El estado de emergencia como forma de gobierno: suspensión de derechos o suspensión de la política?

5 07 2012

Estado de excepcion

A esta hora ya hay 5 muertos y decenas de detenidos en Cajamarca debido a la brutal represión que el ejército y la policía ejercen sobre la población, agudizada por la suspensión de los derechos constitucionales en 3 provincias.

No es la primera vez que el gobierno de Ollanta Humala ha recurrido a esta medida para solucionar situaciones conflictivas, siendo que en diciembre aplicó la misma fórmula sobre Cajamarca por 60 días y solo hace 10 que acaba de levantarse el estado de excepción en la provincia de Espinar. De más está decir que el presidente no ha hablado ni tenido apariciones en ningún medio, y lamentablemente los mensajes de las autoridades han sido contradictorios y torpes. Sin embargo, las justificaciones para los asesinatos se han multiplicado tanto en líneas editoriales como en la opinión pública. Reina el caos y ya se canibaliza la ciudadanía polarizada entre los pros y los contras.

Qué habrá pasado con el Humala que era la esperanza contra la amenaza antipolítica que significaba el regreso del fujimorismo?.

Ollanta Humala ha adoptado los estados de emergencia como una vía alternativa al diálogo, lo cual reviste de autoritarismo su gestión. Pero para entendernos, creo que me será útil partir desde la definición de Giorgio Agamben sobre el particular: “(el estado de excepción es) ese momento del derecho en el que se suspende el derecho”. Lógicamente si nos detenemos a pensar en que es una medida utilitaria, caeremos rápidamente en la cuenta que el objetivo de suspender derechos y garantías es simplemente poder tener mayor facilidad para hacer uso del poder, en este caso particular mediante la aplicación de una recia autoridad; se trata entonces de una paradoja: se rompe temporalmente el orden constitucional para luego no tener que hacerlo, sosteniendo el estado de derecho.

Tengo ciertos problemas al tratar de caracterizar lo que pasa en Cajamarca mediante esa definición, por 3 razones: por la intensión, intención y temporalidad de las medidas.

En cuanto a la intensión podríamos observar de que la desmedida fuerza con la que se actúa en este gobierno responde a una necesidad igualmente poderosa de volver al orden, es decir, es directamente proporcional a la amenaza política que pretende reprimir (20 policías para “capturar” al ex padre Arana, no son casualidad). El concepto que el ejército y la policía lumpenizados tienen de la ciudadanía frente a la cual se plantan es simple: son unos perros. Ahí tenemos completo el circuito, pues encontramos a lo político (el ciudadano politizado) como aquel extranjero peligroso al cual el estado normalizador quiere eliminar con todo el peso de su bota. A más angustia provocada, más fuerza merecida.

En cuanto a la intención se opone, como vemos, a lo político. Es decir que como en cualquier autoritarismo de lo que se trata es de romper los lazos sociales y dejarlos caducos en lo sucesivo, probar inútil la acción política mediante la represión y el (ab)uso de la fuerza. Esto no es nuevo, pues la misma táctica utilizó Fujimori muchas veces, aunque diría que con un grado mucho mayor de sofisticación. La idea es reducir a la ciudadanía a una condición de “nuda vida” en la que despojados ya del amparo del derecho, los individuos se disciplinen a la autoridad formal legalizando así lo ilegal. Así de vulgar.

La no temporalidad del estado de excepción es más bien una característica de la gestión Humala. Desde el pragmatismo apolítico del que se jacta cada que aparece ante cámaras se deduce un desprecio por las ideologías y los conceptos, pues explícitamente “lo suyo es la acción”. Podríamos ser más específicos y decir que lo suyo es la “acción marcial” pues es lo que ha hecho desde que asumió el cargo, dejando atrás las alianzas, proyectos e idearios que lo catapultaron a la presidencia para, ya ligero de equipaje, tener más libertad para ejercer el poder fácticamente.

Por esas razones creo que no estamos hablando de un “estado de excepción”, sino más bien de un “régimen de excepción” que ha hecho de la emergencia perpetua la base de una manera de sustentar el poder en la sospecha perenne, un movimiento ya ni siquiera antipolítico, sino apolítico, meramente funcional y que responde a la necesidad de mantener la hegemonía, así sea a costo de solo defender intereses ajenos (a diferencia de Fujimori, Alan García o Castañeda Lossio que siempre tuvieron claro que el poder no era un fin en sí, sino una herramienta para satisfacer sus intereses particulares). Es por ello que a Ollanta Humala le interesa un rábano hablar, porque no tendría nada que decir fuera de las tautologías a las que se reducen sus discursos.

No obstante esa ausencia discursiva oficial, sí existe una estructura en la que se sostiene este método autoritario y es la universalidad global del discurso capitalista, que si bien ha producido un debilitamiento en la autoridad simbólica, es decir un amo débil y necesitado de actos enérgicos para manifestarse como autoridad real, también ha empezado hace rato a fabricar ciudadanos absolutamente gozantes del orden del mercado y que por ello no pueden negarse a sostenerlo, individuos fundamentalistas que no dudan que el usufructo monetario es el mayor de los valores y que fuera de eso no hay desarrollo. El efecto del discurso capitalista moderno es la individuación radical de los sujetos, que no son capaces de reconocer la alteridad, a los otros y a su mundo.

El proyecto capitalista en el Perú pues, no habría encontrado mejor aliado que un gobierno autoritario como este, pues es él quien adopta los pasivos de lo que se va tramando más sutilmente por debajo de la mesa: la dictadura de lo privado por sobre el interés social. Desde ahí ya no hay diálogo posible porque el lugar de lo político del gobierno ha sido reemplazado por el imperio de los técnicos que no digamos que están más del lado del derecho, sino más bien de la violencia legalizada.

Si la candidatura de Ollanta Humala era nuestra esperanza de resistencia contra la antipolítica, lo que hemos obtenido con su ascenso es la continuidad de ella hasta involucionarla a un estadio rudimentario y chapucero, pues no es sino la política lo que hace el puente entre el derecho y la violencia, separándolos. Este gobierno ha optado por el camino contrario, que es el de eliminar ese puente y fundir ambos lados.

 

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No solamente se trata de MOVADEF

4 07 2012

Movadef

Hace unos días, integrantes de MOVADEF irrumpieron en la presentación del libro “Profetas del Odio” de Gonzalo Portocarrero. Luego de aquello han aparecido algunas reacciones y considero importante revivir mi blog para ocuparme de ellas y del suceso en general.

En principio, hay que decir que la aparición de Crespo y su columna en la presentación del libro de Portocarrero tuvo un objetivo absolutamente político y que no tuvo nada que ver con demostrar algo en el terreno argumentativo, sino que fueron a hacer lo que se vio: a mostrar presencia públicamente, a imponerla en el lugar de discusión académica para castrarla, enrostrarle que realmente no puede decir ni hacer nada para que ellos desaparezcan. Evidentemente, ese objetivo fue cumplido a cabalidad.

A raíz de aquello nace un cuestionamiento perfectamente válido por el lugar de la academia en relación con la violencia política y el proceso de elaboración que acompaña al duelo y la reconciliación, que pasa también por un trabajo de comprensión de los hechos y de inscripción de aquello en la sociedad civil.

Lo que vimos fue un poco menos edificante: la mesa era compuesta por el autor, el ex comisionado de la CVR Rolando Ames, la secretaria ejecutiva de la CNDDHH Rocío Silva Santisteban y el analista Félix Reátegui, los que fueron básicamente avasallados por las consignas y acusaciones de Crespo y su gente. La única declaración de un Portocarrero tembloroso fue de que esa gente “ya no produce miedo” (lo cual es discutible), mientras que los organizadores defendían el formato del evento y Rocío Silva callaba gente como si fuera maestra de primaria, es decir, un llamado al orden desde la seguridad de la disciplina.

En efecto, la irrupción de aquella turba representante de una de las épocas más negras de nuestra sociedad es intimidante y se hace difícil reaccionar por ello mismo. Sin embargo, el solo ver a los organizadores y asistentes al evento impotentes y cabizbajos, desnuda una posición precaria de nuestra sociedad civil en lo concreto.

Hay quienes dicen que la actitud adoptada fue la mejor, que simplemente a esa gente se la expulsa y listo, no se le da explicaciones, respondiendo a la idea moralista de que “con los malos no debatimos”. Podríamos ubicar aquí también a Portocarrero, que en sus declaraciones simplemente ha dicho que los jóvenes participantes del MOVADEF son “dementes” o “gente que persiste en el error”. En definitiva se encuentra instalado cómodamente en la esperanza ideal de las “buenas soluciones”, donde hay, al final del viaje, buenos y malos.

También hay comunicadores que sostienen (mucho más modernos, ellos) que “a los trolls no se les alimenta”, reduciendo el significado de MOVADEF a un grupúsculo de gente que se reúne regularmente para joder. La posición de “El Morsa” pasa por ahí, sosteniéndose en la idea de que un grupo dogmático como MOVADEF no es interlocutor, sino que que pretende imponer su fundamentalismo a rajatabla, haciendo además un movimiento interesante por twitter cuando compara a ese fundamentalismo con el del Opus Dei en relación al aborto: no se puede razonar con ellos, entonces simplemente los dejas ahí.

Lo que sucede con estas posiciones es que se centran en el objeto ansiógeno, en lo que causa la angustia con su irrupción violenta y no se cuestionan en ningún momento por lo subjetivo de una sociedad civil que no sido capaz de historizar en lo más mínimo sus heridas. Siendo lacaniano diría que la irrupción de eso que nuestra sociedad tiene como no simbolizado, es su real. La reacción ante él es la es correr a toda prisa a buscar los espacios programados para escaparle -como por ejemplo el formato de la presentación del libro, pero lamentablemente a lo real no se lo doma ni se lo ignora: esto está en potencia ahí e irrumpe cuando quiere, impredecible.

Concuerdo con Martín Tanaka cuando dice que la solución es política, comparto las preguntas de Javier Urbina a Gonzalo Portocarrero. He aquí que encontramos precisamente que el proceso de despolitización iniciado por Fujimori y continuado utilitariamente por los regímenes sucesivos deja más indefensos y solitarios a los ciudadanos que se significan ahora como entidades individuales y ya no como un cuerpo social: ya no hay nada que los reúna en una consigna, por ejemplo para expulsar al MOVADEF de la sala, pese a ser mayoría. La fragmentación paraliza.

El rol de la academia en este sentido y, es más, en este episodio ha sido funesto: su tibieza resuena como el síntoma patente del fracaso de una sociedad civil, que aún en sus especialistas, no ha producido lo necesario para metabolizar la violencia política y más bien se pierde en el juego maniqueo de los “buenos y malos” , lo que finalmente revierte en que los simplismos que tanto nos han hecho daño en la lucha por una sociedad libre de terror cobrarán legitimidad ante la impotencia de no haber podido inscribir algo mejor. Aldo Mariátegui debe estar aún recuperándose del orgasmo que le produjo el video.

Mientras no comprendamos que un discurso político no responde al saber académico y que el saber académico no necesariamente politiza o influye en el discurso político, no habremos alcanzado el camino para tener intelectuales que puedan aportar a la sociedad y dejen de ser los “caviares” que rezongan de todo en sus clubes de amigos. Politicemos el discurso académico, hagámoslo llegar a los medios, que se sepa que se empieza a construir desde las aulas y la producción intelectual un discurso político contra la violencia. Esa es la oportunidad que se ha perdido en este enfrentamiento con el MOVADEF, no es la ruina de un programa de actividades a manos de “dementes” como algunos piensan. Al dogmatismo es al que se le combate: no al dogmático que no va a cambiar sino al discurso para evitar que se propague, no se le permite estar ahí siempre sino que se le apaga. El rechazo a SL no puede quedarse como ha sido hasta hoy en clichés sin significado, sino que hay que construir una comprensión política y eso es tarea de la academia y de los medios. No es casualidad que siempre regresen los malos y nos preguntemos qué pasa con la memoria: si no se historiza, no hay memoria y de eso se nutre la antipolítica (agradecen los Fujimori, Alan García y ahora el MOVADEF).

Belaúnde decía que las columnas de SL eran simplemente grupos de abigeos y, como los tiempos han cambiado, ahora decimos que son trolls. Habrán pasado los años, pero no hemos aprendido nada si realmente tomamos en serio eso. Esa es ignorancia 2.0.

 





Sobre la cultura electoral criolla

13 11 2011

Mostrar la imagen Real

Si hay algo de cierto en el movimiento posmoderno de la imagen, es que, desde lo artístico hasta lo cotidiano, hay una propensión por la captura de lo Real en términos absolutos: ya no es que se necesite representarlo, simbolizarlo, sino que hoy el placer se encuentra en la simple presentación de él; lo que antes se suponía detrás del velo hoy se puede encontrar fácilmente afuera, desnudo y a la vista pública.

Este uso de la imagen, este intento de presentar lo Real a todo costo, se condice con la menor necesidad de mediación por palabras. Esto es interesante en el plano político, pues la prensa se ve afectada por el imperativo comercial de vender noticias cada vez más escandalosas, para lo cual es necesario limitar el sentido, por así decirlo: el análisis o la opinión, para dejar incompleta la cadena de forma intencionada; lo que viene después es la angustia del ciudadano, que buscará completar un significado ante lo presentado en lo social. Desde ahí operan los medios en campaña, como un aparato propagandístico de guerra, con significaciones vacías a llenar emotivamente por los ciudadanos. Un estado de emergencia –o de excepción permanente- de la información.

Evidentemente, no estamos hablando de un movimiento político, sino de todo lo contrario, de la despolitización moderna, donde se encuentra el discurso social fragmentado, donde reduce lo político a lo meramente personal, a ese pequeño terror imaginario de cada uno. Vemos entonces que en la campaña electoral lo que se encuentra fundamentalmente es el miedo al otro, dependiendo de qué lado estemos, y no de una apuesta por algún proyecto político. Eso, más bien, es lo que menos hay.

El discurso sobre la cuestión política se restringe desde la oficialidad: sale Alan García periódicamente a hablar a los medios con ese fin desde el vacío absoluto de sus palabras. Dice, por ejemplo, que “lo sucedido en Puno tiene un tufillo electoral”, haciendo referencia evidentemente al candidato crítico del sistema económico, y no hay más, sólo la mención de lo Real de la ciudad, aquella alteridad de quienes no gozan de lo mismo que nosotros. Serían entonces, en este fantasma, los humalistas, esos que viven en las alturas y que no saben qué es el desarrollo, los causantes de los desmanes antidemocráticos acontecidos; congelando así cualquier significación y, de paso, previniendo la aparición de la pregunta sobre el tema. Es clásico, el maniqueísmo sirve de respuesta antes que aflore cualquier pregunta, pero acrecienta imaginariamente la diferencia entre las partes.

Hace unos meses se excarceló a Lori Berenson, una estadounidense condenada por terrorismo que había cumplido su pena; es decir, legalmente. Los medios presentaron nuevamente el peligro de que el Poder Judicial empiece a soltar a los subversivos y presentaron –lógicamente- el horror de los heridos y la destrucción del jirón Tarata, en el corazón de Miraflores, distrito en que casualmente había ido a residir Berenson y su familia. La reacción de uno de los distritos más mediatizados del Perú fue inmediata: se realizaron plantones y marchas por la paz, en las que se pedía que la estadounidense fuera o encarcelada nuevamente o expatriada para siempre. Hubo dos cosas interesantes aquí: por un lado el semblante político de una acción profundamente antipolítica, como aquellas manifestaciones, en las que había la lógica bastante clara de presentar la propia humanidad (familias enteras vestidas de blanco, fuera de la casa de los Berenson con niños pequeños sosteniendo las velas y declarando “contra el terrorismo”, por ejemplo), que se afirmaba a partir de la amenaza de aquellos otros que ya no solamente no eran sujetos de derecho –o de la legalidad-, sino que ya estaban despojados de la humanidad, pues evidentemente “no eran iguales”. La segunda cosa es la emergencia fabricada del miedo como la única forma “genuina” de acción cívica, la defensa ante lo extraño que ya ha sido congelado con el significante, en este caso lo indudable es que Berenson es “terrorista” y no hay vuelta qué darle. En este sentido es muy gráfica la siguiente frase de un manifestante en televisión nacional:

“¿Qué los del MRTA no eran comunistas?, ¿Por qué vienen entonces a vivir a Miraflores?, ¡que se vayan a Comas o por ahí!”

He allí que el argumento democrático se degrada y se reemplaza por el más limitado de los localismos, el del fantasma, el de la amenaza imaginaria producida desde el discurso vacío, que digamos es otra forma de jugarle a lo Real.

Igualmente hay que advertir que no es sin intención ni dirección que hay aquella demarcación. Y pues, el criterio no es la virtud moral precisamente.

Si existe algo cierto que ha dejado esta campaña es la evidencia de la determinación económica de lo condenable o de, más simplemente de los obsceno –pues resulta que ahora hay obscenos aceptables-, y es indudable que en la asimetría mediática está la pista sobre aquella alteridad amenazante, que no pasa por los actos finalmente. Eso explica nuestra primera vuelta, donde el electorado limeño se ha revelado como una isla frente a la grieta profunda que lo separa del interior del país, menos mediatizado y por ello, significado como menos capaz de tomar decisiones. Esto es interesante si pensamos en que la capital se había volcado a apoyar a la candidatura perversa del fujimorismo.

El poder de tomar decisiones

La capital se siente de alguna forma superior frente a la supuesta visceralidad provinciana, que mientras está más lejos del ideal civil limeño es vista con mayor distancia hasta finalmente ser negada por completo. Claro, hasta que explotan las protestas.

Es común encontrar dos argumentos que justifican esta distancia: en primer lugar la diferencia educativa, profesional o técnica y en segundo término, las credenciales democráticas.

Se piensa, en la ciudad, que lo que principalmente ofrece la posibilidad de decisión responsable es la competencia técnica, profesional. Como si el paso por la universidad de alguna mágica forma concientizara políticamente a los individuos, quienes no han tenido posibilidad de integrarse al sistema educativo superior quedarían rezagados cívicamente frente a los sectores más privilegiados, que tampoco pretenden reducir esa distancia.

Hace algunas semanas un familiar me hizo una pregunta muy interesante para dar cuenta de esta posición burguesa:

“¿Tú acaso crees que mi voto, el de un profesional educado y competente, debería valer igual que el voto de un analfabeto o de alguien que sólo se dedica al campo?”

La lógica de la exclusión toma aquí un sentido concreto. Por un lado el ideal burgués se identifica plenamente con el ideal nacional, de modo que el interés particular de una clase social toma legitimidad absoluta frente a la supuesta precariedad de los otros, que no están preparados; y por otro, está el racismo como forma de terror ante lo éx-timo, es decir lo que se denuncia afuera pero que es profundamente propio, lo cual da cuenta de una posición de fortaleza aparente, basada en el aprovechamiento de una posición social y de la diferencia de los objetos de goce, que revela una pobreza subjetiva que no permite significar un ápice de lo ajeno: “no puedo reconocer a quien no goza de lo mío”.

El segundo argumento va más o menos por ahí y es que a más distancia con la forma de vida civilizada de la capital, hay menor respeto por el estado de derecho, por las instituciones o aún hasta por las libertades personales. Ligando con el primer argumento, podríamos concluir que se dice que a menor educación hay mayor propensión al autoritarismo. Esta creencia se basa en la concepción de un poblador andino premoderno, estancado anacrónicamente en la colonia, si no es que antes, por no tener acceso a la tecnología; razón por la cual mantendría una relación vertical con la autoridad, una relación hasta feudal, en la que el criollo es visto como el enemigo. No hay pues, posibilidad de decisión responsable si existen perennes tanto un revanchismo histórico-étnico de parte del poblador andino, como su inalterable atraso tecnológico y social.

Por el contrario, el criollo se percibe como mucho más independiente, precisamente porque, según su decir, cuenta con muchísimos más canales de información. Sin embargo el planteamiento del autoritarismo es una contradicción, puesto que, si bien es cierto que el limeño está más habituado al escándalo mediático, también es verdad que lo ha normalizado y lo tolera como una cuestión natural; lo intolerable es que aquellos incivilizados no acepten que eso es parte de la vida, lo intolerable, en resumen, es la politización.

También he podido recoger un ejemplo bastante claro acerca del tema. Un grupo de amigos que trabajan en una cadena internacional de hoteles me habla acerca del miedo que le tienen a Ollanta Humala, a lo que contesto preguntando de dónde viene ese miedo. Luego de algunos momentos de duda una de las chicas me da una contestación brillante:

“Es que nosotros asumimos que hay quienes están más informados que nosotros, por ello, cuando los gerentes nos reúnen para decirnos que votemos por Keiko, les creemos. Ellos dicen que si gana Humala, todos nos quedaremos sin trabajo”.

El argumento de la independencia capitalina se derrumba, pues el amo autoritario toma corporeidad en precisamente el espacio de libertad criolla: el mercado y el régimen liberal. Aquí es brutalmente directo: la dirección de la empresa toma a su cargo la decisión responsable de los empleados, que asumen que se están cuidado sus intereses, siendo que están conculcando sus derechos.

En la primera vuelta, Ollanta Humala, con un discurso contra el sistema económico gana en el Cusco con una aplastante cifra de casi 60% de los votos. ¿Cómo se explica esto, siendo aquella ciudad la bandera del desarrollo descentralizado del modelo peruano?, ¿cómo la provincia de hecho más capitalizada del país tiene una amplia mayoría de descontentos?. La respuesta capitalina fue simple: son una manga de golpistas y amantes de los discursos radicales, a los que les falta educación; pero sabemos que las cosas no son tan fáciles.

Lo que sí sabemos es que lamentablemente para el argumento criollo, los que votan en Cusco son los cusqueños y no los inversionistas o usuarios de las cadenas de hoteles, trenes, restaurantes y comercios que han florecido en los últimos años; son los cusqueños quienes no sienten que el progreso les toca, sino que por el contrario, que en su ciudad se ha establecido una suerte de ghetto donde ellos son los aislados. No se contempla en ningún momento que el modelo neo-liberal no sea suficiente para mejorar la vida de quienes se supone que lo disfrutan o siquiera que no sea útil para interpretarse en otros contextos sociales, es más, la creencia religiosa en el modelo convierte en condenables a todos quienes se opongan a él. El voto anti-modelo es despreciado pese a que el voto pro-modelo ha demostrado ser más radical, más exclusivo y más autoritario.

También fue muy evidente la destitución de Vargas Llosa como abanderado de la libertad y la democracia, pues al apoyar públicamente la candidatura de Humala, al parecer habría dado la espalda a todo fundamento liberal, en especial a lo que sostuvo a la candidatura fujimorista: la continuidad del modelo.

Y es que Vargas Llosa es un liberal ante todo, o al menos para los liberales debió seguir siéndolo y no traicionarlos con argumentos morales que al final los desenmascaran. En todo caso queda evidenciado que el acto moral lo ha separado de sus antiguos aliados. De ahí que mediáticamente el perverso es él, finalmente, pues nos quiere arrastrar a su vórtice de odios personales, lógicamente sin tomar en cuenta ni una sola de sus razones, otrora respetables.

En conclusión

Podríamos caracterizar con el caso Vargas Llosa que el principal lugar de separación social es el mismo lugar que Jorge Alemán caracteriza como el lugar del malestar en la cultura: el discurso capitalista, o aquel discurso que pretende eliminar la castración a todo costo.

Por otro lado, ese uso mediático-perverso de lo Real termina por instaurar la normalización del horror, la regulación del espacio cívico por la especulación capitalista, que borra del camino cualquier atisbo de noción moral o ética, las que son representadas por significantes vacíos, como por ejemplo “caviar” , “rojo”, “antidemocrático” y otros.

Hay una creencia religiosa en el modelo económico, creencia que no permite cuestionamientos, y también la Iglesia ha respondido ante esa creencia, tiñendo de virtud un movimiento profundamente amoral como el fujimorista, saliendo en defensa del conservadurismo de derecha.

Hay un proceso de despolitización que también responde a que cada vez es menos necesaria la palabra para dar algún sentido a la irrupción o a la presentación de lo Real. El miedo en la ciudad es organizador, creando espacios de fundamentalismo social donde el discurso capitalista es la única respuesta.

La prensa, al tratar de aprehender lo Real, se está enfrentando a su propia aniquilación, pues el único modo de diferenciar la ilusión de la realidad del horror de lo Real, que es el objetivo, es ponerlo en acto. Ser, ellos mismos, quienes escenifiquen el horror que pretenden mostrar.

El psicoanálisis se opone a la visión reducida del sujeto desenganchado del Otro, lo psicotizante del discurso capitalista debe ser señalado e interpretado en las instancias en las que los analistas trabajan. El trabajo del psicoanalista en la ciudad pasa, entonces, por politizar el lazo social, hacerlo una práctica y evitar que se diluya en la espiral de consumo del mercado.





La venganza de Gastón

8 04 2010

No soy de los que se enorgullecen de la comida peruana, de los que se molestan y pontifican si algún extranjero se queja del ají o de los que piensa que el king kong chiclayano pertenece al “exquisito bagage gastronómico que nos hermana y funda nuestra identidad como nación”. Nada de esas cursilerías. Más bien me arriesgo a que me tachen de antipatriota (porque gracias a Gastón ahora uno ya no confiesa algunas cosas) cuando digo que el pisco me parece una bebida subalterna y destructiva, que no hay nada de mágico en la pachamanca artesanal, que puedo vivir tranquilamente y sin extrañar en lo más mínimo al cuy chactado y sus garritas o que el tacu tacu con huevos fritos está francamente sobrevaluado.

Claro que a pesar de estos detalles sí me parece una suerte vivir donde hay buena comida, pero como repito, no me mueve el más mínimo orgullo por ello, primero porque yo no inventé ninguna receta aún y en segundo lugar porque me parece una ridiculez eso de irte una semana de viaje y ya decirle al mundo que no puedes esperar a regresar al Perú para ir de nuevo al chifa.

A propósito, es un caso curioso el del chifa, que siendo chino despierta una fascinación singular entre los peruanos, tanto que se han tejido leyendas, escrito libros, lanzado documentales acerca de ellos, informes acerca de sus baños, cocinas y en fin, cualquier cosa que uno pueda imaginar. Todos terminamos creyendo entonces que los chifas son más peruanos que uno, que su encanto es inseparable de nuestra identidad cachinera.

De esas cosas hablaba cuando Mumi me interrumpe, violenta:

– ¿De qué hablás, bolúh?, si en la Argentina hay shifas lo mismo, ché.

– No puede ser… Gastón dice… y Mariela Balbi…

– Esas son pavadas, lo único que falta es la Inca Kola. –continuó blasfemando la impía.

Recordé de inmediato dos cosas, como siempre. La primera fue hace unos 6 años en Ecuador, donde fuimos a comer “al chino”. Logré sacar de lo reprimido que allí me empujé un arroz “chaulapán”, que es como llaman al chaufa allá, con pollo Tipakay. Efectivamente todo era igualito que en el centro de Lima. Aún lo pude combinar con una Inca Kola para envidia de Mumi.

Lo segundo es el patrioterismo legendario de América Latina, la pretensión de que lo de los otros no existe. Está la leyenda (que me enseñaron en clase de Educación Cívica del colegio, increíblemente) en la que en una suerte de Campeonato Mundial de himnos nacionales, como si eso existiera, el himno peruano quedó en segundo puesto, sólo superado por la Marsellesa. Y lo creí, hecho el pelotas, toda mi niñez hasta que me contaron lo mismo en México, y en Colombia, y en Ecuador.

Gracias a esa conversación decidimos no ir al chifa, sino al T´anta del centro de Lima. Estábamos Renzo, Kristin, Estefi, Mumi y yo; 5 personas hambrientas y acaloradas que se apresuran a sonreír entre amables y prepotentes para obtener sus bebidas sin demora. Sin embargo nuestro mozo, Doifer, tenía otros planes, así que hizo su trabajo y nos recitó de memoria un montón de cosas que no nos interesaban un carajo. Luego de eso recién apuntó los pedidos con cierta molicie.

La alegría se iba diluyendo con cada minuto que pasaba, y casi se nos terminó cuando llegaron las limonadas 18 minutos después. Se nos ocurrió preguntar si por casualidad la comida se iba a demorar igual o más porque que sepamos no hay gran dificuldad en hacer limonadas. La respuesta fue criolla como el ají de gallina: “ya sale, ya”.

Por supuesto que el tal Doifer estaba escondido tras las columnas del restaurante cuando Renzo se paró frotándose los nudillos 20 minutos después, y permaneció así, presa del terror los otros 25 restantes, hasta que finalmente trajo lo que pedimos, que estuvo bueno, pero 45 minutos luego, no es lo mismo. Cuando terminamos, me paré tranquilamente y le pedí a otro mozo un par de formatos de sugerencias. Doifer apareció de repente como un ninja, quizás menos atemorizado de mí que de los músculos hinchados de Renzo, murmurando lastimeras excusas tras mi hombro que no quise responder ni con la mirada. Creo que la última cosa que me dijo fue:

“No fue mi culpa señor, la culpa es de cocina, ponga eso pues…”

Yo creo que eso de blasfemar contra la comida del Perú y el chifa tiene sus efectos kármicos, hay algo que se huele en la incredulidad del comensal. Doifer tenía un olfato agudísimo y creo que por eso nos maltrató. Fatídicamente eso no fue todo, Estefi no pudo ir al karaoke esa noche, castigada por la venganza de Gastón, que se equivocó de argentina.

Igual no todo es malo, prefiero indigestarme en el Perú con una causita de atún como Estefi, que con las horrendas y resecas arepas colombianas por ejemplo o con esa oda a las habichuelas que es la comida en todo centroamérica; tenemos mucha suerte sin duda, pero dejemos ya esa huachafada del orgullito del almuerzo sólo por peruano, total, así como no hay resentimiento, no hay orgullo en el puro azar.





El cuerpo humano: real y fascinante

23 07 2009

cuerpo humano

Ha habido gran polémica en muchos países acerca de esta muestra dados algunos cuestionamientos morales en la mayoría de los casos. No es mi intención hacer una crítica de ese apartado. Hay, creo, cosas más interesantes a pensar.

“El Cuerpo Humano…”, entonces se propone básicamente como un espacio para mirar: uno ve los diferentes sistemas y sus órganos, además de los diferentes grados de degeneración por malos hábitos alimenticios, contaminación o vicios.

Pese a ello, no se trata de una exposición meramente didáctica. Todo lo contrario. Se desnuda el goce moderno de lo verdadero, pues su apuesta es el “arte anatómico” o lo que se desprende, que es que no importa ya la representación sino la presentación del cuerpo –no por gusto la publicidad del evento tiene un slogan casi aclaratorio: “CUERPOS HUMANOS REALES”-. Así, encontramos a los cadáveres en diferentes posiciones y movimientos, que, cotidianos o no, conducen a la fascinación ofrecida en el título, la del funcionamiento de la maquinaria, que remite primordialmente a lo familiar del propio cuerpo, proyectado al exterior, y significado como extraño.

Hay que resaltar el uso dado a la muerte en este caso: generalmente en la actualidad la muerte (tanto como el espacio vacío) es aborrecida, pero aquí se la elimina torciendo su significado de horror, dominándolo, haciéndolo inofensivo y didáctico. Quizás el arte moderno de la realidad se haya descubierto como fórmula aquí.

Es también una gran curiosidad que todos los cuerpos donados sean chinos; no hubiera pensado que en oriente fuera más facil conseguir donantes. Raro, pero siendo un poco suspicaces, podemos decir que si hay espacio para la muerte en el arte, también en el mercado negro.





La pandemia es otra…

28 05 2009

Hace un par de días me llegó una noticia que no me sorprendió para nada: la súper mentada gripe A, la peste que pondría en riesgo la sobrevivencia de la especie humana, ha matado la mitad de gente en todo el mundo que unas semanas de frío en el Perú. Pero claro eso no importa mucho, porque en el negocio de gobernar y en el producir noticias, el miedo es un arma importantísima: distrae y vende.

A ver si en lugar de cubrirnos las narices, nos descubrimos un poco los ojos.

Noticia de Reuters (22 de mayo)

Columna de Guillermo Giacosa en Perú 21 (28 de mayo)

 

*Actualización (29/5/09)*

Me llegó por Twitter este afiche. Tal parece que los medios alternativos cumplen mejor su función.

 

frio





Sofocleto – Los Cojudos

22 05 2009

LOS COJUDOS Si hay algo que nadie va a poder quitarle a Sofocleto, es que caracteriza de forma muy simple pero verídica nuestra sociedad: “cojudos vs. pendejos”. Quizás uno piense a priori que ni fregando es un cojudo, pero lo animo a que piense dos veces, pues nadie está libre de algún que otro oscuro e inconfesable bamboleo hacia las temidas oscuridades de la cojudez y por lo tanto, nadie está totalmente autorizado a lanzar la primera piedra, por suerte.

Sofocleto analiza a profundidad este fenómeno, peruano de pura cepa, que es más contagioso que la bendita gripe (sino pregúntenle a los periodistas: otro ejemplo clarísimo de pendejo vestido en piel de cojudo) o que los bostezos en una película francesa.

Ya sé que habrá gente que se tome en serio todo esto de la división de la patria, de la caracterización maniquea de la identidad nacional, seguro el tal peruanista dirá que es una obra racista y demás, así que espero que eso funcione como diagnóstico: estamos hablando de un cojudo.

Dejo el link donde pueden bajar el scan del libro, porque los derechos de autor, parafraseando a Cipriani, son una cojudez.

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