos dimos cuenta que se podía causar el mismo efecto insultante y perturbador sin recurrir a una metáfora para fregar. Las chapas fueron entonces, “indio”, “tuberculoso”, “enano”, “serrano”, “traumado”, “cabro” y otros. Empezaron en esos tiempos a castigarnos por esas bromas discriminatorias. ¡Estábamos intranquilizando a nuestras familias y al colegio!.

Yendo a un plano más amplio, me impresiona el uso de códigos de lenguaje que hay en la ciudad global. Por ejemplo, debemos cuidarnos, no sólo de no usar palabras que tienen una supuesta carga ofensiva, sino también debemos esforzarnos por nominar de nuevas maneras a nuestros “buenos prójimos”, generalmente usando diminutivos o alguna otra palmada en el hombro social.

Por supuesto esto va mucho más allá del uno a uno, la prensa así lo demuestra manipulando la interpretación de un hecho con eufemismos que liberen de culpa a la cultura (o a los perpetradores que nos representan). Me pregunto, ¿cómo es posible llamar “técnicas de interrogatorio” a lo que se hace en Guantánamo?, ¿daño colateral se ajusta realmente al genocidio étnico Israelí en la franja de Gaza?, o ya yendo a lo local, ¿podemos confiar que cuando un ministro, aprista especialmente, dice que un asunto “está en investigación”, finalmente se llegará a alguna conclusión?.

Eso deja un par de puntos:

1) No queremos ofender, pero ofendemos. Yo no sé qué siente el “Ángel del Deporte”, cuando le dicen “angelito” en lugar de llamarlo por su nombre. Eso tranquiliza al emisor de la amenaza de la alteridad. Si el emisor es el Estado, por ejemplo, usará a la prensa para decirnos a nosotros “angelitos”. Hay una liberación de la responsabilidad por parte del hablante y un efecto de diferenciación compasiva: uno abajo y otro arriba.

2) Hay un gran uso social de la imagen. Es muy fina la diferenciación entre “buenos” y malos, que reconocemos si nos damos cuenta de quiénes son merecedores de ser encubiertos por los códigos de lenguaje mediático. 

Lo que se logra finalmente es abrir más las brechas sociales dejando fuera del discurso a personas, colectivos y acontecimientos.





El susto de la teta ante el espejo

30 03 2009

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Hace un par de semanas vi la película y me dejó con algunas cosas en la cabeza. Me dejó pensando en cómo uno enfrenta su pasado, cómo los síntomas (aún hasta los más raros) son respuestas de las personas frente a la angustia y cómo repitiendo esa defensa uno queda dando vueltas en circulo, hasta que algo pasa y rompe con ese orden.

La película, más que nada le da vueltas a este punto, es un camino donde Fausta mal que bien puede, si no descubrir conscientemente, al menos lograr cambiar algo en si misma y dar el paso de enfrentarse a la muerte y a la vida de una nueva manera (lo cual no es poco).

Hasta allí todo bien. El problema es que al parecer los peruanos hemos reconocido en el filme la interpelación social que trae consigo toda esta historia, o quizás la que trae la imagen de las protagonistas tomadas de la mano que en este caso, no son las de la ficción, sino las carne y hueso, pues son Magaly Solier y Claudia Llosa, las que quedaron en el medio luego del triunfo en Berlín.

Es un patrimonio peruanísimo la ligera propensión al ad hominem, y eso se puede demostrar revisando los dos grandes ejes de la polémica que levantó la película:

  1. Que si Claudia Llosa estaba realmente calificada para hablar de una realidad que no es la suya y que si debió o no empecinarse en trabajar la cultura andina y migrante.
  2. Que si Magaly Solier era auténtica o un fantoche alienado que escucha metal cuando debería cantar huaynos.

Dos cucharadas de la misma sopa.

Lo que subyace es el miedo a reconocer lo que hemos tratado de olvidar en la ciudad: que existe otra forma de vida dentro, pero fuera de ella. Por eso muchos peruanos, en especial los sabelotodo o los patrioteros, ahora se alzan y reclaman vociferando que "así no somos los peruanos”, “que la historia no dice lo que debería decir”, “que la película deja una mala imagen del país” y otras simplezas imperdonables. Osea que ahora hay que crear historias que sean “como deben ser”. Terrible, y hasta malintencionada posición, y tomo como bandera de este razonamiento subdesarrollado a Aldo Mariátegui, el facho impresentable, aquí hablando acerca del cine de Claudia Llosa, del premio en Europa y de Magaly Solier, aún sin haber visto la película:

““Madeinusa” me pareció un lento, pretencioso y aburrido plomazo que deja injustamente a todos los indígenas como salvajes, borrachos, cochinos, supersticiosos e incestuosos. Me desagrada ese intelectualoide morbo estúpido y políticamente correcto, tan de moda ahora, que se tiene en escarbar los años del terror. Magaly Solier me parece una andrófoba lista para el psiquiatra por el extremo rechazo a los hombres que proclama (¿será lesbiana?) y me imagino que en el jurado pesó mucho el exotismo de una película tercermundista hablada y cantada en lengua aborigen (igual como si hubieran sido tibetanos, esquimales o bosquimanos)”.

Segregación para mí es olvidar, dejar de lado, tanto que siempre tengamos que repetir el libreto de nuestras viejas historias calcadas, nuestros héroes y arquetipos inmóviles. La idea de que a los indígenas, inmigrantes y desplazados hay que dejarlos como están, ahí nomás, afuerita, en silencio.

Creo que el arte es otra cosa y no se casa con esas mezquindades, y soy quizás un inocente, pero tengo la sospecha de que la creación consiste en lo que tan claramente condena nuestro obtuso amigo Mariátegui: salir del discurso de lo “oficial”, de lo que se debe decir o lo que se espera.

Lo que creo que ha conducido la controversia es la vieja contradicción moral peruana, ese antiguo síntoma que lleva a señalar en el otro el defecto propio: en este caso, la intolerancia, la segregación (de uno y otro lado) y la fragmentación de nuestra supuesta identidad, sólo así se explica que algún que otro alfeñique como el tal “Peruanista”, que sostiene su tesis de que la película es racista con el argumento de que los Llosa son “malos”, tenga sus seguidores:

“No me sorprendería que Mario Vargas Llosa estuviera detrás de esta película racista y que haya movido sus contactos para que el Festival de Berlín la premie”.

“Es muy probable que la directora continúe siendo una persona cruel y malintencionada, al menos que enfrente sus demonios y esa enfermedad llamada racismo, lo cual es muy difícil. Sus películas seguirán haciendo daño a la sociedad peruana. Está en nuestras manos que los niños entiendan la diferencia entre ficción y realidad”.

Una vez más el viejo fantasma de la eterna pérdida y esa estúpida pretensión de la realidad radical.

Me pregunto, ¿qué piensa esa gente cuando ve un Szyszlo, o un Guayasamín?, se detendría “Peruanista” a decir “señor pintor, las figuras humanas no son como usted las pinta, nos está haciendo quedar como extraterrestres”?.

Al pensar en eso me convenzo más de que el no tiene nada que decir esconde la oscura pretensión de saber decir las cosas mejor, quizás por ello hayan más criticones que cineastas, (aparte claro de los misérrimos recursos que hay en el Perú para lograrlo), tal vez por eso tenemos una sociedad tan conservadoramente quieta.

Hacen falta más tetas y más bocas que no tengan miedo a saborear lo dulce y lo amargo, por igual. Quizá, como Fausta, haya que relajarse un poco, y probar otras cosas, porque eso de “lo peruano” necesita refundarse.